Y de la noche a la mañana me vi expatriada en El Cairo, viviendo entre pirámides, gatos resabiados y turbantes blancos...

domingo, 21 de junio de 2009

Los sueños rotos. De Sudán a Egipto.

Hace unos días conté la historia de cómo Farris, el chófer de P., sucumbió en segundos a las exigencias de los agentes de tráfico de El Cairo y cómo, movido por el miedo, les entregó nuestro coche sin saber muy bien por qué lo hacía o de qué infracción se le acusaba.

La historia me recordó otras muchas vividas en México, donde la policía era feroz y daba más miedo toparse con ella que con un delincuente. A pesar de todo y habiéndome visto envuelta en las más increíbles situaciones, aquellos uniformados de gafas de espejo y lustrosas botas de montar, nunca consiguieron retirarme mi vehículo aún cuando me amenazaran con los más terribles castigos. Normalmente la donación "obligatoria" de una cantidad, servía para apaciguar a las fieras y que hicieran la vista gorda a una transgresión además, inexistente.

Aquellos encontronazos me sacaban de quicio y a pesar del miedo que me producían los fulanos, no conseguía quedarme callada, algo que desató más de una discusión que de antemano tenía perdida y que acababa con amenazas en ambas direcciones, ellos con llevarme a la comisaría y yo con armar un escándalo diplomático que les iba a sacar ampollas. Cuando la inspección terminaba con un malhumorado ¡circule!, vamos ¡circule!, el miedo me acompañaba durante todo el día y temía que hubieran memorizado la dirección que aparecía en mi pasaporte y que nos hicieran una visita nocturna desagradable. Por fortuna, nunca pasó nada.

Pero regreso de nuevo a los cuentos de El Cairo, a Farris y a los miedos de los miles de refugiados sudaneses que como él, se enfrentan a controles selectivos, que viven de la caridad de iglesias y ONGs, sin derecho a la educación, ni a la sanidad, o a un trabajo que no esté relacionado con el servicio personal o doméstico. Me pregunto por su bienestar, cómo sienten y viven su realidad cotidiana, si no están llenos, además de miedo, de frustración y de ganas de desprenderse de unos brazos que les recogen pero no les amparan y que se convierten en invisibles cárceles de las que jamás se liberan.

Aquí adjunto un vídeo sobre la vida de una familia sudanesa en la ciudad y sus sueños rotos. Espero que os sirva de referencia.

miércoles, 17 de junio de 2009

Historias de bodas y camellos

Moustafa se casa. Me lo contó el primer día que le conocí, en una de esas eternas esperas al ascensor, siempre ocupado por los más variopintos personajes.

La naturalidad con la que inició la historia me dejó pasmada. Después del cordial saludo de presentación y temiéndose una espera más que razonable, se arrancó a hablar.

Conocía a su novia desde que eran niños, me dijo orgulloso. Tengo fotos con ella, tan antiguas, que puedo decir que ninguno de los dos teníamos dientes. Las familias, viejas amigas, vivieron muchos años en
Doha, la ciudad más aburrida del mundo me dice encogiéndose de hombros como preguntándose a qué se debe semejante e insufrible cualidad.

Me asombró la facilidad para confesarme sus planes y despertó mi curiosidad por aquel mundo del que me hablaba y que me resultaba tan remoto. Hubiera querido saber mucho más de la vida de aquellos desconocidos personajes, pero renuncié a preguntar y me acostumbré a esperar a que él me informara de manera voluntaria.

Algunas veces lo encontraba con aspecto ágil, despierto y ya sabía que todo marchaba viento en popa. Otras veces llegaba taciturno y al primer estímulo, contaba con resignación los avatares de los últimos días, información que comprimía en lo que tardaba el muchacho de la farmacia en entregar su pedido en el octavo y volver a bajar.

Un día le encuentro con cara de haber trasnochado y me cuenta que el salón del hotel dónde iba a
celebrarse la boda se había incendiado, justamente el día anterior, a dos semanas del enlace. Respira y continúa, he tenido que trasladar la organización a otro hotel, dice aliviado pero con media voz para no invocar a la mala suerte.

Le pregunto por el banquete, pero no parece encontrar esa conversación muy interesante y me sorprende saltando al relato de una típica boda
qatarí. Sabes?, allí se entierran los corderos en la tierra y se van asando al calor durante muchas horas. Para las bodas grandes se preparan varias piezas enteras, a veces también se cocinan camellos.

La idea me divierte. Un camello enterrado en el suelo...vaya, es un animal muy grande no?. Se ríe y me aclara que lo cocinan por partes, pero las patas se hacen enteras. Aunque a él le parece de lo más normal, yo sigo sin imaginarme las dimensiones del agujero que hace de caldero para las extremidades de un camello, aunque si pienso en el desierto, inconmensurable...encuentro sitio para esto y para mucho más.

Hombres y mujeres celebran por separado, bien en un hotel o en grandes tiendas montadas en los jardines de sus casas. Los hombres, en sus espectaculares atavíos blancos, se sientan en cómodos cojines frente al asado, que se sirve entero en grandes bandejas. Colocan su mano izquierda detrás de la espalda y comen con la derecha, arrancando de un tirón las piezas de carne. Son muy hábiles dice, yo no podía competir con ellos, siempre sacaba los
trocitos más pequeños.

Ya estaba a punto de preguntar sobre el papel de las manos en la cultura gastronómica de los pueblos del golfo cuando se abrió la puerta del ascensor y apareció
Mohamed, con su puchero, dejando tras de sí el penetrante olor a comino que reviste, durante horas, hasta el aire. Pero queridos, este es otro banquete y otra historia.

miércoles, 10 de junio de 2009

El bueno de Farris y el castigo divino.

Aunque el coche apareció al día siguiente y el problema dejó de ser tal, esta curiosa historia sigue provocándome una cierta inquietud, ligada no al hecho de que me retuvieran el coche, sino a la sospecha de que aquí, determinadas leyes no existen o no te amparan.

Farris, refugiado sudanés, se llevó un disgusto de miedo. Jamás hubiera pensado que nuestra licencia, que autoriza a cualquier chófer a conducir el automóvil, no fuera suficiente para él. Nadie nos lo esperábamos, ni los más curtidos en asuntos burocráticos.

Al día siguiente, apareció desolado y le dijo a P., cabizbajo, que este suceso tenía que ver sin duda con él, seguramente se había portado mal con Dios.

"Cuando trabajaba en Ucrania, le contó, no me sentía muy bien, parecía que la gente no había visto nunca a un "negro", se pensaban que éramos como monos, incluso algunos me lo llamaban. Y ahora, para una vez que he tenido suerte en la vida, que encontré un hombre bueno para el que trabajar, me pasa esto... Llevo años conduciendo en El Cairo y jamás me había parado la policía...seguramente he hecho algo contra Dios y este es su castigo, perderé mi trabajo".

