
Le precedieron las largas punteras de sus zapatos. No sé si se trata de una moda pasajera o por el contrario, de una tradición bien arraigada, pero no hay egipcio que se precie que no calce un híbrido, digamos entre zapato y babucha, de una longitud tal, que la puntera se ondula con el uso y los pasos se transforman en zancadas de siete leguas. A parte de esta característica típicamente cairota, al zapato de Abdel Aziz le acompañaba otra, el polvo indómito de esta metrópoli ganada al desierto.
Pobre hombre, pensé, allí quieto en la puerta, ajeno a la radiografía que hacía de su vestimenta. Me avergoncé de mi descaro y sin mediar palabra, le dejé pasar.
La pobre M. tuvo que hacer de traductora porque no encontrábamos un idioma diferente del árabe en que pudiéramos entendernos. Así que él y yo, yo y él, los verdaderos interlocutores, ni nos mirábamos y a pesar del escaso medio metro que nos separaba, nos lanzábamos los mensajes a través de ella como si no estuviéramos presentes.
La cuestión era tapizar un sofá que la buena de Gorbea, mi perrahuevona, había utilizado de cama cada vez que la vigilancia en casa se relajaba.
Lo miró un par de veces de arriba abajo, tocó aquí y allá y al final, con el morro fruncido, como si esto ayudara a hacer mejor el cálculo, nos sorprendió con un: "1500 libras". P, otro amigo presente en la negociación que conocía bien sus precios, le hizo un gesto de negación con la mano que todos entendimos y exigió la tarifa habitual.
Abdel Aziz argumentó largamente el motivo por el cual mi sofá sería el más caro de cuantos había hecho anteriormente y como no pasé por el aro, más por cabezonería que por dinero, se marchó airado dándonos con la puerta en las narices.
Mientras nos tomábamos un café en la cocina y decidíamos dónde comprar la tela y sobre todo, dónde encontrar un sustituto, sonó el timbre y ahí estaban de nuevo sus empolvados-zapatos-babucha, esta vez, con una oferta mejor, pero nada que fuera su tarifa oficial. Así que a pesar del intento, tampoco esta vez coló y la puerta volvió a cerrarse.
Pero como no hay dos sin tres, después de unos diez minutos el timbre sonó de nuevo y apareció el hombretón, que sin mediar palabra se disponía a desmontar el sofá con decisión, pero sin herramientas y lo más importante, a hacer el trabajo por el precio que realmente costaba.
Tengo que confesar que jamás hubiera esperado semejante reacción, el hombre parecía más duro que el acero y jugaba el papel de "indignado" de una forma bastante creíble. Llegados al acuerdo y lejos de tomar aquella "negociación" como un fracaso, Abdel Aziz se mostró encantado con el nuevo pedido.
Entonces me di cuenta que el regateo es un arte y además un juego, un juego con misteriosas y desconocidas reglas que jamás llegaré a entender.
*Foto: tejado del cairo islámico, con sofá y terraza con vistas.