Y de la noche a la mañana me vi expatriada en El Cairo, viviendo entre pirámides, gatos resabiados y turbantes blancos...

lunes, 9 de febrero de 2009

El desierto en Egipto. Lo que calla y lo que cuenta.

Ayer hice un viaje de más de 30 millones de años y atravesé uno de los lugares más fascinantes que mis ojos hayan visto jamás, el desierto de Libia, que extiende sus dominios al oeste del Nilo, hasta Libia y Sudán.

A primeras horas de la mañana, con un sol tímido y una brisa fr
esca, dejamos la carretera que conduce a El Fayum y nos adentramos en un brumoso e inmenso vacío que se extendía y perdía en una lejanía incalculable . Aunque la aventura no había hecho más que empezar, un emocionado hormigueo me recorrió el cuerpo y quise saltar impetuosamente del asiento para tocar aquella arena y fotografiar su magnitud infinita.

A medida que avanzábamos entre cañones, riscos y las más caprichosas formaciones montañosas, aquel paisaje iba cobrando vida y contando una historia pasada tan cierta como desconocida. Lo que era árido se reveló fértil hace millones de años, bañado en aguas de mares y ríos.


Me encontré con extensiones de arenas pobladas de fósiles, conchas de moluscos de todas las especies y tamaños convertidas en piedra. Me costó comprender que lo q
ue estaba viendo y pisando, había pertenecido en otros tiempos a un medio acuático. Toqué aquello con las manos, cuidando de no despertar del sueño a alguna alimaña y no pude más que pensar en nuestro propio origen y destino y en la relatividad de nuestra vida y problemas.

Seguimos hacia el lago Moeris, ya fuera de cualquier pista y encontramos varios tramos difíciles. Subir a toda velocidad las empinadas laderas de aquellas formaciones montañosas y llegar a la cima, sin ver lo que hay al otro lado me inyectó una dosis de adrenalina inexplicable que lejos de asustarme, me causó un regocijo como no
hubiera imaginado. Miré alrededor, y de nuevo ese paisaje infinito que se corta con perfección donde el cielo comienza, unas veces espejismo, siempre azul, cítrico y dorado.

Y llegamos a una planicie fantasmal, el bosque petrificado, donde yacen en ab
soluta soledad, decenas de árboles fosilizados que descansan en aquellos parajes desde hace más de 30 millones de años. Allí reposaban impávidos, enormes troncos de varios metros, astas y ramas de una perfección que impresionaba. Lo que en otro tiempo fue madera, se había convertido en una piedra más dura que el granito, tintineante como el cristal. Un bosque encantado. Alrededor, arena, sólo arena, tan lejos como alcanzaba mi vista.

Continuamos el trayecto, recorriendo kilómetros y kilómetros de polvoriento desierto y volvió a sorprendernos un paisaje irreal. En el horizonte nebuloso, aparecieron las ruinas de Soknopaiou Nesos (Dime), ciudad alfarera del periodo Ptoloméico fundada
hace más de 2000 años. La imagen, que salía de la nada, como caprichosos dedos emergiendo de una loma y señalando al cielo, iba tomando coherencia a medida que me acercaba.

Llegamos llenos de asombro y en aquel singular fragmento de historia, no había nadie, ni un policía dormitando,
ni un camello, ni siquiera un beduino.

Bajo un sol intenso y una brisa traviesa, recorrí las amplias calzadas empedradas y caminé por las murallas entre restos de casas y graneros, sobre un suelo tapizado con miles de fragmentos de vasijas y enseres de la época. Los toqué con las manos y pensé de nuevo, en aquellos que nos precedieron y los que vendrán después.


Llegó el momento del regreso. Contábamos todavía con dos horas de luz, pero nos habíamos adentrado más de 200 km y tendríamos que conducir la mayor parte del trayecto a través del desierto. Así, que si no había ningún percance, nos reiríamos de la noche.


En dos ocasiones, nos quedamos atrapados en la arena y nos costó un gran esfuerzo salir de aquel agujero. Curiosamente no sentí miedo, eso sí, me vi improvisando una noche en aquellos parajes desconocidos y compartiendo cama con zorros y otras especies desérticas.

Se echó la noche, cuando nos faltaban 20 km para llegar a la carretera y el trayecto no presentaba peligro. Respiramos hondo, lo habíamos conseguido.


15 comentarios:

Anónimo dijo...

las pirañas de Bilbao quieren saber que es lo que calla y lo que cuenta ese desierto inmenso, aunque
de desiertos sabemos un poco ya que por aqui tenemos "desierto erandio" y "desierto barakaldo"

Petrusdom dijo...

La soledad del desierto debe de ser tan desproporcionada que no se puede comparar con nada conocido, o si...

Un abrazo

Rachel dijo...

A mi el desierto también me fascinó. Es una sensación extraña sentir ese silencio....pero es alucinante.
Muchas gracias por tus palabras Celia, sigo adelante, sin duda.
Un beso,
raquel

miguel dijo...

Que maravilla de relato Celia.

josé javier dijo...

