Y de la noche a la mañana me vi expatriada en El Cairo, viviendo entre pirámides, gatos resabiados y turbantes blancos...

martes, 4 de noviembre de 2008

Entre los muros de Jerusalén

Desde la posada de peregrinos San Paulus veo, por primera vez, los muros de Jerusalén.

La posada está situada en la parte palestina de la ciudad y para llegar hasta ella, he tenido que arrastrar mis maletas los últimos 200 metros. El taxista, judío, no ha querido atravesar ese muro invisible que corta la ciudad y divide a sus gentes. Me bajo sin hacer preguntas, pero con el propósito de entender esta guerra agazapada en cada rutina.

Dejo las maletas y de dos en dos subo los escalones que me llevan a la terraza. Desde allí, tengo una vista privilegiada de la ciudad amurallada.

Realmente me impresiona la carga histórica y religiosa del lugar, a pesar de que decidí desprenderme de esta última hace ya algunos años. A vista de pájaro distingo, la iglesia del santo sepulcro, alguna sinagoga desconocida, la famosa cúpula dorada, símbolo de Jerusalén y muchas otras pequeñas cúpulas sin nombre. Abajo, en la calle, hay un mercado oriental en plena ebullición que me devuelve a la realidad. Todos gritan al unísono y lo raro, parece que se entienden. El puesto más codiciado, uno de sujetadores inmensos azules y rosas, donde hay hasta cola, lo juro.

La ciudad, de calles estrechísimas, está repartida entre musulmanes, judíos, cristianos y armenios. Después de visitar algunos lugares emblemáticos, prefiero caminar sin rumbo fijo, perderme por las calles y observar a sus gentes.

Pasar de un barrio a otro es cambiar de mundo y de realidad en segundos. El decorado se transforma, los edificios, las tiendas, la indumentaria de sus habitantes, los colores y olores, la extrema limpieza o su tajante ausencia.

A pesar de todo, veo que comparten algo, montones de turistas en trance y grupos de militares armados, dispuestos a meterle un tiro al que alborote.

Luego, más...

viernes, 31 de octubre de 2008

En el mercado del Carmel en Tel Aviv


Siempre que puedo, visito los mercados de los pueblos y las ciudades, porque entre líneas te cuentan historias de sus gentes. Esta mañana he paseado por uno lleno de color, el mercado del Carmel en Tel Aviv.

En sus puestos he encontrado, las granadas más grandes y rojas que he visto en mi vida y las berenjenas más pequeñas. También unas manzanas verdes llenas de "defectos" pero tan aromáticas como las que crecían en los árboles de mis veranos infantiles.

Puestos de zumos. Naranja, pomelo, manzana, apio y uno de granada realmente delicioso. Especias de todos los colores y olores, mezclas picantes que cortaban el aire, aceitunas verdes, negras, marrones; unas tersas, otras arrugadas, machacadas, escurridizas y brillantes, perfectamente colocadas en cuencos de metal.

Venta de panes, bollos, quesos, carnes, bragas, calcetines, colonias y cremas. "Cuatro por cien" me dice el de los calzoncillos, enseñándome la masa de pan con queso que da vueltas en su boca. Algo se le escapa entre los dientes y aterriza en la "A" falsa de Armani.

Veo rasgos que no puedo identificar, a veces me parece que estoy en el sur de Francia, otras veces en cualquier lugar de Alemania, Rusia o España. Esta gente lleva la historia de los últimos 2000 años escrita en la cara.

Me vuelvo y veo varias cabezas cubiertas con el kipá. Son las que me recuerdan donde estoy, Israel.

jueves, 30 de octubre de 2008

TEL AVIV y los efectos secundarios.


Esto de andar de un lado a otro por el mundo, tiene sus efectos secundarios.

Hoy me he despertado de madrugada, con un brinco me he sentado en la cama y me he preguntado, pero dónde estoy? Como la respuesta no acababa de llegar he zarandeado todavía medio dormida a P. quién a su vez ha pegado un brinco y con cierta incredulidad me ha soltado, cómo que en dónde estamos? no sé!

Como yo seguía insistiendo, ha tenido que abrir los ojos y concentrarse, entonces soltó la respuesta que me tranquilizaría: Tel aviv. Claro! Tel aviv! llegamos anoche! ahhhhhhhh...esto fue suficiente, me escurrí cama abajo y tapándome hasta la nariz me dispuse a seguir durmiendo.

Y esta mañana, con un sol radiante, he salido a ver cómo sería la desconocida ciudad que ya una vez, me había quitado el sueño.

Si me preguntáis qué esperaba encontrarme, os tengo que decir que no lo sabía ni yo. Por un lado, tenía en la cabeza la importante carga bíblica que lleva toda esta zona, el rey David, Galilea, Belén, los corderitos, ya me entendéis y por otro la imagen de un país quizá marcado por su permanente conflicto bélico.

Sin embargo, Tel aviv es una ciudad moderna y llena de vida. Tiene la misma luz y vibrantes colores que muchas otras ciudades en el mediterráneo y es, sin duda, mucho más abierta que sus vecinas árabes. Sólo tienes que echar un vistazo a la playa, llena de sombrillas, tumbonas y bikinis. El panorama es como en cualquier playa del mundo, nada de bañarse vestida con largos hábitos negros o embutida en un neopreno negro a lo Cousteau.

En el malecón hay mucha actividad desde primeras horas de la mañana. Madres paseando con sus hijos, deportistas y jubilados estirando las piernas y montones de terrazas donde ver el mar tomándose una caña. Sí, una caña! aquí opera la misma ley que en el resto del mundo, "No se sirve alcohol a los menores de 18 años" , el resto puede hacer con su hígado lo que quiera y esto, para alguien que vive en el mundo árabe, donde no es fácil que te den un vino, supone una agradable sorpresa.

Continuará...

miércoles, 29 de octubre de 2008

LIVE NEWS: Desde el área de tránsito en Amman, rumbo a Tel Aviv


Esta mañana he salido del Cairo rumbo a Tel Aviv haciendo escala en el aeropuerto de Amman. Y aquí estoy ahora mismito, esperando mi vuelo hacia la Tierra Santa de judíos, cristianos y musulmanes.

Lo primero que he tenido que hacer es buscar una tienda en el duty free donde comprarme un jersey que no pareciera muy folclórico, sin camellos ni esas cosas. La cuestión es que la temperatura a que he estado "sometida" en el avión me había bajado la mía propia hasta los suelos, así que no podía quitarme la tiritona. Yo creo que las aerolíneas, que son muy avispadas, saben que de esta manera nos dejan tan ateridos que no abrimos la boca ni para pedir agua. Así, las azafatas pueden dedicarse a leer el Vogue sin que las molesten, qué lagartas son.

Y aquí estoy, en el World news cafe, junto a un grupo de paquistaníes que se están comiendo unas hamburguesas en el chiringuito de al lado. Los pobres parecen estar al límite de sus fuerzas. Mal vestidos, despeinados y cansados. Vaya panorama.

Yo me estoy echando un chocolatito para entrar en calor y en un rato embarcaré rumbo a Tel Aviv. Bueno, ahora os dejo porque ya no tengo batería y ya os contaré como es mi entrada desde Jordania en Israel. Ya me han advertido que si los israelíes me sellan el pasaporte, luego tengo vetada la entrada en la mayoría de los países árabes. Pero yo, que soy precavida, tengo un as en la manga, digo un segundo pasaporte ;-)

domingo, 26 de octubre de 2008

Mohammed, el bauab y sus coleguitas.


Hoy he salido de casa temprano.

El ascensor, como siempre, estaba ocupado. En el edificio somos cuatro gatos, pero hay un trajín de lo lindo día y noche. Esto se debe a que estos cuatro gatos, tienen a su vez otros cuatro que ejercen de chóferes, vigilantes, cocineras y otras profesiones que desconozco, pero que hacen subir la población de esta pequeña escalera hasta límites insospechados.

Hoy me ha tocado compartir espacio con el británico del sexto, la empleada filipina del quinto y con un gato de verdad. En este ascensor de Babel he viajado dando tumbos, hasta la planta baja, donde ya esperaban el empleado sudanés del segundo, la vecina del tercero y el chófer de Hussein. Os dije trajín?

En la puerta, como siempre, estaba sentado Mohammed, el bauab. Verle tan tranquilo allí, me puso de buen humor.

Su trono particular es un modesto banco de madera cubierto con una manta árabe, seguramente heredada de algún inquilino. Este banco está colocado estratégicamente, en la entrada de la casa. El motivo, no perder ripio. Unas veces lo pone a la izquierda y otras a la derecha. Nunca he sabido el motivo de estos cambios y como creo que no tienen nada que ver con el sol, porque hay muchos árboles, tengo que pensar que se deben al aburrimiento o a simples cambios de rutina.