Como veis, la historia dio para mucho. A mí me causó una extraña y liberadora sensación de desapego a las cosas materiales. A Farris le supuso, además de un disgusto, una revisión de su relación con Dios y con los hombres y a P. le sacó su parte más solidaria y a pesar de que al bueno de Farris le habían quitado el coche más fácilmente que a un niño un caramelo, decidió seguir trabajando con él.

El Cairo da para mucho, bueno y malo, pero nunca te decepciona.

domingo, 7 de junio de 2009

Esta mañana tenía un coche. Ommmmmm

Hoy ha desaparecido nuestro coche.

Farris, el chófer de P. dice que la policía le ha parado en un control rutinario. De manera inexplicable y a pesar de tener todos los documentos en regla, la poli se lo ha llevado, con coche incluido.

Al cabo de un par de horas le han liberado, pero ni rastro del coche. Todavía no hemos podido confirmar la veracidad de su historia puesto que no le han dado ningún recibo por la retención del vehículo, además, esa santa casa se cierra a las 2 pm, con lo cual, cualquier llamada indagando hubiera sido inútil. Habrá que esperar hasta mañana.

A P. en un momento febril se le ha ocurrido que quizá el coche ya esté en la frontera de otro país y que le hayan quitado la matrícula y quién sabe qué más perrerías. Mientras me cuenta esto, que no se me había ocurrido, pero que lo encuentro probable, procuro no alterarme, Ommmmm y me digo que las cosas materiales, ya se sabe, vienen y van. Reacción de monje budista, aunque también podría desmayarme, gritar por las ventanas o liarme a tiros con todos. Tendré que pensarlo.

Se lo he contado a Mohamed, el bauab, quien me ha mirado con cara de pena y me ha dicho...aparecerá, Insha'Allah (si es voluntad de Dios).

Esperaremos a mañana para saber quién se la jugó a quién, si la poli a Farris o Farris a nosotros. Mientras tanto Ommmmmmm.

jueves, 4 de junio de 2009

En la tetería: Obama, 12 hombres y una mujer.

El discurso de Obama me ha pillado en la calle, en una quietud inusual para una ciudad de dieciséis millones de habitantes que siempre es un auténtico hervidero.

Al pasar por uno de esos típicos y recogidos callejones cairotas, me he topado con una tetería tiñosa que estaba a reventar. Me he asomado con curiosidad y he visto que todos miraban, silenciosos, en la misma dirección, la grasienta pantalla de una televisión colgada de la pared y asegurada con una soga gruesa, que emitía el discurso del presidente norteamericano.

Al verme interesada, me han invitado amablemente a pasar al pequeño y modesto lugar. En segundos, unos y otros se han apretado para asegurarme una cómoda estancia entre ellos. Así que algo desconcertada, me he dejado llevar por esta cariñosa acogida y he pedido un té, deseando que no viniera con algún inquilino microscópico a bordo.

El lugar se las traía. Encima de unos hornillos viejos hervía el agua en unas enormes teteras de quién sabe qué material y al lado, se apiñaban unas cuantas pipas de agua. Los de mi derecha, que parecían venir de una obra, se estaban comiendo un bocadillo indescriptible de pan árabe que dejaba a la vista unos trozos grandes de carne y del cual emanaba un fuerte olor a comino que se mezclaba con los propios perfumes corporales. En el medio del local, una nevera que parecía cubana, por lo vieja, digo, de la cual sacaban refrescos y agua.

De la pantalla, salía un discurso en inglés inaudible que se estaba traduciendo simultáneamente al árabe y del cual no entendía ni una palabra. Viendo que me lo perdía, le he preguntado al que tenía al lado, fumándose una shisha, qué le parecía el discurso, a lo que me ha respondido: Bien, Obama buen chico, sí, buen chico y todos le han coreado levantando los pulgares.

Como no entendía nada y tampoco podía irme sin tomarme el té, me he concentrado en la imagen con la intención de observar todos los aspectos gestuales que muchas veces se nos escapan cuando estamos pendientes de las palabras, que a veces mienten.

Realmente me he quedado muy sorprendida de lo convincente y cordial que puede resultar la imagen de Barak Obama, en contraposición a su cínico y soberbio predecesor. Ante ese complejo auditorio ha mantenido la figura erguida y relajada, los ojos tranquilos, a veces lánguidos que miraban de frente a todos, la seriedad, las manos seguras, y sus labios tranquilos, en discurso pausado y moderado.

Ya de vuelta en casa, el vídeo con su voz, me ha transmitido lo mismo que su imagen, una cierta esperanza de que el cambio es posible. Sí, Obama es un buen chico.

miércoles, 3 de junio de 2009

Obama, controles y pistolas de pega

Estamos buenos con la llegada de Obama.

La ciudad, de por sí caótica, está controlada por motivos de seguridad y será intransitable durante las próximas horas, así que no se recomiendan los desplazamientos. No quiero ni pensar en los miles de turistas que se quedarán atrapados en esta visita oficial que tiene al mundo entero mirándonos la coronilla.

Con este panorama, no he salido del barrio y he decidido tomarme un respiro en la animada terraza del Marriott que en esta época alcanza un exótico esplendor por todas las visitas que recibe de los países del Golfo. Ya me entendéis, abayas y tocados.

He llegado por una de las puertas traseras y cuando me disponía a pasar el control de seguridad me he encontrado con un pequeño atasco producido por dos chicas jóvenes que parecían tener algún problema con los agentes de seguridad.

Al pasar por el arco, veo que las van a echar a la calle y que a una de ellas le acaban de devolver una pistola metálica que parece ser de juguete, pero con un aspecto muy real. La chica, que interrumpe mi paso, lleva el arma en la mano y cuando le sugiero que tenga cuidado, me apunta irónica a la cabeza y aprieta el gatillo "click". Recojo mi bolso, ya escaneado y sigo mi camino.

Al cabo de un rato, reflexionando sobre el curioso acontecimiento, me he dado cuenta de mi extraña reacción y he sentido un enorme escalofrío, repaso: "llego a la entrada y en segundos rastreo la situación y saco conclusiones: "el arma es de juguete", mi cerebro me dice que no hay peligro y dejo que una descerebrada me apunte y dispare sin hacer ningún movimiento espontáneo de rechazo o defensa, mientras tres agentes de seguridad, impasibles, se limitan a mirar con cara de perro".

Ni que decir tiene, que si esta situación se hubiera producido en uno de los muchos lugares, hoy vigilados por la policía estadounidense, a esta chica le hubiera costado un disgusto y algunas horas en la cárcel, porque no creo que se hubieran molestado en descubrir la falsedad del instrumento.

Y yo me pregunto, para qué sirven los controles de seguridad, además de para mirar los bolsos de las señoras y hacernos la vida incómoda? Alguien me lo explique!

lunes, 1 de junio de 2009

Al-Azhar y el círculo vital.

