Pero por fortuna, esta historia no va de mis fatales experiencias con este gremio, sino de las de otros.
Hace ya algún tiempo, al bueno P. se le ocurrió cortarse el pelo en el barrio. A los más curiosos les diré que cuando salió de aquel lugar olía a aceites de indescriptibles e intensos aromas y tuve que mantenerme a una distancia más que razonable para no perder el sentido. Como siempre soy muy solidaria con el dolor ajeno, traté por todos los medios de convencerle de que aquello no estaba mal del todo y de que el pegajoso perfume que todo lo impregnaba, se le iría en un plisplás
Así quedó la cosa y no se habló más del tema. Pero claro, aquel pelo comenzó a crecer dejándose ver el corte en toda su plenitud y el pobre de P. comenzó a transformarse en alguien más parecido a Cristóbal Colón en sus tiempos de descubridor o como mi madre hubiera dicho, a un macero real, pero de los de hace varios siglos.
No lo creeréis, pero hicieron falta varios meses y un par de cortes, para que aquella especie de pelo-casco pasara de nuevo al mundo terrenal y lo más importante, al presente siglo.
Desde aquel día, el barbero en cuestión, que siempre está apostado a la puerta del local, le jalea en cuanto le ve pasar, pretextando que el pelo ya necesita un arreglo. Desde la distancia y con una enorme sonrisa de tú-a-mí-no-me-pillas-más, le dice noooooooo y el hombre, sentido donde los haya, se queda con cara de incomprensión y desamparo.
Pero ayer, incomprensiblemente, P. decidió visitarle de nuevo. No para un corte de pelo, que hubiera sido el colmo de la osadía, sino para un retoque de su bigote y barba. En este asunto no se puede equivocar mucho, me dijo convencido.
La idea me encantó y me pegué a su lado para desvelar los entresijos de aquel local por el que paso todos los días y en el que ronronean tres empleados, al parecer hermanos.
Por suerte, aquello de "sólo hombres", no contaba en el local y me invitaron amablemente a esperar en un sillón de escay destartalado, cuyo relleno de espuma se desbordaba por cada una de las esquinas como si fuera a explotar.
Me fije en los espejos, grandes y desangelados y en una escasa repisa repleta de productos femeninos, pero utilizados en clientes masculinos. Botes de laca y tintes de la marca "Áfricafashion", varios tubos de peeling "freewoman" en aroma fresa, limón y sandía, algunos frascos de crema "sensitive" mal cerrados, cera, gomina, aceite hidratante "Shahrazad" y no sé cuantas cosas más.
Por la pared bajaba el tubo de goma del aire acondicionado que llegaba a descargar el agua a un bote vacío de suavizante para la ropa que habían colocado entre las piernas de un cliente.
Lava cabezas no había, pero sí un destartalado aparato antiguo para hacer tratamientoshidratantes de vapor, de donde habían colgado un par de ambientadores, que me imagino soltarían entre vapores todo su aroma, dejando al pobre cliente ligeramente aturdido.
Unas cortinas de plástico llenas de lamparones, separaban la primera salita de una segunda, que todavía daba más miedo. Por todo mobiliario llegué a advertir una mesa de plástico y varias sillas blancas con una capa de una espesa mugre negra.
Y aunque el panorama os pueda parecer desolador, os diré que el ambiente era de lo más simpático, con una tele colgada del techo que nadie miraba aunque emitía ruidos y varios clientes de la zona, al parecer también expatriados, esperando turno. Sí, habéis leído bien, esperando turno, porque aunque cueste creerlo, el lugar es uno de los más frecuentados del barrio.
Y es que esta ciudad te enseña avalorar y medir las cosas de otra manera, a relativizar hasta que todo se vuelve normal, natural. Es inteligente y necesario para adaptarse y convivir.
Y la barba? impecable. Si ya lo decía él...en este asunto, no se puede equivocar mucho.

