En este curioso avistadero nunca se sienta solo. Cuatro o cinco personas comparten con él, además del asiento, tertulia y té. Uno es el chófer de Hussein, el otro el portero de la casa de al lado, el chico de los recados de una de las vecinas y otros tantos que van turnándose y forman parte de ese microcosmos peculiar y entrañable.

Cuando te ven, se desviven en saludos. Les puedes pedir de todo, siempre ayudan, incluso a veces, si no tengo cambio, me pagan al taxista sin hacer dramas, o le llaman al orden si quiere cobrar más de la cuenta. Esta gente no es rica en dinero, pero sí en una amplia red social de auténticos amigos.

Mohammed viene del sur de Egipto, pero lleva toda la vida trabajando en El Cairo. Ser bauab significa ser el mandamás del edificio y de parte de la calle. Está al servicio de los vecinos y por unas 80 libras mensuales, te paga los recibos de luz y agua, sube a tu casa cuando necesitas cualquier cosa y controla como buen sabueso la entrada de extraños en el edificio. Para todo lo demás recados, están las propinas extras.

Tengo que decir que jamás le he visto trabajar en asuntos que requieran mucho, mucho "movimiento". Eso de que los bauabs tienen ciertas tareas y obligaciones, debe ser en otros barrios o en otros portales, en el nuestro no.

Lo que se supone que debe hacer, se lo ha asignado a otros subalternos que se ha agenciado en el barrio. Así ha conseguido quién le lave los coches y le barra la calle. El, mientras tanto, controla el trabajo desde su banco, con la taza de té en la mano. No tiene un pelo de tonto.

Para las escaleras tiene a un señor entrado en años que limpia y lava como los chorros del oro. Todas las mañanas le encuentro descalzo y con los pantalones remangados hasta las rodillas, echando baldes de agua que corren como una cascada escaleras abajo y que milagrosamente todavía no nos han inundado la casa. Cuando ha acabado la tarea, desenrolla una pequeña alfombrilla y en una esquina del portal, frente al espejo y mirando a Mecca, da las gracias a Alá.

Para acabar la jornada, Mohammed le ofrece un té y los dos se sientan mano a mano en la garita a ver la telenovela de la tarde. Se les oye reír desde fuera, como dos críos y son tan contagiosos que me tengo que reír con ellos.

Qué vida, no?, cualquier día me apunto a la sesión continua.

jueves, 23 de octubre de 2008

Y yo con estos pelos!


Ahora comprendo a Victoria Beckham y su extravagante observación de que en Los Ángeles había sido más difícil encontrar una buena "manicure" que un colegio para sus niños. No es que quiera poner a esta mujer como ejemplo, dios me libre, pero he de reconocer que ahí tuvo un derroche de sabiduría.

Cuando llegué a El Cairo, yo también tuve que buscar un peluquero en quién poder confiar mi más preciado tesoro, mi cabellera. No es que sea la más especial del mundo, no, pero es la mía y no se la confío a cualquiera. Las chicas, entenderéis de lo que hablo, lo sé.

El panorama parecía desolador. Echando un vistazo a las calles, me di cuenta de que una peluquería no debía ser el mejor negocio en un lugar donde la mayoría de las señoras llevan la cabeza tapada. Así que un día, empujada por la necesidad, decidí meterme en una pelu que encontré al lado de casa. A simple vista me pareció moderna y en ausencia de otras alternativas, me lancé.

Aunque los resultados no estuvieron mal, las pasé canutas.

El peluquero, un descerebrado a todas luces, parecía estar clavado con hormigón al suelo. En vez de moverse alrededor de mi cabeza para hacer su trabajo, pretendía que yo hiciera las más absurdas contorsiones. Así, se colocó detrás durante toda la sesión y sin ceder un milímetro de su posición, tiraba firmemente de los mechones de pelo, hasta conseguir que mi cabeza se doblara hacia atrás como un ganso antes de ser degollado. Semejante gimnasia me dejó secuelas que duraron una semana.

Cuando llegó la hora de lavar, me tumbó en un sillón imposible que por poco me hizo perder el conocimiento y para colmo me dio un masaje capilar con tanta presión que pensé que las medidas de mi cabeza no iban a ser nunca las mismas. Salí con la cabeza dormida y con el convencimiento de que la peluquería en Egipto, era otra cosa. Si no me creéis, no tenéis mas que remontaros a la época de los faraones y ver que muchos de ellos eran calvos y los que no, llevaban peluca. Por algo sería.

Así que algunas semanas después, tuve que empezar por el principio y confiando en algunas recomendaciones, aterricé en un salón de lo más "nice", muy del estilo norteamericano con 4 pisos dedicados a tal menester. Vapores, perfumes y flores en cada rincón para recibir a la "crème de la crème" de la sociedad cairota.

Mientras esperaba, me dí cuenta de que muchas de las señoras entraban con la cabeza cubierta con el hiyab y salían igual. No había rastro de rulos bajo los pañuelos ni cosas por el estilo que me hicieran adivinar lo que había ocurrido allí debajo.

Aunque había muchísimo ajetreo, me atendieron rápido. El primer peluquero me dio el color y cuando acabó, me dejó esperando debajo de una infame corriente de aire acondicionado. La presión del aire alborotaba los vapores del tinte y no me dejaba respirar. Por poco no lo cuento.

Desde otra posición más cómoda me tocó esperar los minutos reglamentarios y tuve tiempo de observar el trabajo de alisado de otro peluquero. La clienta, tenía una maraña rizada imposible y el muchacho sudaba la gota gorda para domar aquello. En aquel enjambre trabajaban en perfecta coordinación 3 personas. Uno le daba al cepillo, el otro a la plancha y un tercero, el más bajito, hacía la función de pinza, es decir, iba sujetando los mechones de pelo uno a uno. La operación me dejó estupefacta, con lo fácil que es poner una pinza, pero seguramente la docena sale más cara que una jornada de 8 horas de un pobre aprendiz.

Llegó el turno de mi corte de pelo, y le pregunté al tipo si hablaba inglés, con ojos abiertos y cara de circunstancias me dijo, "yes madame". Le expliqué con calma lo que quería, era facilito, un poco de lo mismo, pero más corto. Me apoyé con gestos para hacer mi relato más gráfico y que no quedara atisbo de duda.

Pronto se puso manos a la obra, primero eligió la navaja y empezó a rebajar por aquí y por allá sin ton ni son. Luego, se lo pensó mejor y cogiendo las tijeras inició una marcha enloquecida destinada a no dejar títere con cabeza. No tuve ninguna duda, aquel tipo o era un orate, o no me había entendido. En vez de arrancarle el artilugio de las manos y darle un cachete, opté por cerrar los ojos y encomendarme a la divina providencia.

Concluida la escabechina, lanzó las tijeras al cesto con aire de artista y se dispuso a secar los pocos pelos que quedaban. Pin, pan, pin, pan, me quemó 3 o 4 veces, le repetí hasta cansarme que el secador estaba muy caliente, y el loco aquel sonreía y seguía, pin pan, pin pan. Decidí reducirle la frase a la mínima expresión y a gritos le dije Hot, Hoooooot, entonces comprendí que aquello de que hablaba inglés debía ser en sueños.

Y ahora todos querréis saber el resultado, no? Pues bien, no tuve que agenciarme un gorrito de lana, no. De manera milagrosa y con un par de coscorrones más, había convertido aquel desbarajuste en algo que no tenía mala pinta, no señor. Pero os digo una cosa, ese elemento no me pone otra vez las manos encima, lo juro!.

domingo, 19 de octubre de 2008

Mi primer encuentro con Rashida.

Abrí la puerta y allí estaba Rashida, escondida tras una sobria abaya negra.

No pude ver más que su carita redonda y sus pies negros como el betún. Calzaba unas pequeñas sandalias de goma que salieron volando con un movimiento hábil de liberación, Zaaaaapa!!! aterrizando a mis pies. Su remango para descalzarse me hizo reír y me resultó tan simpática que crucé los dedos para que fuera una buena ayuda para la casa.

Apenas había traspasado el umbral de la puerta y ya se había arrancado a contar montones de cosas de las cuales no entendí ninguna. Sin parar de hablar se sacudió, sin pudor, aquellos hábitos negros y se descubrió el pelo recogido en un moño despeluchado por el sudor. Debajo llevaba una camiseta blanca bien pegadita a los michelines y unos pantalones capri que se transparentaban dejando a la vista unas enormes bragas rojas.

