
Luego me planto en medio de la carretera, haciendo cintura esquivando un tráfico que poco le falta para subirse por las aceras y llevarse todo por delante. Con el alma en vilo espero a que pase un taxi de los que tienen todas las ruedas y no les faltan las ventanas o las puertas. Valorarlos en la distancia, con la velocidad que llevan es tarea ardua, os digo.
Me para el primero y según abro la boca, pone cara de no querer llevar a un extraño cuya lengua no entiende. Cosa rara, porque la reacción suele ser la contraria y lo hacen encantados, sea por diversión o por sacarse un par de libras extras. El segundo viene ya con pasaje y no me apetece compartir, pero se empeña en subirme a toda costa dando gritos por la ventanilla para llamar mi atención. Como me ve poco decidida, se gira y con instrucciones firmes le dice a la pasajera que lleva que se pase delante y que me deje el sitio. Me sorprende que la chica, velada, lo haga sin chistar y me da una vergüenza inmensa el privilegio concedido.
El hombrecillo tiene cierta edad, va despeinado y sin afeitar, parece que ha pasado mala noche. A unos doscientos metros se baja mi compañera y desde la calle, le lanza una pelotilla de billetes viejos. Él, la recoge sin mirar, se la mete en el bolsillo y se tira alocado, entre acelerones, hacia mi destino en Maadi.
Este trayecto suele estar siempre colapsado por el tráfico, así que me pongo cómoda y echo un vistazo a la gran avenida, al Nilo, que en un pequeño tramo, apenas unos metros, tiene un carácter más rural, salpicado de palmeras y pequeños barquitos de pescadores faenando en la ribera.
El tráfico es una locura que se agrava por los miles de viandantes que circulan alocados en todas las direcciones, cruzando la carretera, parando la circulación para descender de los taxis o de los cientos de autobuses que transitan por la zona.
Las mujeres se escurren hábilmente entre los coches, transportando niños e incluso enormes bultos en sus cabezas, escondidas detrás de sus velos y de largos faldamentos que a veces dejan asomar una especie de pijama o pantalón deshilachado que arrastran y con el que van levantando toda la porquería del suelo. Sus pies, negros renegros, agrietados, como si se hubieran adherido a una gruesa capa de neumático para hacerlos más resistentes al entorno, van calzados en una especie de sandalias que no sé por qué siempre son uno o dos números más pequeñas del necesario y se quedan encajadas en el abultado empeine dejando medio talón fuera.
La ruta pasa por un hospital. No hay ningún cartel informativo, lo sé porque veo llegar a cantidad de lisiados, mujeres que arrastran en volandas a algún viejo, cojos, tuertos recientes, contrahechos, heridos, todos pobres de solemnidad, sucios y arrugados como pasas. La espera en estos lugares es eterna y a falta de sillas, se sientan en la acera con la espalda apoyada en el muro de entrada, algunos, febriles, no se sostienen derechos y les ves escurrirse, con la cabeza y torso ladeados. Los acompañantes no les dejan solos, las mujeres sentadas en el suelo sobre sus faldamentos negros, los hombres callados, en silenciosa espera. Miro de reojo, sin querer ver. No me acostumbro a la dureza de este país.
Nos adelanta un camión que transporta a un caballo todavía enjaezado. Como el animal es grande, lo han colocado de lado, sobre uno de sus lomos, encajado de mala manera entre las dos paredes y lo han atado por varias partes para inmovilizarlo y que no salte del remolque. El pobre está muy nervioso e intenta liberarse de aquella imposible posición que le tiene que estar torturando y pega brincos y da coces contra la chapa que me parecen como gritos de auxilio. No puedo evitar llevarme las manos a los ojos, lo hago a menudo, como si esto pudiera abstraerme de semejantes espectáculos y liberarme de la desazón que me producen.
Despierto de este mal sueño cuando veo que mi taxista, aprovechando un hueco en el tráfico empieza a hacer de las suyas. Reacciono y le hago gestos rápidos para que pare porque me parece que nos vamos a empotrar en un autobús que hay a 20 metros. Alocado se vuelve y me contesta que no,que no y que no. Lo que me faltaba, uno que se ha vuelto loco... Veo que acelera para hacer la jugada y me veo boca abajo en el Nilo, así que grito fuerte, muy fuerte y sólo así consigo asustarle y que recupere la razón. Me quiero bajar inmediatamente pero no para, sencillamente no le da la gana. Me pide perdón hasta 20 veces, mirando hacia atrás y soltando el volante para gesticular con las manos, vaya día...le echo una bronca de impresión que no entiende pero que me sirve de desahogo.
Llego a mi destino, se vuelve y me dice, amigos, de verdad amigos?.