Algunas veces, cuando la locura de la ciudad me ha ganado la partida, le doy la espalda enfurruñada, me obceco y reniego con rabia de las muchas razones por las que la quiero.

Días en que aborrezco el tráfico y el ruido, los interminables edificios grises de
hormigón y el caprichoso pavimento entrecortado e intransitable que se me ofrece como hábitat diario. Cuando llego a esta sinrazón sé que ha llegado el momento de cambiar los polvorientos aires del desierto por árboles de copa frondosa y verde, por jugosos frutales y plantas en flor, por fuentes arrulladoras y estanques.

Contrario a lo que podáis creer, no me hace falta recorrer muchos kilómetros para encontrar el lugar de mis sueños, es más, os diré que se encuentra en el centro de El
Cairo histórico, próximo a las mezquitas, los mercados y los callejones que tanto amó Naghib Mahfouz.

Es el parque Al-Azhar, treinta hectáreas de praderas verdes cuyas lomas dominan la
ciudad ofreciendo unas maravillosas vistas de los singulares barrios y edificios del corazón de "La Victoriosa".

Allí arriba el aire es fresco y los días claros. Desde cualquiera de sus paseos hay vistas
inolvidables. La Mezquita de Alabastro, la del Sultán Hassan, o la de Al Rifai aparecen a vista de pájaro entre callejuelas y apretados edificios, minaretes, madrasas y cientos de tejados que ponen en evidencia la curiosa e intensa vida de los cairotas.

Y esos tejados son, precisamente, mi pasatiempo favorito. Me siento a mirarlos e
intento imaginar la vida de quienes los ocupan. Siempre descubro algo nuevo, pero si intento buscar lo que me sedujo la última vez, ya no lo encuentro, se perdió en mi recuerdo, como si todo aquello fuera efímero.

Lo habitual es encontrarlos llenos de palomares, de sillones, mesas y alfombras, de camas y televisiones, de cabras, gallinas y gatos, de humeantes pucheros y tendederos de ropa, como si necesitaran el cielo abierto para poder vivir. Para algunos es su único espacio, construido clandestinamente sobre el edificio que cuidan, sobre las gentes para las que trabajan. Dicen que aquí se sienten útiles, en su pueblo, no hay nada que hacer, ni nadie a quién atender.

Un día así me llena de optimismo y me da cientos de pretextos para querer a esta ciudad impredecible. Así, sin darme cuenta, entro en proceso de reconciliación con el singular mundo que me ha tocado vivir y comienzo a extrañar los aires del desierto, los edificios de hormigón y el entrecortado y sucio asfalto de las calles cairotas. Volvemos a iniciar el círculo.




sábado, 23 de mayo de 2009

Apuntes de Beirut y una cena de perros.

Recorrí gran parte de la ciudad en coche, atravesando la invisible "linea verde" que separó durante la guerra civil los barrios cristianos y musulmanes y que fue símbolo del odio que incapacitó a los libaneses de diferentes credos para convivir en paz.

Muchos de los edificios estaban restaurados o habían sido levantados de los
escombros y a pesar de haberlo hecho respetando su arquitectura original, me parecieron de cartón piedra, fríos, sin carácter. Entre ellos, solares vacíos cubiertos de hierros retorcidos y cascotes, vestigios de tantos años de guerra.

A pesar de esta prueba irrefutable de la dolorosa historia de Líbano, uno tiene la impresión de estar en una alegre ciudad mediterránea, llena de restaurantes y terrazas al aire libre y con una de las zonas comerciales más caras y exclusivas del mundo.

Esa noche estaba invitada a cenar en Junie, así que dejé Beirut y continué por una carretera que atraviesa varias localidades superpobladas. La zona es montañosa y está saturada de edificios construidos en las laderas, que a pesar de todo, dan a la región un aspecto muy interesante, no así los cientos de vallas publicitarias que delimitan la carretera y que distraen enormemente la conducción.

Llegué a mi destino de noche, una villa situada en una loma que domina la bahía de Junie con sus miles de luces parpadeantes. Atravesé los jardines hasta llegar a la entrada y en la oscuridad, sólo pude distinguir el agua brillante de la piscina que
parecía un mirador acuático sobre la ciudad. No me percaté de las dimensiones del lugar hasta que me condujeron a un ascensor para subir al salón.

La bienvenida me la dio un enorme y peludo perro que sin mediar gesto alguno, se metió mi mano en la boca y la relamió como si se tratara de limpiar un hueso. Me quedé muda y sólo acerté a balbucear un deslavado buenas noches, mientras intentaba sacudirme al perrote, que por cierto, se llamaba Robert. De las fauces del animal, pasé a la mano de mis anfitriones, que me parecieron muy educados, ya que me la estrecharon sin hacer ningún mohín o comentario impropio cuando comprobaron que la tenía pegajosa y resbaladiza.


A continuación, nos sentamos en una enorme mesa árabe, de esas que te quedan por las rodillas. En un momento llegó el aperitivo, verduras de todo tipo, aceitunas, salsas y varios cuencos de frutos secos. Con todo aquello me sirvieron un Campari con naranja tan fuerte, que pensé que podría empezar a decir tonterías en unos pocos minutos o incluso caer desmayada.

En un visto y no visto apareció otro perro pequeño, que de un hábil salto se colocó en mis rodillas dispuesto a pasar allí la velada, hecho que provocó mi aceptación inmediata en la familia.

Mientras
hablábamos de lo divino y de lo humano, el otro perrote chupón, que estaba muy pendiente de todo lo que ocurría en la mesa, realizó un movimiento rápido y calculado y metió su cabeza en el cuenco de los cacahuetes , ventilándose la mitad. Esto, no ocasionó ninguna vergüenza a mis anfitriones, quienes lo tomaron de manera natural, retirando el cuenco del alcance del animal. Así que la charla siguió, mientras unos comíamos del cuenco "bueno" y otros rebañaban lo que el perro no se había podido llevar.

Decidí ir al baño a quitarme las babas de Robert y a desternillarme de la risa por semejante situación. El lugar era enorme, pude contar sólo allí, cinco alfombras persas, sí, como lo oís. En el conjunto de los salones habría unas cuarenta.


Más tarde se ofreció una variada cena libanesa. Como plato principal, se sirvió un pescado al horno que mediría unos 60 cm y que estaba cubierto por una sospechosa mezcla de color marrón cubierta de almendras. Aquello debió ser el colmo de la tentación para el bueno de Robert, así que nada más que aquella bandeja aterrizó en la mesa, metió de nuevo su hocico, mordió la cabeza del pescado y con un movimiento rápido tiró y se llevó un pedazo enorme con raspa incluida.