Se agarró a mi cuello con fuerza y me apretó maternalmente contra su pecho, luego me dio dos, tres, cuatro besos y otras tantas bendiciones en árabe, que de nuevo, no comprendí.

Hasta mi perra la quiso desde el primer momento. Y esto era la prueba de fuego, porque con ella, uno nunca sabe a qué atenerse. Según entró, le olisqueó afanosamente y se rindió a sus pies poniéndose panza arriba. La otra, llena de júbilo ante semejante comportamiento, se olvidó de la impureza de los perros en su religión y le atusó el pelo con garbo y hasta le pegó un buen achuchón.

No tuvimos más remedio que entendernos con gestos. Ya se que os parecerá misión imposible, pero si lo practicáis veréis lo mucho que uno puede llegar a decir sin abrir la boca... Limpia esto, lava aquello, el polvo, la plancha, en fin, repasamos todas las rutinas diarias de la casa, nada interesante para vosotros.

Yo andaba dando saltos de júbilo, sin creerme la suerte. La mujer parecía un tesoro. Sólo me faltó gritar con voz firme pero apagada BIEN! BIEN! BIEEEEEEN!.

Y en ese regocijo estaba , sentada y concentrada escribiendo un post cuando oigo el teléfono y la oigo sollozar...voy corriendo a ver qué pasa, pero claro, una situación como esa, no se descifra haciendo mimo, así que tuve que buscar a Mohammed, el bauab para que me hiciera de traductor. Por él me enteré de que su tío acababa de morir atropellado, dejando huérfanos a 4 niños pequeños. Algo que lamentablemente es frecuente en El Cairo.

Me quedé horrorizada con semejante noticia e intenté consolarla, me temo, sin éxito.

A pesar del berrinche que tenía, la pobre Rashida no quería irse ni a tiros, empeñada como estaba en dejar acabadas todas sus tareas. Moqueando, me señalo compungida las habitaciones. Miré a mi alrededor y me temblaron las piernas. Siguiendo sus peculiares costumbres de aseo, había organizado un zafarrancho de aúpa como ritual previo a la limpieza. Había repartido cubos con agua por toda la casa, trapos limpios y sucios. Parte de los suelos estaban mojados, alfombras colgando por las barandas de la terraza, cacharros fuera del armario, y lo peor de todo, lo había hecho en una horita de nada...en fin, pensé, sería así el fin del mundo?.

Que a la mujer se le ocurriera pensar en la limpieza, me indicó que estaba totalmente trastornada con la noticia y que por supuesto no estaba en sus cabales. Así que con decisión, la convencí para que se vistiera y saliera pitando.

Cuando le entregué su salario completo, más lloros y negativas, no y no madame, no quiero el dinero, no he trabajado nada...Cerró el puño tan fuerte como un niño empecinado y me costó lo mío abrírselo y encajarle el billete.

Pasaron muchos días y no la volví a ver. Se cruzó el Ramadan y las vacaciones posteriores a esta época de ayuno. Pero la semana pasada sonó el timbre y allí estaba, vestida con su abaya negra y transportando, como si nada, una enorme bolsa en la cabeza.

Me saludó con una enorme sonrisa y un abrazo que me dejó sin respiración. Se liberó de sus hábitos y Zaaaapaaaa!!!! las sandalias volaron de nuevo hasta su esquina.

Y ese día, empezó con el mismo zafarrancho de combate, pero tuvo final feliz. Definitivamente es un tesoro.

domingo, 12 de octubre de 2008

Muqattam, sonrisas a pesar de todo.

Las calles del barrio están sin asfaltar, tienen una mezcla de piedras, deshechos, arena y lodo. A pesar de las difíciles condiciones, la gente se mueve con soltura entre los obstáculos, parece que llevan prisa. El panorama, irreal, me causa un gran estupor.

Montañas de desechos se apilan en las sucias fachadas de las viviendas, en los portales, en las destartaladas tiendas y también junto a los cafés, compartiendo las modestas terrazas con los fumadores de shisha. Mas adelante y casi en cada esquina se ven carros tirados por burros que arrastran lángidamente enormes bultos de basura. Los carreteros, sucios, desarrapados van azuzando a los pobres animales desde un trono de trapos, latas, y comida descompuesta. Mi vista no alcanza a ver nada que escape a esta inmundicia.

A pesar de ser domingo, se ve mucha actividad en el barrio. Algunos grupos de mujeres están sentadas en los portales de sus casas, escondidas entre pilas de basura que sólo dejan al descubierto sus cabezas. La escena me produce tal desconcierto y congoja que voy callada todo el trayecto. Ellas, por el contrario, se ríen a carcajadas y charlan distraídas mientras van metiendo sus manos en todas aquellas basuras sin nombre. El olor es terrible y las moscas, que encuentran un hábitat perfecto, lo invaden todo.

En los tejados se acumula el trabajo y las bolsas se lanzan de un lado a otro sin importar a quién encuentran en el camino. Hay chiquillos trabajando con soltura, mujeres, viejos y entre todos ellos, algunos cerdos husmeando ávidos los restos de algún festín que alguien disfrutó al otro lado de la ciudad. Es el momento de separar el tesoro, para todos hay algo. El 80% de lo que encuentran, se recicla para el propio consumo.

Hablamos de Muqattam, el asentamiento copto en las colinas de El Cairo y paradójicamente próximo a lugares emblemáticos, calles históricas e ilustres mezquitas.

El barrio, con una extraordinaria panorámica de la ciudad, da cobijo a una minoría cristiana de medio millón de almas que vive recogiendo y reciclando en sus propias casas los desperdicios de una ciudad de más de 18 millones de habitantes y que genera alrededor de 10.000 toneladas de basura diarias.

Y lo que todavía no me deja dormir, sonreían más que nosotros.

martes, 7 de octubre de 2008

Mi nuevo taxista cairota, bizarro como pocos.


Me he agenciado otro taxista. No es que Emat no sea bueno, no, pero tiene la manía de dejarte plantado cuando menos lo esperas. Unas veces es el coche que no arranca, otras, alguien está enfermo, moribundo o desaparecido y las menos, se le olvida que tenía que recogerte en algún lugar y no aparece.

La última vez y sin previo aviso me quedé tirada en el aeropuerto, con unas cuantas maletas y un calor de mil demonios. Encontrar un taxi que por un precio razonable me llevara a casa fue una ardua tarea que empezó con un regateo a partir de 40 euros hasta llegar a los 10, que es lo que realmente cuesta el viaje. En toda esta negociación me vi obligada a sacar y meter las maletas de dos coches diferentes en un rifirafe absurdo y sin fin.

Así que a pesar del poco fuste que tiene a veces, Emat es insustituible. Es amable y decente con sus precios y si tengo que colgar una lámpara, subir las bolsas de la compra a casa, instalar la tele o estrechar unos pantalones, ahí está él, su mujer, su amigo o su vecino, todos para uno y uno para todos. Ventajas de un país en el que ayudar al prójimo no es algo humillante, sino grato.

Ibrahim, el segundón, es muy responsable y puntual, me cuentan. Habla un inglés de trabalenguas y no le gusta nada que le repitan las instrucciones, enseguida pierde la paciencia y dice gesticulando con la cabeza yes, yes, yes, I know, I know... Tiene un coche de la categoría "ni fu ni fa" que guarda para las grandes ocasiones y para lo demás utiliza una combi "SMP" en buen estado y con mucho espacio para poner dentro cualquier trasto.

A pesar de no ser un chiquillo, conduce como un energúmeno. Apoya el codo en la ventanilla y pegado al claxon va pitando de manera compulsiva y enviando señales de advertencia al resto de conductores. De la velocidad mejor no hablamos, sólo apuntar que muchas veces tengo que cerrar los ojos y apretar las mandíbulas, porque los ruidos que se producen son tales que parece que vas a salir volando, virgensssssita querida.

Hoy le he llamado para ir a comprar plantas a Maadi. Lo primero que me ha dicho con cara de decepción al verme es, ¿dónde está el mister? y me ha dejado desarmada. Creo que no se siente seguro entre mujeres.

Nos ponemos en marcha y después de echarnos unas cuantas carreritas por las calles, de caer y rebotar en miles de agujeros y de intentar atropellar a varios transeúntes, entramos derrapando en el barrio de Maadi.

Busco el vivero de siempre. Allí hay un muchacho encantador que aunque apenas habla inglés, se hace entender a las mil maravillas. Así que, emocionada, me compro arbolillos de flores y florecillas, helechos, un jazmín, en fin, plantas que no esperaba encontrar en este desierto que es Cairo.

