Y de la noche a la mañana me vi expatriada en El Cairo, viviendo entre pirámides, gatos resabiados y turbantes blancos...

domingo, 7 de febrero de 2010

Peluquero de hombres.

Mi barrio, además de estar lleno de comercios de lo más variopinto, está bien surtido de pequeñas peluquerías, la mayoría para el público masculino. Los que me seguís habitualmente, sabéis que con sólo nombrar el término peluquería, se me ponen los pelos de punta y que desconfío de todo el que tenga unas tijeras en la mano, sobre todo si se dice llamar "hairstylist".

Pero por fortuna, esta historia no va de mis fatales experiencias con este gremio, sino de las de otros.

Hace ya algún tiempo, al bueno P. se le ocurrió cortarse el pelo en el barrio. A los más curiosos les diré que cuando salió de aquel lugar olía a aceites de indescriptibles e intensos aromas y tuve que mantenerme a una distancia más que razonable para no perder el sentido. Como siempre soy muy solidaria con el dolor ajeno, traté por todos los medios de convencerle de que aquello no estaba mal del todo y de que el pegajoso perfume que todo lo impregnaba, se le iría en un plisplás

Así quedó la cosa y no se habló más del tema. Pero claro, aquel pelo comenzó a crecer dejándose ver el corte en toda su plenitud y el pobre de P. comenzó a transformarse en alguien más parecido a Cristóbal Colón en sus tiempos de descubridor o como mi madre hubiera dicho, a un macero real, pero de los de hace varios siglos.

No lo creeréis, pero hicieron falta varios meses y un par de cortes, para que aquella especie de pelo-casco pasara de nuevo al mundo terrenal y lo más importante, al presente siglo.

Desde aquel día, el barbero en cuestión, que siempre está apostado a la puerta del local, le jalea en cuanto le ve pasar, pretextando que el pelo ya necesita un arreglo. Desde la distancia y con una enorme sonrisa de tú-a-mí-no-me-pillas-más, le dice noooooooo y el hombre, sentido donde los haya, se queda con cara de incomprensión y desamparo.

Pero ayer, incomprensiblemente, P. decidió visitarle de nuevo. No para un corte de pelo, que hubiera sido el colmo de la osadía, sino para un retoque de su bigote y barba. En este asunto no se puede equivocar mucho, me dijo convencido.

La idea me encantó y me pegué a su lado para desvelar los entresijos de aquel local por el que paso todos los días y en el que ronronean tres empleados, al parecer hermanos.

Por suerte, aquello de "sólo hombres", no contaba en el local y me invitaron amablemente a esperar en un sillón de escay destartalado, cuyo relleno de espuma se desbordaba por cada una de las esquinas como si fuera a explotar.

Me fije en los espejos, grandes y desangelados y en una escasa repisa repleta de productos femeninos, pero utilizados en clientes masculinos. Botes de laca y tintes de la marca "Áfricafashion", varios tubos de peeling "freewoman" en aroma fresa, limón y sandía, algunos frascos de crema "sensitive" mal cerrados, cera, gomina, aceite hidratante "Shahrazad" y no sé cuantas cosas más.

Por la pared bajaba el tubo de goma del aire acondicionado que llegaba a descargar el agua a un bote vacío de suavizante para la ropa que habían colocado entre las piernas de un cliente.

Lava cabezas no había, pero sí un destartalado aparato antiguo para hacer tratamientoshidratantes de vapor, de donde habían colgado un par de ambientadores, que me imagino soltarían entre vapores todo su aroma, dejando al pobre cliente ligeramente aturdido.

Unas cortinas de plástico llenas de lamparones, separaban la primera salita de una segunda, que todavía daba más miedo. Por todo mobiliario llegué a advertir una mesa de plástico y varias sillas blancas con una capa de una espesa mugre negra.

Y aunque el panorama os pueda parecer desolador, os diré que el ambiente era de lo más simpático, con una tele colgada del techo que nadie miraba aunque emitía ruidos y varios clientes de la zona, al parecer también expatriados, esperando turno. Sí, habéis leído bien, esperando turno, porque aunque cueste creerlo, el lugar es uno de los más frecuentados del barrio.

Y es que esta ciudad te enseña avalorar y medir las cosas de otra manera, a relativizar hasta que todo se vuelve normal, natural. Es inteligente y necesario para adaptarse y convivir.

Y la barba? impecable. Si ya lo decía él...en este asunto, no se puede equivocar mucho.

6 comentarios:

g.delapola dijo...

Me encanta!!!!

Cada una de tus historias/vivencias me trsladan de mi cuartel de invierno a ese Cairo/sol que tanto me apasiona.

Gracias por ello.

Nativi dijo...

Pues que quieres que te diga Celia, a mi me encanta ese ambiente, es como si el tiempo se hubiera detenido. Claro que padecer las carencias que ese mundo acarrea no debe ser tan agradable.
Besos

Anónimo dijo...

¡¡Ay, las peluquerías del Cairo!! Menudas las he pasado allí... Nunca he conseguido que me corten el pelo como les pido y siempre, siempre, acababan cortádome un flequillo recto tipo "tontolpueblo" que me ponía enfermo, yo creo que lo hacía adrede para descojonarse de mí. Sin olvidarse de los sablazos que me metían por ser expatriado, porque pagar 50 libras por un corte de pelo de caballero en Egipto me parece un atraco, estamos hablando del sueldo semanal de unos cuantos... Al final, he optado por la cortacesped y por un "número 2" y ya no tengo disgustos, así que mientras esté en Egipto, iré con look militar. ¿Has hablado ya del peeling egipcio? Creo que lo hiciste alguna vez, eso que hacen con el hilo dental que se sujetan en un diente mientras te lo pasan por la cara en un movimiento de tijera. ¿Y las limpiezas de cutis que se hacen los hombres? Me encanta que me enchufen la máquina de vapor en toda la jeta, luego te limpian todos los poros, te aplican toallas heladas con aroma de menta, te hacen un masaje que te deja grogi y te dejan el cutis como el culito de un bebé. Esta gente tiene su punto presumido, mucho más que el machote ibérico...

C.Ruiz dijo...

Anónimo,
me cuentan que un corte de pelo te lo hacen por unas 20 libras, así que te sacó 30 más, igual pensó que la obra de arte que te hizo con el flequillo los valía.

De la depilación con hilo ya hablé y la probé, es genial.

También he visto a los chicos con esa manguera de vapor y las toallas. Me llama la atención porque sólo lo usan con vosotros.

En fin, los peluqueros de aquí me dan más miedo que un "nublao"

Abrazos a todos!

Anónimo dijo...

¡Hombre, si sabré yo que me están sacando un pastizal! Pero siendo expatriado, y residiendo en Ma'adi, nadie me ha bajado nunca de las 40 libras, antes se tiran de un puente... Es normal, el que se corta aquí el pelo es residente. Si te rebajan el precio, luego se corre la voz y te llegan más expatriados pidiendo ese precio. No les expliques que el negocio está, precisamente, en tener más gente. Ellos sólo verán que si te bajan a tí, tendrán que bajar al resto...

Dédalus dijo...

Gracias por pasar bajo mi alféizar y dejar en él una flor, Celia.