Estaba claro que aquello no iba a arruinar la noche, incluso cuando el perro decidió quedarse junto a la mesa,
rumiando el preciado botín encima de la alfombra, no me pareció que a nadie le diera un ataque de nervios. Por supuesto, no hace falta que os diga que el resto del pescado nos lo comimos nosotros.

La velada siguió su curso, escuchando buena música y recordando la guerra del Líbano a través del álbum fotográfico de la familia. Cuando vi como habían si
do sus vidas, documentadas en aquellas fotos, las bombas, los escombros, las interminables noches durmiendo en el sótano, el miedo a morir durante tantos años, comprendí esa manera tan distendida de comportarse, de entender el mundo y las cosas que realmente importan.

Todavía hoy, sigo riéndome.

martes, 19 de mayo de 2009

El aniversario. Desde "mi tintorería cairota", hasta hoy...

Hoy hace un año que escribí mi primer post, "Mi tintorería cairota".

Acababa de llegar a El Cairo, dejando atrás ocho intensos años de vida en México que me habían convertido en mexicana de corazón y costumbres. Cambiar el entorno y la perspectiva de las cosas no fue nada fácil, pero la experiencia valió la pena y hoy, después de muchas vivencias, sigo convencida de que ésta, es una de las ciudades más apasionantes del mundo.

Vaya época! todavía recuerdo la impresión que me produjo el primer encuentro, aquel intenso calor en los callejones, los olores de las especias y los cientos de personajes exóticos y anónimos con quién compartía las malogradas aceras.

Como no había encontrado casa, lo escribí desde el hotel, sin planes concretos de futuro, así que hoy cuando miro atrás y leo como fueron mis comienzos, no puedo más que sonreírme y recordar con ternura aquel espontáneo caos en que se convirtió mi vida cotidiana y en el que todavía me veo inmersa.

Por eso, a aquellos pocos que lo leyeron entonces y a aquellos otros que se fueron incorporando con el tiempo, en total más de 25.000 lectores, os invito a releerlo, para celebrar el tiempo pasado, vuestra compañía y la agradable sensación de seguir juntos.

domingo, 10 de mayo de 2009

La DGT cairota


Aquel día me tocaba solicitar el carné de conducir. Me lo habían pintado mal, colas interminables, horas de aburrida espera y una burocracia difícil de sortear.

Con aquella perspectiva, llegué a la Dirección General de Tráfico de El Cairo una mañana en la que el sol, después del tibio invierno, apretaba riguroso. Ya en la calle contigua había un auténtico hormiguero, cientos de personas, sobre todo hombres jóvenes que esperaban su turno entre un arsenal de motos y coches aparcados de cualquier manera. Pasar entre ellos me produjo vértigo, sobre todo porque me sentí blanco de aquellos ávidos ojos .

Entre ellos había muchos lisiados. Ojos a la virulé, cejas cortadas, cabezas vendadas, brazos en cabestrillo o patas chulas eran algunos de los desperfectos con los que cargaba el personal, que por otro lado no parecía muy afectado por semejantes desgracias. Me sorprendió sobremanera aquella fauna, que me pareció más propia de un hospital, pero enseguida me enteré de que en el primer piso había un juzgado que se ocupaba de los accidentes de tráfico y repartía fortuna o cárcel según conviniera.

Con paso rápido, entré en las oficinas por una verja a medio abrir. Aquel lugar me pareció caótico, como si el paso de un ciclón hubiera desbaratado las instalaciones y sólo quedaran escombros, muros y ladrillos desperdigados aquí y allá. Unos obreros estaban liados a martillazos con un muro, abriendo a ojo de buen cubero, puerta y ventanas, todo ello sin ninguna protección.

Me senté junto a una tropa de muchachos que esperaban con desgana su turno para conseguir el carné de conducir camiones. La sala, al aire libre, no podía ser más ruinosa, con un tejado de uralita lleno de cables viejos que colgaban peligrosamente encima de nuestras cabezas, tubos de conducción rotos y arena por todas partes.

Al frente, teníamos una sala enorme de oración, identificable por las decenas de zapatos alineados fuera . En la puerta, sentados en el suelo, dos o tres limpiabotas hacían su agosto con la nutrida clientela.

Un pequeño local con mostrador al patio ofrecía café, té y algo de comida. Junto a su estrecha puerta había un largo pasillo mojado que conducía a los baños. El olor a pescado atrasado, irrespirable, llegaba a todos los rincones y parecía no afectar a los que bebían alegremente en la barra. Mucho no se podía hacer, si te movías a la esquina opuesta, te topabas con un olor a gas que apestaba y había riesgo de caer como un pajarillo.

Así transcurría la mañana, de mostrador en mostrador, con la promesa de Mahmoud, que era quién debía arreglar mis asuntos, de que la cosa no llevaría nada más que 3 o 4 horas. Cuando ya había perdido la esperanza de conseguir el ansiado carné egipcio, le vi hacerme señas para que me acercara.

Por fin las fotos, me dijo acompañándome a un despacho con un improvisado estudio fotográfico. Me senté en una silla coja que por poco me tira al suelo. Los cables colgaban en absoluta anarquía por detrás del ordenador y madejas de pelusas y polvo se enredaban en ellos. Entre aquel maremagnum descubrí tirados, los zapatos que se había quitado la funcionaria y sus regordetes pies descalzos.

La vi preparada para disparar la foto. Al verme pasmada y perdida en aquel curioso paisaje alzó la mano y gritó enérgica levantando el brazo, smile madam, please, smile, smile! En un par de minutos más, una mano ensortijada salió por una pequeña ventanilla y me extendió una licencia árabe que no pude entender pero que me llenó de regocijo.

No sin cierto pesar, me despedí de aquella curiosa y pintoresca oficina.

lunes, 4 de mayo de 2009

A vueltas con la arena

Hoy tenemos un tiempo tremendo.

El viento resopla caliente, espesa el cielo y revuelve la arena, forma remolinos y ventiscas, despeina, azota faldas y levanta galabeyas, pica las aguas del Nilo y tumba antenas.

La fina arena y el polvo ciegan. Con tal desmesura, se entienden mejor los vestidos beduinos. Los largos mantos protectores, los turbantes, las cabezas y caras cubiertas.

Los pájaros vuelan en grupos, envueltos en una especie de vapor blanco, se adentran en él y se pierden de vista en pocos metros. Los barcos se mueven perezosos, arrastrando la popa con galbana, en un paisaje irreal que parece un sueño.

Estamos en el desierto y esto es lo que toca. Las arenas se levantan y recuperan territorio. Sólo queda esperar. Después de la tormenta llega la calma.

*la primera foto muestra un día normal a las 2 de la tarde. La segunda, corresponde al día de hoy a la misma hora.

jueves, 30 de abril de 2009

Mujeres de otros mundos.