Según iba eligiendo, miraba a Ibrahim buscando su aprobación para el transporte de todo aquello y me decía optimista, no problem, no problem. Así que una planta por aquí y una maceta por allá, fui aumentando la cantidad y el peso con el consentimiento del conductor.

Pues bien, llegó la hora de cargar todo aquello y vi que la palabra "problem" no tiene ningún significado por estos mundos de Alá.

Con instrucciones precisas consiguió que uno de los empleados subiera de un salto al techo del taxi y comenzara a organizar el espacio. Uno detrás de otro fueron acomodando encima de una improvisada baca pesadas macetas de barro, árboles y plantas. Primero de pie, luego tumbadas y al final, ni lo uno ni lo otro. Yo desde abajo puse el grito en el cielo pensando en lo que pasaría con todo aquello en un largo trayecto lleno de obstáculos.

Ibrahim no quería ni oir hablar de mis quejas, de mis advertencias, de mis súplicas finalmente. Con gesto seguro y media sonrisa dijo, "no problem madame". Los demás, le corearon divertidos.

Y así nos pusimos en marcha, nosotros dentro y todos aquellos kilos encima de nuestras cabezas, sin atar, rodando de un lado a otro y haciendo en las curvas ruidos indescriptibles..."quitaroooos que vamooooos", me dieron ganas de gritar por la ventanilla, pero me contuve. Los primeros metros puso especial atención y condujo lentamente. Después de comprobar que aquello se mantenía arriba y que realmente no parecía ser un gran problema, salió disparado como alma que lleva el diablo.

Pasamos varios puestos de policía y nuestro cargamento no pareció interesarles en absoluto, así que respiré hondo y puse todas mis esperanzas en manos de la divina providencia.
¿Qué otra cosa hubiera podido hacer, eh?.

sábado, 4 de octubre de 2008

Viejos amigos de El Cairo.


Estamos en el periodo festivo que sucede al Ramadán, unos pocos días en los que todos, hasta los gatos, paran su actividad, los que pueden salen de viaje y los que no, se tiran a las calles a festejar.

El primer día y desde tempranas horas, me encontré las calles copadas de gente, pero sobre todo de pandillas de niños y adolescentes desfogándose tras el largo y duro periodo de ayuno. Chiquillos que no se qué combustible tendrán en las venas pero que ya han aprendido, antes de que les salgan los dientes, a guiñar el ojo con picardía y a susurrar propuestas de matrimonio.

Algo muy festivo había en el ambiente. La mayoría iban vestidos para la ocasión, sobre todo las mujeres que andaban arrastrando por polvorientos callejones sus mejores galas. Aquello era un festival de prendas superpuestas, encajes y combinaciones imposibles de colores ácidos. Cientos de chicas combinaban los mismos colores, amarillo encendido con verde rabioso o con morado eléctrico. Busqué y rebusqué el significado de aquella vestimenta, y sospeché un lenguaje de colores secreto ajeno a los ojos foráneos.

Y en este día tan especial me tocó visitar de nuevo las pirámides. Mamdouh, que se las sabe todas, me aseguró que estaría bastante tranquilo porque en días festivos, los egipcios tienen prohibida la entrada a Giza. Sí, habéis oído bien, prohibida, vedada.

Ante mi estupor me cuenta que otros años llegaban a miles, a millones exageró. Hacían pic-nic y campaban a sus anchas por todo el recinto. Una vez satisfecho el estómago, los niños atosigaban sin malicia a los turistas e intentaban escalar las pirámides, con tan mala pata que un año murieron 4 en el intento y papá presidente dijo, todos castigados!. Amén.

Y andaba yo enredada con semejante historia, cuando tuve la suerte de reencontrarme con mi camello favorito, Lufthansa, que por supuesto no me reconoció e intentó, de la misma, darme un bocado. Vi a S. subirse al bicho con cara de circunstancias y sacudirse de encima al camellero "tocón" que pretendía hacer una valoración de sus carnes. Me reí con ganas, desde la seguridad que me ofrecía la tierra firme e hice caso omiso de sus llamadas de auxilio sabiéndola en manos astutas, pero totalmente inofensivas.

Después del paseo me animé a entrar en una de las tumbas. El guardián del recinto era un "descarao" y me pasó por la nariz los dedos frotándolos en señal de money, money. Comencé a bajar los escalones y el ambiente me pareció sofocante. El olor a humedad y el aire viciado dificultaban la respiración y el calor, además, era muy intenso. Había otros muchos como yo y sólo esperé que a ninguno de ellos le diera un perrenque e intentara salir del lugar a contracorriente. No ocurrió, pero teníais que haber visto la velocidad con que yo misma subí la rampa escapando de aquel lugar funerario.

Respiré profundo y me alegré de que el cielo azul siguiera allí. A pocos metros estaba Keops, formidable y solemne. Me acerqué buscando su sombra y allí, apoyada, acaricié sus faldas y sentí su arena. Al contrario que Lufthansa, él sí me reconoció. Lo se, porque me guiñó el ojo.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Dubai. Rascacielos y shopping en inglis pitinglis.


Llegué a Dubai con una inmensa curiosidad. Me imaginaba una ciudad de cúpulas blancas emergiendo de un desierto de finas arenas doradas, camellos y beduinos, diamantes de ensueño y petrodólares por doquier.

Y con esta inocente perspectiva aterricé emocionada en el recóndito emirato.

El paso por inmigración se hizo eterno. Casi todos los que llegaban no habían hecho bien el trámite para ingresar en el país y provocaba
n colas interminables. Esto, lejos de poner de mal humor al funcionario, le mantenía bien alerta, de manera que cuando me tocó el turno y vio mi pasaporte, puso los ojos en blanco y me espetó con lengua de trapo, "Viva el Barcelona!" a lo que su compañero añadió, "Viva el Real Madrid!!!" blandiendo un escudo de tela que acababa de sacar de su cajón. Semejante recibimiento me dejó pasmada y aunque a mí el fútbol, ni fú ni fá, tuve que entonar más fuerte que ellos "Athletic, Athletic zu zara nagusia!" y con esta demostración de fanatismo futbolístico, ingresé en la ciudad de lo superlativo.

En la calle habría unos cuarenta y tantos grados y un ín
dice de humedad tan elevado, que los inmensos ventiladores instalados en la parada de taxis, en plena calle, pulverizaban con sus hélices el agua del ambiente esparciendo una lluvia fina entre todos los que esperábamos turno.

En cuestión de segundos pasamos de estas condiciones climatológica
s a otras no mucho más razonables, me refiero a los 10 grados que debía haber en el interior del taxi que nos llevó al hotel. La tiritona se me quitó de golpe por la impresión que me produjo la travesía por aquella ciudad.

Me sorprendieron las grandes avenidas de 6 carriles, sin camellos ni beduinos, los rascacielos y torres de cristal marcando el contorno de una gran metrópoli, el distrito financiero y los modernos edificios comerciales. Una enorme ciudad creciendo en pocos años en las arenas del desierto, planeada minuciosamente para abanderar la apertura del Medio Oriente, para dar cobijo a emprendedores, inversores y buscadores de fortuna, los nuevos colonos del siglo XXI.


Muchos de estos edificios albergan centros comerciales que se encuentran entre los más grandes y mejores del mundo. Entrar en ellos es toda una experiencia. Un mapa del sitio te conduce por avenidas artificiales de mármol repletas de tiendas y te recomienda a través de unos dibujitos no vestir indecentemente y no hacer manitas con el novi@. El ambiente es cosmopolita, pero es también el lugar ideal para ver a los cachorros de las riquísimas familias de la sociedad dubaití,
así que junto a los minishorts, la lycra y los tops desfilan las largas y enjoyadas abayas negras, que como siempre encierran lujos y pasiones.

Este crecimiento tan rápido, ha convertido Dubai en un lugar artificial, sin alma, con poca historia que contar y es que hace apenas cincuenta años, la zona estaba poblada por nómadas y pescadores. Ahora, con esta súbita transformación, el panorama en sus calles ha cambiado también en otro sentido, la gente que se mueve por ellas poco tiene que ver con sus pobladores originales.

El 80% de sus habitantes son extranjeros, India, Irán, Paquistán, China, Indonesia...si un dubaití quiere comprar en una tienda, no puede hacerlo en su propia lengua, nadie le entendería. El idioma común, es el inglés, bueno, digamos algo parecido. Las tiendas están atendidas por personal cosmopolita con poca formación, así que el inglés que hablan es un popurrí que han aprendido sobre la marcha y que revuelven con el idioma propio. Lo mejor de todo es verles hablando en grupitos en la caja, por ejemplo...no me preguntéis cómo se entienden rusas con chinas, sudanesas e indias, pero lanzan sin ningún rubor una suerte de "anglosonidos" ininteligibles que me hacen tener muy poca esperanza en el idioma futuro al que dará lugar este encuentro de culturas tan curioso.

