

Ayer, en una llamada telefónica ya me había puesto en antecedentes de algún penoso suceso ocurrido el día anterior, pero como no entró en detalles, no le dí demasiada importancia.
Sin embargo hoy, al verla con ese ojo a la virulé, me he temido lo peor y le he pedido que me contara con detalle el percance. Sin hacerse de rogar y entre llanto y mocos me ha desmenuzado los pormenores de una historia que no podía ser más cairota, por lo surrealista, digo.
Para poneros en situación os diré que hace algunas semanas, la buena de Heba, andaba dando volatines de alegría ante la posibilidad de adquirir un coche a través de un préstamo que le iba a dar su tía. Tal era su alegría que se olvidó literalmente, de planchar, lavar y de hacer cuanta tarea doméstica le encomendé.
Conducir no sabía, me dijo, pero estaba dispuesta a aprender todos los misterios que encerrara el caos circulatorio de esta ciudad adalid del "mira-como-hago-lo-que-me-da-la-gana".
Pues bien, el otro día, para ir calentando motores, se había montado en el coche de su tía con la intención de aprender el funcionamiento de pedales y volante y se había hecho acompañar además, por su prima, su hermana y su hijo de 2 años, .
Mucho público y muy delicado, me pareció para la primera sesión, pero no me pareció momento de andarme con ironías.
Me cuenta que se sentó al volante y comenzó a identificar todos los artilugios de arranque, hasta que por casualidad puso el motor en marcha, con tan mala pata que alguna de las marchas ya estaba puesta y el coche comenzó a circular ante el estupor de todos los pasajeros. Su tía, la experta, le gritó que pisara el pedal del medio para frenar, pero la pobre Heba, horrorizada, no encontró el freno, pero sí el acelerador y lo pisó con tal saña que el coche salió disparado por la avenida metiéndose en el carril contrario y chocando violentamente contra tres coches a los que desguazó.
Que no se llevara a ningún transeúnte por delante, fue la parte buena del asunto, porque me cuenta que la gente gritaba alarmada, mientras saltaban a los lados al ver un coche avanzando sin control.
El resultado fue un ojo digno de un combate de boxeo, cortes en la pierna y unos destrozos económicos a los que no podrá hacer frente, puesto que como tantos y tantos conductores no tenía seguro, todo un drama, me diréis. De la cárcel, me cuenta, se salvó de chiripa, porque fue su tía, que sí tiene el carné, la que se culpó del incidente.
Debo reconocer que la historia me puso los pelos de punta y me recordó otros muchos incidentes que acabaron peor y se llevaron por delante a unos cuantos inocentes.
Y como todo lo que le pasa a un buen creyente, sea ésto bueno o malo, es obra de Alá, nadie se pregunta por responsabilidades terrenales, así que espero que el mismo Dios que reparte suerte, nos proteja de semejantes imprudencias.