Bajaba en el ascensor con la cabeza perdida en los quehaceres diarios, así que cuando abrí la puerta y me topé con dos mujeres ocultas hasta los ojos en largos hábitos negros y envueltas en las sombras propias de la tarde, me pegué un susto de muerte y apenas acerté a balbucear un insípido saludo.

Confieso que encontrar entre mis encantadores vecinos a una pareja tan exótica, me produjo extrañeza y despertó mi curiosidad por conocer algo de sus vidas.

A fuerza de no encontrarlas las fui olvidando, hasta que ayer mi querida vecina Yasmin, me contó entre té y dulces árabes algo que arrojó luz sobre el asunto, pero que me dejó más asombrada de lo que estaba.

Mira querida, me dijo en un inglés que fluía como un torrente entre sus labios, esa señora fue toda la vida muy normal, educada, culta y médica de profesión. Un día, hace unos pocos años, la encontré cubriendo su cabello con el hiyab, algo que me sorprendió por inusual. Entonces me contó que aquel cambio se debía a que en el hospital en el que trabajaba, se estaba ejerciendo presión sobre las empleadas y se les sugería el uso de ropa más apropiada y acorde con el Islam.

Yasmin, sin estar de acuerdo, entendió su postura y no volvió a sacar el tema, hasta que hace unos meses, la encontró de nuevo junto a su hija de apenas 16 años, ambas irreconocibles bajo un nuevo atavío negro, el Niqab, que sólo dejaba ver sus ojos. Con pesar, le preguntó si todo estaba bien, pero ella sólo contestó: "Dios es el principio y el final de todo". Esta respuesta bastó, me dijo con ojos muy despiertos, ahí ya supe lo que estaba pasando y no debía insistir más.

Nos quedamos un rato en silencio, yo absorta y perdida en un mundo tan desconocido como inquietante.

Suspiró y continuó hilando esta historia con la suya propia. Ahora entenderás por qué decidimos pasar buena parte de nuestra vida en Boston, dijo. Aquel cambio fue necesario para conseguir que mi hija tuviera un pasaporte americano que le permitirá salir de este país si las condiciones empeoran, tener oportunidades y vivir con dignidad en otro lugar del mundo.

Tomé el último sorbo de té y luego de un caluroso abrazo, regresé a casa con el eco amargo de esta historia de mujeres de otros mundos.

*En la foto, señora con Niqab.

sábado, 25 de abril de 2009

Al Misfah, las aguas y las arenas.

Cuando llegué a Al Misfah, me pareció haber traspasado los horizontes perdidos de la legendaria Shangri- La.

Después del largo y tórrido trayecto que asciende entre imponentes y escarpadas
montañas desprovistas de vegetación, encontrar aquel encantador y sombreado oasis me causó una enorme sorpresa que me alejó del mundo y me colocó, en un suspiro, en uno de los frescos y frondosos jardines de las Mil y Una Noches.

Las pequeñas casas, excavadas en la roca hace cientos de años y su entramado de estrechas calles de gruesos muros, cubren de sombra mi paseo. Las huertas en terraza con su especial sistema de canales de riego llamado Aflaj, consiguen que en aquella inhóspita región crezcan las más diversas plantas y flores, palmeras y árboles frutales, limas, mangos y plátanos, cultivos agrícolas e incluso arroz.

La placidez y el frescor serenan el ambiente e invitan a sentarse en alguno de sus rincones y escuchar el discurrir del agua que clara gorjea en los suaves descensos produciendo una música que llena el ambiente de alegre sosiego.

En algunos lugares bien protegidos por la vegetación, me encuentro con vecinos que disfrutan de la charla y de la tranquilidad que propicia el lugar. Sigo caminando entre canales y llego a un lugar que advierte a los hombres de que se encuentran en feudo
de mujeres y que no sigan en esa dirección.

Sigo avanzando por un paisaje de vértigo. De un lado, tengo una enorme ladera de piedra en la que tengo que apoyarme, del otro, un precipicio sin fin y entre ambos un canal de agua por cuyo estrecho muro tengo que caminar. No se oyen ni las moscas,
parece que no hubiera vida. Me cruzo con una adolescente preciosa que acaba de hacer la colada a juzgar por el barreño que porta en su cabeza y pasa sonriente a mi lado, en aquel estrecho camino, sin importarle la desprotegida caída libre.

Regreso y allí donde el paisaje se abre, descubro a un viejillo cuidando su huerta, entre una vegetación exuberante, ajeno al desierto que aguarda afuera. Desde aquel punto hay unas vistas impresionantes de la cordillera. La luz de la tarde matiza los colores y en lugar de parda parece naranja, verde y negra. Hasta donde alcanza mi
vista, sólo veo arenal y piedra.

Llega la hora de irse y abandonar esa improvisada sesión natural de meditación y relajación para adentrarse en las montañas y los perfumes de Omán.

lunes, 20 de abril de 2009

De Muscat a Nizwa en el día de oración.

La carretera que conduce de Muscat a Nizwa va atravesando una puntiaguda y caprichosa cadena montañosa que parece esculpida a cincel y veteada de verdes, negros, chocolates y terracotas, que me recordó a un enorme pastel cortado al bies mostrando sus apetitosos rellenos.

De vez en cuando el terreno aparece salpicado con palmeras, indicador de agua y de la existencia de un oasis. A su sombra, camufladas, aparecen pequeñas viviendas de gruesos muros protectores, aislantes del calor y de curiosas miradas. No se perciben voces ni ruidos, la vida transcurre tranquila y discreta. Sólo algunos cam
ellos pastan perezosamente a la sombra de las murallas, los veo de lejos, incrédula y emocionada. Jamás había visto a estos animales en libertad y sobre todo sin turistas en la joroba.

Ver gente por las calles de Bahla es prácticamente imposible y las mujeres parecen no existir, todo ocurre de puertas adentro. Un par de niños salen a nuestro encuentro y nos saludan encantadores. Una niña pequeñísima y hermosa, con los ojos pintados de khol me dice la única palabra que seguramente conoce "tankiu" y le envió un beso con la palma de la mano que me devuelve inmediatamente. Me sorprende que la
comprensión de este gesto haya llegado tan lejos y me intriga su procedencia.

Desde algunas partes del oasis hay una vista preciosa de las casas más antiguas y de las murallas que todavía cercan el asentamiento. El calor es tremendo y enciende el cuerpo, así que seguimos camino hacia el siguiente oasis.


Entrar en Nizwa, justo a la hora en que el muecín llamaba a la oración fue una fortuna inesperada. Me pareció haber traspasado las puertas de otro mundo, un mundo virgen y exótico sacado de los relatos viajeros de otros tiempos, un mundo sólo para mis ojos. Me entró un hormigueo indescriptible cuando vi las construcciones blancas, los estrechos callejones frescos y la calle principal llena de hombres y niños vestidos de blanco inmaculado, almidonados, solemnes y elegantes que se dirigían con prisa a su cita con Alá.