Antes de salir me paro un rato a mirar, dentro del mall se encuentra el famoso centro de esquí con nieve artificial. Las pistas de nieve de más de medio kilómetro, están concurridas, hay esquiadores y niños con trineos, también pistas sencillas para principiantes, telesillas, de todo. Hay varias cafeterías tipo alpi
no alrededor, te puedes tomar un café y ver a toda aquella gente vestida con plumíferos negros encima de sus abayas o galabeyas y tocados con pañuelos tradicionales. Dentro hay como 3 grados, lo marca el termómetro, en el hall habrá unos 16 y fuera 45?.

Y de Dubai regresé a casa.

Siempre que después de un viaje por algún país del Medio Oriente toco tierra en El Cairo, doy saltos de alegría porque haya sido esta y no otra, la ciudad en la que me haya tocado vivir.
Y es que El Cairo tiene lo que tiene, es una mezcla de caos, suciedad e historia, unas veces odiada y otras venerada. Pero es una ciudad viva y vivida, llena de arrugas, de achaques, vieja y revieja oráculo de sabiduría y experiencia y digna del mayor de los respetos.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Zapping por el Medio Oriente. Zip-Zap, Zip-Zap...


El mando a distancia de la tele es un invento. Te tumbas en la cama y en tantos clicks como canales hay, te has pegado un recorrido por las costumbres de un país en asuntos de entretenimiento.
Todas estas imágenes pertenecen a una pequeña parte de los canales que se pueden ver en los Emiratos Árabes. Hay novelitas de amor, noticias, publicidad, cocina para gourmets, clases de inglés, dibujos animados, de todo, vamos, pero con su idiosincrasia particular. Y para que me entendáis lo que digo, os recomiendo prestar atención al guantazo que una señora muy decentemente vestida le propina al tipo que tiene a su derecha y por favor, no os perdáis el bolsito de plástico de Dior que lleva la protagonista de una novela de desamor. Un placer para los observadores y que dejo descubrir a vuestros ojos.

domingo, 21 de septiembre de 2008

De regreso en Dubai.


He regresado a Dubai. El Reino Saudita queda atrás en el recuerdo. No se cuando volveré, el gobierno no concede fácilmente un visado y yo tengo que recuperar energías para volver a enfrentarme a todas esas restricciones de las que os hablé. Y no me refiero precisamente a la obligada vestimenta.

La verdad, ese hábito negro me pareció un invento con muchas ventajas. Que se te ha hecho tarde y no te da tiempo a vestirte como dios manda? te echas la abaya por encima y a correr. Que llaman a la puerta y estás en pijama? en un segundo, recuperas la pinta de persona. Y ni que decir tiene que el eterno problema de "qué me pongo hoy" y dar, enloquecida, la vuelta al armario varias veces, desaparece. Aunque bien valorado, ventajas incluidas, no estoy segura de que me guste vivir sin mis problemas de toda la vida, complicados somos...

En el avión de vuelta, ni rastro de todos aquellos señores barbudos en peregrinación a Meca. Nada de chancletas, toallas e imperdibles. De todo aquel exótico pasaje sólo reconocí a la señora de la máscara de cobre, regresaba a casa. A los demás, les extraño y recuerdo con una enorme fascinación.

Llegamos al aeropuerto, las 3 de la mañana. En algunas salas hay "overbooking". Montones de pasajeros en tránsito han instalado improvisados campamentos para echar un sueñecito. El trajín del aeropuerto no parece intimidarles. La mayoría están tirados en hileras, protegiéndose unos a otros. Algunos han escondido la cabeza debajo de los asientos y otros se la han cubierto con mantas, con el propósito de volverse invisibles, quién sabe.

Salgo en busca de un taxi y respiro de nuevo el aire libre y húmedo de Dubai.

martes, 16 de septiembre de 2008

Una princesa saudita y otras mariposas.


Jeddah vive de noche. El movimiento de la ciudad empieza minutos antes de la puesta de sol.

El formidable paseo de la playa va llenándose de gente. Todos salen de sus coches cargados con las alfombras orientales debajo del brazo. Con sumo cuidado las extienden en el suelo preparándose para un curioso pic-nic. Allí, frente al mar se sientan a ver la puesta de sol y a esperar el momento de la cena, el Iftar. Veo a un hombre sentado con 4 mujeres veladas, me pregunto si serán todas suyas, hay también grupos de amigos y familias con niños pequeños. Parece que dentro de unos pocos minutos no cabrá ni un alfiler.

Hacia las 6 de la tarde llegamos a una terraza entre árboles tropicales y palmeras. Las familias ya esperan sentadas a la mesa el canto del muecín que indica que se puede romper el ayuno. Todos al unísono, toman agua, zumo o café árabe con cardamomo. Después de tantas horas sin ingerir líquidos, están deshidratados. Unos cuantos dátiles preparan el estómago para la primera comida del día.

Después de este ritual de inicio, se van acercando al magnífico buffet que cada noche ofrece un auténtico festín. Sopas, entrantes fríos y calientes, carnes, mariscos, pescados, y un impresionante surtido de dulces árabes de lo más exótico. Es una delicia que se acaba en escasas dos horas, cuando la gente se va retirando para la oración nocturna. Después, con el cuerpo ya saciado, la ciudad revive y las calles se llenan de coches en busca del mall de moda.

Hacia las 10 de la noche me vinieron a recoger para acompañarme a un evento "sólo para mujeres". No vayáis a pensar en espectáculos con hombres musculosos en tanga, no. En Arabia Saudita existe una estricta separación de sexos y hombres y mujeres no se encuentran nunca, ni tan siquiera en las bodas, así como lo oís.

Dicho evento se organizaba en los salones de un gran hotel y tenía carácter benéfico. No me dieron mucha información, por lo que no sabía bien qué era lo que me iba a encontrar. Sí me encandiló la idea de ver a todas aquellas mujeres desenmascaradas. Qué se escondería detrás de tanta tela negra, pensé.

A juzgar por el tráfico que aquello ocasionó, debía ser un acontecimiento importante en la ciudad. Cientos de mujeres iban llegando en lujosas limusinas. Nunca me imaginé que pudiera ver tantos Rolls-Royce juntos. De ellos bajaban sus dueñas con sus abayas negras puestas, nada especial. En la entrada, bien iluminada con imponentes lámparas de cristal, ya me imaginé el espectáculo que me esperaba, la transformación de la mariposa.

Los salones albergaban unas 100 tiendas montadas para la ocasión que me sorprendieron por las bonitas e interesantes cosas que vendían.

Ante mi vista se me apareció un mundo desconocido. Mujeres con vestidos impresionantes, gasas y sedas hasta el suelo con colores y estampados maravillosos, peinados perfectos y joyas de impresión. Todo este despliegue de belleza sólo para pasar el rato entre ellas, charlar, saludarse y comprar algo aquí y allá. Supongo que las más jóvenes tendrían el propósito de llamar la atención de sus futuras suegras, ellas deciden a quién presentarán a sus hijos, así es como se arreglan los matrimonios.

Yo apenas podía prestar atención a todo lo que tenía delante de mí, nunca antes había visto un despliegue de mujeres tan exquisito. Tengo que explicaros que no fue el lujo lo que más me llamó la atención, sino el buen gusto y la belleza de aquellas mujeres. En este tipo de eventos, uno siempre encuentra de todo, muchas veces se hace alarde de un barroquismo y un gusto pésimo, así que, en esta ocasión no me quedó más que abrir la boca.

Difícil de creer que ellas mismas fueran las que se esconden debajo de negros velos, las que tienen prohibido conducir, salir solas a la calle o viajar sin el permiso del marido. Me pregunté toda la noche si serían felices con tanto y con tan "poco".

Había tiendas de todo tipo, telas, alfombras, joyas, vestidos, abayas, porcelana, cristalería, muebles, en fin, para gastar a manos llenas. Todo se pagaba en cash, así que me pregunté cuánto dinero llevarían en sus bolsos. Tenéis que pensar que uno podía adquirir incluso mega collares de brillantes, esmeraldas y perlas...y ya sabemos lo que eso cuesta.

En la primera tienda me quedé un buen rato. Había sofás hechos con telas usadas muy interesantes. Ahí andaba yo de charla con la dueña, cuando se acerca mi anfitriona con una mujer de unos treinta y tantos años, vestida con un vaporoso vestido largo de color vainilla exquisitamente bordado. El conjunto lo completaban unos largos pendientes de aros ovalados con dos filas de brillantes montados en red que me dejaron deslumbrada.

