
De la observación paso al juego cuando descubro alborozada que efectivamente no me he equivocado. Esos señores de perilla azabache, con elaborados tocados palestinos y que acaban de regresar a su mesa, no pueden ser suecos.
Voy a por el siguiente, un grupo sentado frente a la ventana que me lo pone bastante fácil. Tienen hot dogs falsos de ternera con ketchup, cereales, huevos y montones de deliciosas cochinadas tipo donuts, una engordadera, vamos. Aunque esta comida podría delatar la procedencia de los comensales, son sus dimensiones y maneras, las más acusatorias. Pero como yo no estoy aquí para herir sensibilidades, diré sin más que son sujetos que vienen del frío. Se mueven con la soltura del conquistador, levantando el aire entre las mesas. De dos palmadas ordenan más café con un desparpajo que contrasta con la candidez e inseguridad que siente el servicio, la mayoría asiático.
Con disimulada atención me dedico de nuevo al grupo de qataríes, me parece mucho más exótico. Todos ellos conversan recatadamente y refuerzan lo que dicen con un cierto juego de manos. A pesar de la distancia que los separa en la mesa, no levantan la voz, no se les oye. En algún momento, semejante sigilo me lleva a pensar que quizá uno de ellos, el de mímica más fuerte sea sordomudo, pero parece que no. En contraposición, el grupo de los donuts está empeñado en que todos conozcamos sus alegrías y miserias y garantizan el éxito de sus objetivos utilizando todos los decibelios a su alcance.
Me acabo mi café y salgo. Así, desde la distancia y sin hacer grandes análisis me pregunto cómo van a llegar a entenderse estos dos pueblos, tan diferentes en sus maneras, cómo combinar cebolletas en vinagre con crema de cacahuete?