Me senté en un sombreado y tranquilo soportal frente a la mezquita para observar discretamente la oración. Era tal la multitud que ya no cabían dentro y los que llegaban tarde tenían que buscar algún lugar en el pórtico o en los alrededores del recinto, así que en unos pocos minutos mi estratégica posición dejó de serlo y me vi rodeada de alfombrillas y piadosos. La situación me resultó tan chocante que decidí
salir de allí antes de tener que pasar por encima de sus cabezas. Nadie pareció sorprenderse de mi presencia aunque era la única mujer en la calle.

La temperatura seguía subiendo, así que decidimos continuar, todavía había que llegar a Al Misfah.

sábado, 18 de abril de 2009

Rumbo al Sultanato de Omán


Estoy sentada en el aeropuerto de Abu Dhabi, esperando el vuelo a Omán.

Hay una pequeña cafetería que en lugar de sillas tiene unos sofás que me recuerdan a Morfeo, así que me he echado en sus brazos y he pedido un té de jazmín, con la esperanza de entrar en calor y olvidarme de un aire acondicionado que sopla como el viento del polo, llegando desapacible a cada rincón.

Me llama la atención que a muchos de los viajeros no parece afectarles en absoluto, porque les veo caminar con ropas muy ligeras. Supongo que llegan de la ciudad, donde la temperatura llegará a unos cuarenta grados.

Las chicas asiáticas, las más modernas, llevan minivestidos y sandalias de lo más fashion, parecen ligeras muñecas de boquita pintada. Las indias, morenas de ojos infinitamente negros y trenza larga azabache van envueltas en saris de seda de colores cálidos, elegantes, como su propio porte. Entre las occidentales hay de todo, pero nada que me llame la atención, excepto una señora que lleva orgullosa un pantalón corto que se le sube por la entrepierna y que apenas le cubre el trasero. Según avanza se le mete por donde no debe, separando su retaguardia en dos grandes jamones. Si lleváramos un espejo retrovisor incorporado, otro gallo cantaría, seguro. En contraposición a todo esto, las mujeres del golfo, que pasean de un lado a otro con sus largas abayas negras de crepé, livianas, flotando en el aire como libélulas.

Enfrente se sienta una madre saudí con tres niños, que aligera mi espera. El entretenimiento es tal que sólo vuelvo a la realidad cuando oigo la llamada al vuelo. Tengo que echar a correr, ya sin pensar en el frío. Adiossssssss.

martes, 7 de abril de 2009

Un estrés de perros.


Ayer fui con Gorbea al veterinario.

Llamé a Ibrahim, el taxista todoterreno, que es bien apañado y lo mismo transporta grupos de turistas que árboles o perros y además sin hacer ningún aspaviento. Teniendo en cuanto que estos pobres animales son considerados impuros y la mayoría de la gente les teme y evita, la cosa es de agradecer.

Tuvimos que atravesar buena parte de El Cairo, dando los brincos de costumbre, con el pobre animal cabeceando de un lado al otro y yo con el temor de que acabara saltando por la ventana, que por supuesto llevaba abierta. Semejante travesía, aunque incómoda, merecía la pena porque me habían dicho que el veterinario tenía un programa en la tele y eso, amigos, da un poquito de confianza cuando no se tienen muchas alternativas.

Llegué cuando abrió la consulta, a eso de las seis y media y tuve que arrastrar a Gorbea, que se olía el percal, por un largo pasillo hasta la enorme sala de espera.

El lugar estaba preparado para albergar a una buena cantidad de clientes que ya esperaban con el número del "súper" en la mano. Cuando saqué el mío, vi que tenía a más de 30 cuadrúpedos por delante y si tenemos en cuenta que la costumbre aquí es que la familia acuda al completo a cualquier acontecimiento, os imaginaréis el "ambientazo" que había en aquel lugar.

En un lado se iban sentando los gatos, en el otros los perros y las especies raras en tierra de nadie. Gorbea no podía creer su suerte, sin salir de caza y aquel botín de felinos a mano...hizo varios intentos y echó algún bocado al aire hasta que comprendió que el esfuerzo no le reportaría beneficio alguno y se tumbó a dormitar con la oreja levantada.

La espera fue larga, eterna, así que tuve la oportunidad de estudiar los patrones de convivencia de animales de dos y cuatro patas en un medio tan reducido como aquel.

Una madre y su hija dueñas de un gato consentido, iban cambiándose temblorosamente de silla cada vez que un perro se sentaba a su lado. Jamás he visto una cara de terror tan innecesaria como la de aquella muchacha. Cuando se acabaron los sitios libres se tuvieron que conformar con un vecino algo nervioso que no hacía más que sacudirse y lanzar salivazos.

Cansadas de la larga espera y de sacudirse las babas, se acercaron a una tienda bien surtida cuyo escaparate daba a la sala de espera. Se decidieron por una especie de cochecito de muñecas Barbie de un azucarado color rosa chicle con un habitáculo especial para sacar a pasear al gato. Ver para creer.

De pie, charlaban los propietarios de un pitbull y un bóxer que retozaban y ladraban compulsivamente. Me pregunté todo el tiempo si querían guerra, estaban de guasa o se iban a poner cariñosos en cualquier momento y a dar el espectáculo. Los dueños se tronchaban de la risa cuando en un descuido, uno de los bichos tiraba con fuerza y lograba poner sus patazas encima de alguno de nosotros. Nos tuvieron con el alma en vilo hasta que pasaron a consulta, uno de ellos arrastrando al dueño de rodillas.

Lo mejor llegó cuando un abuelo de turbante blanco se sentó en el suelo dejando asomar sus calzoncillos largos y sacó un vaso de plástico con una especie de carne con verduras que todavía olía a comino. Pensé que se iba a armar la de dios es cristo y calculé que en la altura en se había sentado iba a ser pasto de perros, gatos y demás animales hambrientos, pero el viejillo desdentado, se metió la pitanza casi debajo del sobaco y dio cuenta de ella en un suspiro.

Mientras tanto, el propietario de un gato de angora sollozaba desconsolado acariciando al animal. Me olí lo peor y le vi hacer una llamada que no hizo más que sacarle hipos y lágrimas, así que al final ya no supe si era cosa del animal o asuntos del corazón. En medio de aquel espacio lleno de historias apareció un perro herido, con un corte en algún sitio... lo que faltaba...yo no valgo para nada y menos para ver animales heridos.

Cuando por fin pasamos, el televisivo veterinario estaba agotado, así que como hacen los médicos cuando no saben lo que tienes, le diagnosticó alergia causada por estrés, le puso un par de banderillas mientras la pastora le miraba con ojos de cordero degollado y nos mandó a casa. Eran casi las 12 de la noche.

domingo, 5 de abril de 2009

El masajista.