Me da la mano y me dice hola soy N. Hablamos un rato del evento y de la tienda en cuestión, luego se entera de que soy española, y entusiasmada me dice unas pocas palabras en mi idioma. Nos despedimos y entonces mi acompañante me susurra, esta chica es princesa de la casa real, una de las nietas del rey Faisal y ex-nuera del actual rey.

Sorprendida por semejante coincidencia, seguí el camino escuchando las historias de mi acompañante inglesa y pensando en todos esos hombres que jamás tuvieron acceso a ese colorido mundo femenino. Lo que se pierden...

lunes, 15 de septiembre de 2008

Una de saudíes. Algunas cosas que conviene saber.


Vaya hambre... Ya no pido un buen chorizo o jamón ibérico, no. Ya me he hecho a la idea de que aquí, los cerdos de 4 patas no existen. Con algo que llevarme a la boca me conformaría.

Es Ramadán, ya os lo he dicho. Pero aquí en Arabia Saudita, lo llevan a rajatabla. No esperes que en el hotel, por muy moderno que sea haya un bar o un restaurante que te ofrezca algo, NO. Ellos ayunan, tú ayunas, se acabó.

Por supuesto el room-service funciona, pero qué triste es comerse algo entre las cuatro paredes de la habitación habiendo lugares preciosos y vaciiiios en el exterior. Conclusión, habrá que esperarse hasta pasadas la seis de la tarde, entonces con el canto del muecín, nos tiraremos todos, cristianos incluidos, encima de insospechados manjares. Y así todos los días.

Por cierto, no te vayas a hacer el listo y se te ocurra llevarte durante las horas de ayuno una botella de agua y un bocadillo al parque. Está prohibido comer o beber en público y como te pillen, te llevan a la cárcel, sí, has oído bien. Así que deja tus costumbres en casa.

Y de estas prohibiciones debe haber una lista completa que no conozco del todo, así que tengo que andar con cuatro ojos. Por ejemplo, ayer por poco se me ocurre despedirme de nuestro anfitrión con un par de besos en la mejilla. Ya me dijeron, me podría haber costado un disgusto de aúpa. Saludar a un hombre que no es de la familia, de esta manera! Pero adonde vamos a parar!. Él mismo contó que una vez le detuvieron junto a su mujer, ambos europeos, porque a ella se le ocurrió dar la mano efusivamente a unos amigos del marido y le acusaron de haberla ofrecido a aquellos hombres con fines sexuales. Me hubiera tronchado de la risa cuando lo contó, sino fuera porque la locura de aquel Mutawa, policía religiosa
me pareció lamentable y peligrosa.

Como iba diciendo, de comida nada, así que me he puesto la abaya y me he acercado a la playa. Qué calor, dios, dios, y yo con estos faldamentos que el viento me sube y me baja...si viniera el Mutawa me sacaba los ojos por ir enseñando los pantalones como un pendón.

Doy la vuelta a la esquina y me encuentro con que el hotel está vigilado por varios tanques con soldados armados con ametralladoras y con móviles que usan compulsivamente para mandar mensajitos, será de tanque a tanque?, ja!

Por cierto, la playa, preciosa, desierta, supongo que el ayuno tiene a todos, toditos, tirados en la cama desmayados.

De la misma me regreso, una sopita en la habitación y a esperar el Iftar para ponernos nuevamente morados.

Dubai-Arabia Saudí. De como viajé entre peregrinos a La Meca.


Hace un par de días volé de Dubai a Jeddah, en Arabia Saudí, ciudad portuaria y principal punto de entrada de peregrinos a La Meca y desde esta ciudad y mirando al mar rojo escribo este post que os cuenta mi viaje.

Emocionada por el misterioso mundo que me esperaba, me subí al avión de "Emirates" con mi abaya y mi velo, preparada para usarlos nada más tocar tierra. Miré a un lado y a otro y confirmé mis sospechas, era la única que dejaba ver sus bucles. Nunca me había sentido tan desnuda.

Ocupé mi asiento en la parte delantera del aparato y comencé a observar la entrada del resto del pasaje. Durante los primeros minutos me costó dar crédito a lo que mis ojos vieron, hasta que comprendí que estaba viajando a la tierra santa de los musulmanes y que lo que yo tenía delante, no eran los miembros de ninguna secta, sino pasajeros en peregrinación a Meca.

El desfile era impresionante. Por mi lado iban pasando hombres que parecían recién salidos de una sauna de poca monta, envueltos como iban en toallas blancas deshilachadas. Una cubriendo el torso y la otra la cintura y sujetas de cualquier manera por un par de imperdibles. Si levantaban un brazo, dejaban a la vista generosas barrigas peludas y descubrí llena de júbilo que muchos de ellos llevaban atada una riñonera negra de donde sacaban a cada rato el iPod o la blackberry.

Creo que debo explicaros que este curioso atuendo es el que deben llevar los peregrinos y que simboliza la pobreza y el desapego a las riquezas terrenales. Si yo hubiera sabido esto , no me hubiera caído horas antes de espaldas en el mostrador de facturación, cuando me giré y vi a mi lado a dos señores muy serios vestidos de esta guisa, ya me entendéis, no?.

En contraste, las mujeres vestían de negro y llevaban la cabeza cubierta de todas las maneras posibles. Unas con ligeros velos que no dejaban a la vista nada, otras con modernas viseras que llevaban incorporada una larga celosía de ganchillo que les cubría el rostro y les permitía ver sin ser vistas, y muchas otras con el típico velo que deja al descubierto la cara o ese otro que lleva una abertura especial para los ojos. De todas ellas, una me llamó la atención porque era la única que llevaba una ligera máscara de cobre que consistía en dos piezas que cubrían nariz y boca. Exótico, sin duda.

Me pareció que los niños y bebés también cumplían con la tradición llevando gorritos blancos de ganchillo, pañuelos con estampados florales infantiles y las menos, cubiertas con abayas negras en miniatura.

Me sentí como si hubiera atravesado un profundo túnel cultural cuya existencia no conocía.Y sentí un enorme respeto por todos ellos.

Durante todo el vuelo hubo una peregrinación de otro tipo, la peregrinación al baño. Los hombres que no habían tenido el valor de salir de sus casas vestidos de tan curiosa manera, llevaban el atuendo en bolsas de plástico. Les vi entrar dignamente en el baño, uno detrás del otro, con sus elegantes abayas blancas y sus cabezas cubiertas con tocados blancos y rojos y salir reducidos a la mitad, descubiertos y despeinados, envueltos en aquel par de trapos blancos...mi vecino, un hombre de negocios dubaití, regreso a su asiento sin poder mirarme a los ojos y con la cara encendida, supongo por el apuro de presentarse tan desprotegido ante los demás. Le comprendo, la verdad, hasta se le podían contar los pelos de las piernas.

Cuando se le pasó el susto, me contó que iba a hacer una peregrinación menor de 5 días. De Jeddah, viajaría a Mecca, a 50 kilómetros. Cuando vio mi interés por conocer la ciudad, me advirtió que sólo los musulmanes tienen el acceso permitido. Me pregunté, cómo comprobarían la religión de uno...

Aterrizamos entre emocionadas plegarias en Jeddah. Me vestí con mi abaya negra y plata y me puse el velo a la usanza de las mujeres de los emiratos. Intenté moverme con soltura para que no se notara lo perdida que estaba debajo de aquel, para mí, extraño atuendo.

Un coche nos recogió y nos llevó al hotel. A la entrada, aparcados como si nada, estaba la colección de coches de lujo más impresionante que yo había visto en mi vida. Entonces supe que estaba en Arabia Saudí, sentada encima de millones de barriles de crudo. Entré a la recepción, y, como no, me crucé con un par de hombres en chancletas blancas, ya sabéis, recién salidos de la sauna.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Ramadán. El ambiente nocturno en la mezquita de Al-Hussein y el Café Fishawi.

La otra noche y siguiendo los consejos de un cairota, me acerqué hasta la mezquita de Al-Hussein. Esta mezquita es una de las más importantes de El Cairo y está en pleno corazón del mercado Khan el-Khalili.

Elegí las horas después del Iftar, que es la comida que rompe el ayuno diario. Después de la calma que reina durante todo el día, es agradable ver que las calles vuelven a la normalidad, los coches copan las avenidas y los conductores rompen su silencio dándole al claxon hasta reventar. Las tiendas abren de nuevo y la gente sale a pasear y a comprar como si cada día fueran a venir los Reyes Magos. Me encanta.

