
No sé que me pasa con todos estos países del Golfo, pero siempre tengo la extraña sensación de haber aterrizado en una ciudad espacial, surgida de esa nada infinita que son las inhóspitas y deshabitadas arenas del desierto.
Aunque los orígenes de algunos de estos países se remontan a la prehistoria, sus ciudades parecen haberse saltado el proceso natural de la evolución y pasado del oasis, el campamento y los camellos, a los "Hummer", los rascacielos y las firmas internacionales de artículos de lujo. Mérito tiene, sin duda, pero la sensación de estar delante de una aparición es inevitable y por mucho que te frotes los ojos, no se quita, os digo que no.
A todo este espejismo contribuye el hecho, de que la población está formada por un alto porcentaje de mano de obra de la India y Filipinas, por lo cual, el carácter y olor de sus calles tiene más que ver con el curry y el incienso que con el comino y el jazmín. Esto, unido a mis numerosos viajes, me produjo una confusión tal que me resultó difícil identificar no sólo la ciudad, sino el país y me atrevo a decir, el continente. No somos nadie.
En cuanto sales de los barrios más populosos de la capital, Manama, el desierto empieza a tomar cuerpo. La cálida arena se mete en los ojos, en los oídos, te enreda el pelo y se cuela en tus zapatos, entre los dedos y en cada rendija que encuentra en su etéreo vuelo. Presentes, las aguas del Golfo Pérsico, de un tenue y nebuloso azul se pierden en el paisaje sin aportar mucho color, como una ilusión que regalara tus ojos.
Miré el agua, de superficie dorada, reverberante, pero silenciosa y plácida. En la arena, una casa de pescadores, destartalada y sola, junto a ella algunas barcas, unas en la orilla, otras en la arena, pero solitarias, nadie junto a ellas. Me maravilló el silencio y misterio de aquel lugar.
Y siendo este mi horizonte y sabiendo lo que me encontraría a mis espaldas, me volví y contemplé el otro lado, los brillantes rascacielos y las poderosas torres que delimitan la moderna ciudad. Me fascinó tener semejante combinación de mundos al alcance de un pequeño giro de mi cabeza y los sentí tan cercanos como si no pudieran existir el uno sin el otro.
Y como el sol quemaba peligrosamente, hubo que regresar y hubo que hacerlo a través de una inmensa polvareda, sin caminos ni carreteras, saltando en un par de metros de la últimas arenas blancas, a los brazos de hormigón y asfalto de una ciudad espejismo del desierto.