El otro día volví a la pelu.

Las de la entrada, que son todas de baba, me enviaron por equivocación a una sección que no correspondía. Entonces cuando aquella mujer vestida de blanco me dijo que me quitara la ropa, me pareció que algo no marchaba bien, porque hasta la fecha, nadie me había exigido semejantes condiciones para atusarme un poco el pelo. Cuando le aclaré los motivos de mi visita, me miró desconcertada y me dijo, perdone señora, le han enviado a la planta equivocada, yo soy la masajista.

Así que recogí mi bolso y cambié de departamento acompañada por un sujeto ataviado con un traje granate de enormes hombreras doradas. Cuando me abrió galantemente la puerta contigua y aspiré los perfumados aromas, supe que había llegado a la planta de "lavado y encerado".

No sé si sabréis, pero en este bendito país, se valora mucho el masaje capilar. No hay peluquero que se precie que no se ponga concienzudamente a masajear tu cuero cabelludo como si se tratara de reducir el diámetro de tu cabeza y arrancar el mayor número posible de pelos. El que consiga más, gana, yupi!.

Como he comprobado que nadie puede sustraerse a este ritual, me tumbé sin chistar en el sillón. El aprendiz se lanzó jovialmente a su trabajo, presionando con saña el cráneo en general y las sienes en particular.

Aquellos cuidados prometían dejarme secuelas y aunque quise escaquearme, no pude ya que el tarado aquel me tenía inmovilizada con sus manazas. Lo que yo estaba viviendo en aquel infame sillón, no podía ser verdad, sin duda aquel zopenco se había escapado de algún sitio.

Intenté relajarme pensando que la sesión terminaría en un pis-pas, pero aquella tortura parecía no tener fin, ya que el peluquero que debía peinarme estaba ocupado haciendo tirabuzones en la cabeza de una rusa y supuse que tenían que hacer una maniobra de despiste costara lo que costara.

Aquello se estaba convirtiendo en un dolor de cabeza y una desazón que no iba a desaparecer fácilmente, eso sin contar la posibilidad real que tenía de perder el conocimiento.

Me armé de valor y le supliqué que dejara el masaje de una vez. Me miró con pesar, con cara de artista incomprendido, pensando en qué clase de persona sería yo para rechazar semejantes cuidados. Me volví a recostar con la esperanza de que se fuera a buscar las toallas, pero entonces sentí cómo hacía un ovillo con el largo de mi pelo y comenzaba a refrotarme el contorno de la cara para levantar los restos de color que podrían haber teñido mi piel. Entonces temí las peores heridas por abrasión. Si se hubiera tratado de quitar la roña de una cazuela vieja, no se hubiera podido emplear más fuerza bruta, que lo sepáis.

Aquello iba a acabar como el rosario de la aurora y me volví de nuevo y le dije muy despacio,mientras el agua me resbalaba por el cuello, hasta el ombligo, que 15 minutos de lavado bastaban y que hiciera el favor de quitarme las manos de encima. Por fin comprendió. Buscó la toalla y regresó a seguir frotando, esta vez para retirar el exceso de agua. Mire desesperanzada hacia los espejos y me divirtió ver a la rusa, que era medio tonta, con unos tirabuzones postizos que parecían sacados de la película de mujercitas.

Me dirigí hacía mi sillón temiendo la siguiente fase.

*En la foto, una pelu de barrio.

sábado, 4 de abril de 2009

La blogosfera y el EGO.

Con este post, me salgo de tema, pero es que el mundo de la blogosfera está fatal.

A los problemas de saturación, falta de calidad, nuevas tecnologías que ganan ventaja y la larga retahíla de malos augurios que diariamente pronostican las revistas especializadas, hay que añadir la poca seriedad con que algunos medios de comunicación tratan a los autores de blogs.

Desde que aterricé en este espacio virtual accesible a todo el mundo, he recibido en varias ocasiones propuestas de productoras "millonarias" y medios de comunicación "importantes" en nuestro país y con grandes cuentas de publicidad, que pretendían ponerme a trabajar con los más variopintos encargos sin darme nada a cambio, léase gratis.

Siempre me despertó curiosidad semejante pretensión, sobre todo por la popularidad que tiene su práctica y nunca he podido imaginarme cómo alguien que se dedica al periodismo, puede pedir a otro que haga propuestas o redacte artículos, acuda a conferencias o exposiciones y pensar que lo va a hacer por amor al arte o por ver su nombre escrito en algún lugar visible al resto de los mortales.

Si les preguntas por honorarios, te dicen, honorarios? pues mira, no, vamos muy pillados con el presupuesto,ufff no pagamos a nadie, si quieres pongo tu nombre, enlazo tu blog...total es una cosilla de nada, no te va a llevar mucho tiempo.

Debe ser que el EGO nos puede y que los astutos Medios, que saben mucho de esto, lo utilizan para poner la manzana en el camino de blancanieves y esperar a que muerda, ya saben que hay muchos que lo harán, pero lo cierto es que a mí me suena a abuso profesional, aunque venga con el consentimiento de ambas partes, es casi tan fácil como ponerle y luego quitarle el caramelo a un niño.

Como de momento parece que la cosa está así, seguiremos observando la movida bloguera con esperanza y diciendo NO a semejantes prácticas.

Vuestra opinión me interesa.

miércoles, 1 de abril de 2009

El Cairo. Mi barrio y sus asuntos cotidianos.


Hoy, entrando en mi calle, me he topado con una montaña de basura que ocupaba una plaza de aparcamiento. Parecía como si un gran contenedor, con todo tipo de desechos inorgánicos, muchos de ellos chamuscados, hubiera volcado en semejante lugar. Me quedé sorprendida y me pregunté cómo alguien había conseguido depositar tal cantidad de porquería en una zona limpia y muy transitada sin que le hubieran arrestado y azotado en el trasero en una plaza pública. Entended que esto último es más bien un impulso personal, que una realidad.

Me pareció que a nadie le afectaba este regalo de dudosa procedencia, aunque ocupaba la entrada de un precioso edificio antiguo que se dedica a actividades culturales y adornaba el camino hacia una interesante galería de arte moderno.

La garita de policía está a sólo un par de metros y los tres uniformados de turno, parecían no enterarse de nada porque les vi sacar sus taburetes al fresco y comerse un kushari con vistas a aquella inquietante montaña. Los de enfrente, capataces de un edificio en construcción, estaban sentados sobre la arena en unas sillas de plástico destronchadas por el uso y despachaban sus asuntos con los obreros, ajenos a cualquier cosa que ocurriera fuera de su entorno más próximo.