La mezquita estaba en plena actividad, en el rezo nocturno de la época de Ramadán. Fuera, en el recinto, habían colocado una enorme carpa dónde se estaba celebrando un acontecimiento especial. Varios doctores del islam se hallaban predicando frente a cientos de fieles, cámaras de televisión y otros medios de comunicación.
El gentío entraba y salía, pero dentro se sentía la solemnidad del momento. Fuera de la enorme carpa, la vida alegre de la gente común seguía, familias enteras sentadas en las esquinas, montones de mujeres, niños corriendo y saltando, y como siempre, cientos de vendedores ambulantes.

Me llamó la atención un grupo de hombres, todos de blanco que desfilaban cantando y portando grandes pancartas que lamentablemente no entendí. Igual que una exótica manifestación...pero nada de objetos arrojadizos, nada de gritos ni consignas...qué harían? El que lo sepa que lo cuente.

En los cafés del mercado no cabía un alfiler. Las terrazas animadísimas con gente del barrio, novios y grupos de amigos fumando shisha y bebiendo té. Tuvimos suerte de encontrar una mesa en el café Fishawi. Allí nos sentamos junto a un tipo de enorme papada que debía ser asiduo del lugar, a juzgar por los efusivos saludos de los camareros.

Al elemento en cuestión, se le iban los ojos detrás de cualquier mujer y empleó parte del tiempo en hacerme señas con las cejas y enviarme silbidos camuflados, no le faltó más que empinarse en la silla para mirar dentro del escote, algo que, por otro lado, ya me ha pasado.

Una mesa se libró y la ocuparon 3 turistas españolas muy simpáticas. Parecían que estaban molidas, las pobres. Me miraron y sin titubear me dijeron en español, oye, pero que calor hace aquí, no?

Entramos en conversación y me miraron con los ojos muy abiertos cuando supieron que vivía en el Cairo. Supongo que el desmadre del lugar, les llevó a la conclusión de que vivir en un sitio como este debía ser cosa de locos. Me contaron su recorrido por el Nilo, las pirámides y los museos, y me confesaron lo mucho que habían sufrido con taxistas y vendedores, siempre les habían timado, se quejaron compungidas. Cuando les pregunté cuánto habían pagado por ciertos servicios, no me quedó más que poner el grito en el cielo.

Y es que las chicas tenían gancho y se les acercaban hasta los gatos. Vendedores de coranes en español, fulares, carteras de piel, collares de jazmín, maquilladoras de henna, limosneras con sus bebés, todos intentaban agarrar la presa, y algunos lo consiguieron.

Entre tanto barullo pasó un limpiabotas y le convenció a P. para darle una pasadita a sus zapatos. Ante nuestros inocentes ojos, le descalzó y se llevó los zapatos a dios sabe dónde. Allí, en la terraza, en calcetines, pensamos cómo llegaríamos a casa si el individuo no volvía...pero volvió.

Cuanto más animada estaba nuestra conversación, una de ellas, la que estaba sentada en la estrecha zona de paso de la gente, se volvió como un rayo y con una velocidad de vértigo le propinó a un muchacho un enorme pescozón en el cogote con un tubo de cartón que llevaba en la mano. Semejante visión nos dejó perplejos. Entonces le espetó en nuestro idioma, tú, sí tú! que me has tocado el culo!!! ahora dí que no me has tocado el culo!!! Me has metido la mano por detrás, cerdo que eres un cerdo!

Todo el mundo se quedó pasmado y el autor de tamaña fechoría se agarraba el cuello con la cara roja de vergüenza mientras su familia le miraba atónita sin entender qué pasaba. En segundos, todo regresó a la normalidad y la chica, que no parecía afectada en absoluto, nos explicó que ese tubo lo lleva siempre consigo para estos casos. Oye, que alguien te da un mal precio o te lleva la contraria, ZIS, ZAS, y aquí no ha pasado nada.

De vuelta a casa, me costó encontrar a un taxista razonable. Los que esperan en el recinto a que salgan los turistas están acostumbrados a cobrar mucho más de lo que marcan las tarifas "verbales" y te hacen conversiones imposibles de libras a euros. Lo mismo les da 8 que 80, así que como no teníamos nada con que repartir pescozones, anduvimos unos metros y paramos a uno en una calle alejada del turismo. Si no queréis engaños, os lo recomiendo, lo del tubo, digo.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Saqqara y Menfis sin guía, ni perrito que te ladre.


La primera vez que visité las pirámides de Giza lo hice con un guía. El viaje que me condujo a aquel encuentro tan largamente esperado, me llevó por una singular autopista, que poco o nada me interesó. Edificios destartalados, un par de burros, algún carro, pero nada más que ver. Cuando ya me había confiado en que eso sería todo, las vi. A lo lejos, imponentes, difuminadas en un cielo brumoso de contaminación y vapores. La impresión me sacudió la modorra de golpe y me mantuvo el resto del viaje bien alerta para no perder ripio.

Cuando por fin llegué a sus pies, vaya conmoción. Tengo que deciros que no es que esperara encontrarme a solas con Kheops, en mitad del desierto y en el silencio más absoluto, no, pero tampoco esperaba toparme con hordas de turistas de pantalón corto y chancleta, vendedores políglotas que sin darme tiempo a respirar me colocaron todo tipo de tocados beduinos y collares, y camelleros que me tiraban de la manga y de donde podían, para convencerme de que el mejor modo de recorrer aquel increíble fragmento de historia era a lomos de un pobre animal desdentado. Como veis, aquel tú a tú con los faraones tuvo su intríngulis.

Reconozco, después de todo, que la grandeza de estas construcciones, supera el peor entorno y que la visión de las pirámides me dejó literalmente con la boca abierta. Miré hacia arriba y no pude contener la emoción cuando toqué con mi mano uno de esos enormes bloques de piedra caliza que proyectan la pirámide hacia el cielo. Me dieron ganas de apoyar la mejilla y lo hice, entonces sentí deslizarse la arena caliente por el rostro e inmediatamente me retiré para no perturbar el sueño de miles de años.

Mi guía me sacó rápidamente de mi ensimismamiento. El tipo, que era un plasta de cortar, se sabía de memoria el parlamento que iba a soltar y me llevó por todo el recinto a rastras y escupiendo millones de datos que no me revelaron nada nuevo y que no me dejaron ni un minuto de tranquilidad para poder mirar y disfrutar de aquellas maravillas. Así que la experiencia me dejó un ligero regusto agridulce.


Pues dicho esto, ayer salí de nuevo de excursión y comprobé, como siempre, lo estupendo que es viajar por tu cuenta. Uno puede elegir los compañeros de viaje, el horario, la ruta, el tiempo que estará y los lugares que verá. Un lujo en estos tiempos donde nada queda de los antiguos viajeros y exploradores del mundo, aquellos que salían en expediciones a recorrer el mundo durante años y veían los lugares en versión original.

Los destinos elegidos fueron la necrópolis de
Saqqara y la antigua Menfis, la capital del imperio antiguo. Salimos dejando la autopista, que es el trayecto más corto, pero menos interesante y nos fuimos por una pequeña carretera que discurre a la par del río y que va atravesando pequeños asentamientos.

El paisaje es precioso, se notan las bondades de las aguas, todo está muy verde y lleno de cultivos. El río, que no abandona el camino, le aporta muchísimo romanticismo al entorno. Parece mentira que ese vergel esté a unos minutos de esta macro ciudad.

Por la estrecha carretera y a la par de los coches circulan, como si nada, varios camellos, unos de paseo y otros cargados con enormes hojas de palmera. Un chiquillo a lomos de una mula pequeña va dando tumbos en todas direcciones y pone al resto en apuros. Parece un diablillo, jaleando a la perezosa mula para que se ponga al galope.

El camino recorre extensas plantaciones de palmeras datileras. Los frutos cuelgan de enormes racimos, algunos de color marrón intenso que indican estar listos para la recolección. Varios hombres, colgados a muchos metros de altura, empiezan la cosecha de los más maduros. El ambiente es muy alegre, se oye el alboroto de los niños nadando en el río, de las mujeres lavando la ropa, y se ve a gente descansando a las puertas de sus casas, que nos saludan animadamente con las manos.

Y pronto llegamos a la necrópolis de Saqqara, con su imponente pirámide escalonada. La temperatura era alta, pero soplaba un viento agradable que hacía soportable el calor. Además el lugar estaba tranquilo, sólo unos cuantos visitantes repartidos por el área y otros pocos vendedores sin mucho arranque.

Después de la visita, seguimos camino a través del desierto y nos acercamos a cuanta pirámide encontramos en el camino, la acodada de Seneferu, la roja, la negra de Amenemhat III. Y estuvimos solos, sí, habéis oído bien, solos.