Ufff, Celia, Uffff, ¡vaya viaje!
Considérate afortunada de haber podido ir hasta aquel lejano e inhóspito sitio, y desde luego regresar.
Ojalá sigas pisando la historia y después contárnosla.
Un abrazo desde Sevilla, en la Europa moderna y segura. J.J.

C.Ruiz dijo...

Anónimo-Ale:
ya me han dicho que lo que quieres es que te lleve de paseo por ahí...pero no sé, veremos cómo te portas. :-)

Petrus,
Este desierto tiene una extensión como de 10.000 km2 y es el más desconocido de todos. Estar ahí dentro impresiona.Puedes mirar a tu alrededor y no ver nada más que el horizonte infinito. Realmente no me sentí sola. La soledad en compañía, es peor.

Rachel, ánimo hija!

Miguelito,te voy a enviar fotos de fósiles para que me cuentes la historia...

José Javier, regresar es lo que importa. Es un viaje difícil, se necesitan algunos aparatos para la orientación y material para sobrevivir a cualquier incidente.

Un abrazote a TOODOOS

Anónimo dijo...

Como siempre y una vez más me dejas sin palabras...que envidia más mala!!..jajajaja, disfruta y se feliz...me alegro por ti que puedas vivir todas estas experiencias.
Besitos.

Noemí Pastor dijo...

Jo, tía, te tengo una envidiaaaaa.

Anónimo dijo...

Hola Celía.¿Dónde está ese bosque pretrificado me han hablado de uno que esta en Cairo cerca de Digla (zona de wadi digla) pero nadie sabe indicarme dónde. Me encantan tus escritos.

Miss Mery Nile

Alfredo dijo...

Fascinante tu relato Celia. Por acá por el noroeste, andando en el desierto, nos topamos con un bosque petrificado también. Aunque pocas personas saben de su existencia, es increíble el pensar cuantos años tienen esos troncos allí, tantos años, que se han vuelto de piedra.

Saludos.

C.Ruiz dijo...

Miss Nile,
este bosque está a unos 20 kms al noreste del templo del dios cocodrilo en Dime(lo puedes ver en uno de esos mapas especiales para el desierto.

Tienes que conducir dirección Bahariya y luego a unos 100 kms de Cairo tienes que adentrarte en el desierto (no sé cuantos kms). No hay pistas, nada, así que tienes que atravesar lo que se te ponga en medio y a veces son terrenos muy complicados. No vayas sola, es mejor que te acompañe algún amigo en otro coche, porque si te quedas en algún sitio difícil, no sales y por allí no pasan taxis :-))))

Un abrazo y ya me contarás,vale?

Marcoiris dijo...

Precioso tu relato Celia. El desierto me parece algo fascinante. He tenido un poco contacto con el en Rajastan, India, pero muy poquito para lo que me hubiese gustado. Muy superficial...

Ese desierto que has visitado tiene una pinta estupenda y debe ser algo espectacular. No me gustaría morirme sin pasar alguna noche de mi vida en las arenas de un desierto y espero cumplirlo. Debe ser algo mágico...

Un abracin :o)

Miércoles dijo...

Caray, que casualidad. Tu fin de semana y el mío parecen dos caras de la misma moneda despoblada. :-o

Ángeles dijo...

La verdad es que en esas bellas palabras que has compartido con nosotros nos has dejado el sentir de la excursión fascinante que emprendiste. En verdad que debiste ser afortunada cuando tocaste esa arena atipica en ese pedazo de tierra que antes había sido mar...Precioso tu comentario y cada vez que tengo tiempo y entro me dejas más anonadada con tus bellas palabras. Lo dicho Celia, gracias por compartir. Un besazo enorme.

ignacio dijo...

Verdaderamente delicioso tu blog. Tus escritos sobre El Cairo son ciertamente fabulosos, de lo mejor que he leído sobre esta ciudad a la que -como tú misma dices- o la amas o la odias; no hay término medio.
Acabao de llegar de El Cairo, tras una estancia de tres meses. No conocía la ciudad, pero vivir en ella durante una temporada es un verdadero máster en paciencia. Y descubro -lo pienso mientras lo escribo- que para la mente post-racionalista de un occidental El Cairo supone un completo desafío, pues la razón y la lógica -a las que los europeos nos agarramos allá por el siglo XVIII, como un borracho a una farola, sin soltarlas desde entonces- de poco sirven en una de las ciudades más ilógicas del mundo. Porque El cairo a cada momento te va tirando por tierra uno por uno todos tus esquemas y estructuras preconcebidas con las que has ido amueblando el coco con el correr de los años. Por eso El cairo produce un vértigo interior, como una especie de sensación vivencial de no hacer pie, de que todo es y está permanentemente en precario, incluido uno mismo. El Cairo te enfrenta brutalemente contigo mismo, te pone a tí mismo delante de tus propias narices, y te obliga, lo quieras o no, a reconocer quién eres y cómo estás hecho... Y eso, claro, resulta incómodo. Por eso al principio El Cairo nos incomoda a los occidentales: porque la ciudad, su desorden, su caos, su suciedad de décadas, su decadencia, su polvo, su polución, su ruido, su calor insoportable es lo mismo que todos nosotros -cada uno- llevamos dentro.
Besos, y mil racias por tu blo que a partir de ahora no dejaré de visitar.