Seguí caminando extrañada, pensando en aquel miserable vertido cuando me encontré con la sonrisa desdentada de mi querido Mohamed, el bauab, que para la mañana, especialmente fría, había elegido una curiosa indumentaria y parecía disfrazado de guerrero sarraceno. Por la cabeza se había puesto un rodete de un paño grueso que dejaba colgando por los lados, como orejeras y sobre los hombros llevaba una especie de manta que le colgaba a modo de capa hasta el suelo y que dejaba ver un par de sandalias de goma negra que llevaba sin calcetines.

Le pillé en pleno desenfreno, reservando para los vecinos de mi escalera, un par de huecos de aparcamiento que habían quedado libres. Como se vio necesitado de ayuda, pegó un par de voces que llegaron a los portales colindantes y enseguida aparecieron como hormigas, otros compañeros de labores.

Advertí que todos los coches estaban aparcados en punto muerto y les vi desplazarlos estratégicamente a golpe de brazo, pie y cadera como si fueran autos de choque, ahora un metro hacia delante, poooomb, ahora estos dos hacia atrás, blommmmb, se iban acunando unos a otros. Así, con cada coche ocupaban dos plazas e impedían la entrada a los foráneos. Para rematar la jugada, colocaron un par de taxis en doble fila y bloquearon todas las plazas. Si os había quedado alguna duda de quién controla las calles en El Cairo, espero haberla despejado.

Me volví para repasar la jugada con una cierta perspectiva y descubrí que el último coche de la fila había quedado medio encaramado en aquella montaña de desperdicios como si tal cosa. Lo que en otro entorno me hubiera causado horror, aquí sólo me produjo un extraño hormigueo cercano a la diversión que acabó convertido en media sonrisa.

Ya en el ascensor, me prometí no intentar comprender este extraño, pero fascinante mundo, mejor lo disfrutaría.

*En la foto: "camión" cairota de recogida de basuras.

martes, 24 de marzo de 2009

Buenos días Cairo!

Mi ascensor siempre está ocupado, ya lo conté en una ocasión, así que muchas veces bajo las escaleras de dos en dos y me precipito en la calle con un florido "sabaH il khayr". El bauab y sus coleguitas me miran satisfechos con mis progresos y si un día les digo alguna palabra nueva el alboroto es tal que se dan de golpes unos a otros mientras se tronchan con mis ocurrencias.

Luego me planto en medio de la carretera, haciendo cintura esquivando un tráfico que poco le falta para subirse por las aceras y llevarse todo por delante. Con el alma en vilo espero a que pase un taxi de los que tienen todas las ruedas y no les faltan
las ventanas o las puertas. Valorarlos en la distancia, con la velocidad que llevan es tarea ardua, os digo.

Me para el primero y según abro la boca, pone cara de no querer llevar a un extraño cuya lengua no entiende. Cosa rara, porque la reacción suele ser la contraria y lo hacen encantados, sea por diversión o por sacarse un par de libras extras. El segundo viene ya con pasaje y no me apetece compartir, pero se empeña en subirme a toda costa dando gritos por la ventanilla para llamar mi atención. Como me ve poco decidida, se gira y con instrucciones firmes le dice a la pasajera que lleva que se pase delante y que me deje el sitio. Me sorprende que la chica, velada, lo haga sin
chistar y me da una vergüenza inmensa el privilegio concedido.

El hombrecillo tiene cierta edad, va despeinado y sin afeitar, parece que ha pasado mala noche. A unos doscientos metros se baja mi compañera y desde la calle, le lanza una pelotilla de billetes viejos. Él, la recoge sin mirar, se la mete en el bolsillo y se tira alocado, entre acelerones, hacia mi destino en Maadi.


Este trayecto suele estar siempre colapsado por el tráfico, así que me pongo cómoda y echo un vistazo a la gran avenida, al Nilo, que en un pequeño tramo, apenas unos metros, tiene un carácter más rural, salpicado de palmeras y pequeños barquitos de pescadores faenando en la ribera.


El tráfico es una locura que se agrava por los miles de viandantes que circulan alocados en todas las direcciones, cruzando la carretera, parando la circulación para descender de los taxis o de los cientos de autobuses que transitan por la zona.

Las mujeres se escurren hábilmente entre los coches, transportando niños e incluso enormes bultos en sus cabezas, escondidas detrás de sus velos y de largos faldamentos que a veces dejan asomar una especie de pijama o pantalón deshilachado que arrastran y con el que van levantando toda la porquería del suelo. Sus p
ies, negros renegros, agrietados, como si se hubieran adherido a una gruesa capa de neumático para hacerlos más resistentes al entorno, van calzados en una especie de sandalias que no sé por qué siempre son uno o dos números más pequeñas del necesario y se quedan encajadas en el abultado empeine dejando medio talón fuera.

La ruta pasa por un hospital. No hay ningún cartel informativo, lo sé porque veo llegar a cantidad de lisiados, mujeres que arrastran en volandas a algún viejo, cojos, tuertos recientes, contrahechos, heridos, todos pobres de solemnidad, sucios y arrugados como pasas. La espera en estos lugares es eterna y a falta de sillas, se
sientan en la acera con la espalda apoyada en el muro de entrada, algunos, febriles, no se sostienen derechos y les ves escurrirse, con la cabeza y torso ladeados. Los acompañantes no les dejan solos, las mujeres sentadas en el suelo sobre sus faldamentos negros, los hombres callados, en silenciosa espera. Miro de reojo, sin querer ver. No me acostumbro a la dureza de este país.

Nos adelanta un camión que transporta a un caballo todavía enjaezado. Como el
animal es grande, lo han colocado de lado, sobre uno de sus lomos, encajado de mala manera entre las dos paredes y lo han atado por varias partes para inmovilizarlo y que no salte del remolque. El pobre está muy nervioso e intenta liberarse de aquella imposible posición que le tiene que estar torturando y pega brincos y da coces contra la chapa que me parecen como gritos de auxilio. No puedo evitar llevarme las manos a los ojos, lo hago a menudo, como si esto pudiera abstraerme de semejantes espectáculos y liberarme de la desazón que me producen.

Despierto de este mal sueño cuando veo que mi taxista, aprovechando un hueco en el tráfico empieza a hacer de las suyas. Reacciono y le hago gestos rápidos para que pare porque me parece que nos vamos a empotrar en un autobús que hay a 20 metros.
Alocado se vuelve y me contesta que no,que no y que no. Lo que me faltaba, uno que se ha vuelto loco... Veo que acelera para hacer la jugada y me veo boca abajo en el Nilo, así que grito fuerte, muy fuerte y sólo así consigo asustarle y que recupere la razón. Me quiero bajar inmediatamente pero no para, sencillamente no le da la gana. Me pide perdón hasta 20 veces, mirando hacia atrás y soltando el volante para gesticular con las manos, vaya día...le echo una bronca de impresión que no entiende pero que me sirve de desahogo.

Llego a mi destino, se vuelve y me dice, amigos, de verdad amigos?.