De regreso subimos y bajamos toda clase de montículos, dunas, terraplenes y toboganes de arena. Las sacudidas eran tales que podías sentir como se te movían las entrañas. Todo nuestro organismo se tuvo que recolocar de nuevo, no se si en su sitio o no, pero yo, que me había estado quejando del estómago toda la semana, de repente me curé. Supongo que el órgano en cuestión, decidió portarse bien con tal de no verse sometido de nuevo a semejante medicina.

Viajar de esta manera, tiene su miga. El próximo día más.

jueves, 4 de septiembre de 2008

del Hiyab: el velo islámico, y de otros pañuelos...

La costumbre de la mujer musulmana de cubrirse el pelo, es uno de los temas que más críticas levantan en el mundo occidental. Unas veces cargadas de razón y otras de desconocimiento.

Es un hecho comprobable que el uso del hiyab en Egipto ha experimentado un aumento importante en los últimos veinte años. No hay más que mirar en los álbumes familiares para darse cuenta de que hace 30 años era de uso minoritario.

Hoy en día, las calles están llenas de cabezas cubiertas con pañuelos que, a veces, parecen tener más que ver con una cuestión de moda que con arraigos culturales o religiosos. Los hay de diferentes tejidos y estampados, algunos firmados por las grandes casas de moda y que combinan con el resto de la indumentaria.


Los tirantes finos, cuellos halter, escotes y minifaldas no son algo desconocido para las chicas de El Cairo, y por supuesto los usan, pero superponiendo prendas. Para el que no se haga una idea de lo que es esto, el ritual comienza con una camiseta de lycra de manga larga, que cubre brazos y cuello, encima, el vestido escotado, que puede ser hasta de noche, y si es corto, debajo, pantalones. Aunque esto, nos parezca complicado o antiestético, os diré que algunas tienen una gracia especial para estar guapísimas con este difícil guardarropa.

Hace unos meses conocí en Alejandría a una elegante señora que a juzgar por las fotografías que tenía en su despacho, había tenido una viva social de altos vuelos. En muchas de ellas aparecía con la esposa del presidente Mubarak. Señoras muy peripuestas, vestidas de Chanel y con el pelo bien arreglado. Se sonrió algo compungida y me dijo, esos eran otros tiempos, ahora, ya ves, tenemos que llevar esto (y señaló su hiyab).

Esta es una mujer que, obviamente se siente presionada y representa el sentir de una generación. Del otro lado están aquellas jóvenes que han elegido el velo de forma voluntaria. En contra de lo que podríamos pensar, no son sus padres o maridos quienes han introducido el hiyab en casa, sino ellas mismas y además se lo han transmitido a la madre y abuela. Si les preguntamos por qué, dirán de todo, soy una buena musulmana, quiero volver a mis tradiciones, me siento más segura y muchas de ellas ni sabrán los motivos. Pero lo que todas ellas sienten por igual, es el rechazo a estar siempre en el punto de mira de occidente y ser, además, tema de debate. Estas mujeres no quieren compasión, quieren respeto y lo que en ningún caso aceptan es que se les impongan patrones de comportamiento occidentales, no les sirven. Aspiran a resolver sus problemas, que son muchos otros, desde dentro.

Del libro "El Cairo en los zapatos" de Elizabeth Anglarill, editorial Flor del Viento, extraigo un par de párrafos que me resultan interesantes y que me aportaron luz y sombras.

"Para la clase popular es una forma de vestir vacía de sentido, para las clases altas tiene un componente simbólico" por ejemplo en Marruecos será interpretado como un mecanismo de resistencia cultural por una sociedad permanentemente agredida por la ocupación europea. Así, aunque es cierto que el uso del hiyab era el resultado de la rígida división de sexos, no lo es menos que colaboró en la terquedad de su uso el que el ocupante quisiera, a cualquier precio, desvelar a las mujeres".

La médico y antropóloga egipcia Sihem Abu Salam:
"Algunos dicen que el velo es la liberación femenina, así pueden salir de casa, trabajar...por qué no hacen esto sin el velo? Ellas no lo eligen, se ven empujadas a ello cuando todo el mundo las amenaza, noche y día o encuentran carteles en la calle que dicen el velo es religión" Y luego el viernes el cheij durante la plegaria insulta a las mujeres no veladas, eso no es elección, las están amenazando. Vemos a la mujer con velo y su marido con tejanos, camiseta...por qué no se ponen la galabiya? La explicación es que las mujeres están contempladas como símbolos de la nación. En todas estas prácticas las mujeres no están tratadas como seres individuales, sino como símbolos"


Personalmente, ahondar en el tema me produce una cierta confusión. Cuando llegué al país, tuve que hacer un gran esfuerzo para sacar todos los estereotipos acumulados con los años y las horas de radio y televisión. Y es que, la realidad que vi era diferente,y me encontré con que detrás de todas esas mujeres veladas, que eran muchas, se escondían caracteres de hierro que me decían que poco tenían que ver con la sumisión.

Así que hoy, sigo buscando, con la única pretensión de entender, pero sin buscar un único bando, sería imposible en un asunto tan complejo. Hay que aceptar un abanico de posibilidades, que van desde la religión, hasta la moda, pasando por la rebeldía.

A veces me siento a mirar el Nilo, como ahora y pienso en nuestras costumbres, cómo las aceptamos, se asientan y evolucionan, y esto me ayuda mucho a entender al prójimo, por ejemplo: Por qué practicamos top-less, o estamos extremadamente delgadas, o por qué el boom de la cirugía estética, y qué sentido tienen afirmaciones tales como que las mujeres a partir de los cuarentaytantos deberían cortarse el pelo...como veis, hay otros pañuelos y casi siempre diseñados para chicas. Qué alguien me cuente.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Ramadán en El Cairo


Hoy ha empezado el Ramadán, B. me lo recordó. Esta mañana temprano, llegó a casa para recoger unos papeles y la vi sudorosa, con cara de cansancio matutino, así que le pregunté si quería beber algo. Me miró desde el sofá con cara de resignación y me explicó que practicaba el ayuno...,no come y no bebe,me dijo, desde que sale el sol hasta que se pone.

El Ramadán dura un mes y lo practican todos los musulmanes. Es una época para rezar, meditar, reunirse con la familia y sobre todo para la caridad, para compartir con el que menos tiene.

El ritmo diario se para, los horarios de tiendas y oficinas se acortan y la gente vive de noche, la mayoría pegados a la tele, sin perder detalle de la programación especial de telenovelas que les mantiene despiertos hasta el alba.

Hoy, en el primer día de ayuno, he sentido el peso que tienen millones de personas haciendo algo de manera conjunta. Cada vez que me acercaba distraidamente a la nevera a coger un trocito de algo, léase, chocolate, queso, galletitas, me entraba un remordimiento tremendo pensando en todos aquellos que con caras desnutridas esperaban la caída del sol sin nada que llevarse a la boca, y me veía obligada a renunciar a tales caprichos.


Lo mismo me ocurrió cuando llegó la hora de la comida y me dispuse preparar un riquísimo arroz con champiñones. Lavé, corté y rehogué todo de manera sigilosa y por supuesto con puertas y ventanas cerradas, pensando en el efecto que causarían tales aromas en un vecindario que yo consideraba literalmente al borde del desmayo.

Cuando apenas faltaba media hora para que oscureciera, salí a pasear llena de curiosidad y me encontré con una ciudad desconocida. Grandes avenidas, normalmente colapsadas por el tráfico estaban vacías, apenas había peatones y toda esa gente, que día y noche se sienta en las aceras había desaparecido. Me sorprendió la calma, pero me dicen que es la hora en la que todos están en casa, esperando el momento de romper el ayuno e iniciar el ritual de la cena comiendo dátiles.

La solidaridad con el prójimo es lo único que ves en cada esquina, personas que te ofrecen generosamente una bebida de dátiles, agua o comida. En varios callejones se han colocado largas mesas comunales donde todo esta preparado para recibir a los comensales que van llegando, me conmueve ver que hasta los gatos callejeros participan del festín.

El ambiente hacia las nueve de la noche sigue tranquilo en el barrio y las mesas ya están recogidas. De vuelta a casa me cruzo con una familia de turistas sajones bastante despistada. Las niñas, adolescentes, capturan las miradas de propios y extraños, vestidas con extra-mini-shorts que dejan medio trasero al aire y cinturones anchos de lentejuelas...Y yo me pregunto, la gente no sabe nada de las costumbres de un país o no quiere saber?.

Ramadan Kareem para todos los musulmanes.