Y de la noche a la mañana me vi expatriada en El Cairo, viviendo entre pirámides, gatos resabiados y turbantes blancos...

viernes, 30 de enero de 2009

De paseo por Abu Dhabi


Hace un par de días visité Abu Dhabi. Al igual que Dubai, es un lugar abrumador donde los grifos pueden ser de oro, los coches llevar una cobertura de diamantes y las cremalleras de los jeans zafiros y esmeraldas. Sí, habéis leído bien.

Este emirato, quinto exportador mundial de crudo, ha conseguido captar ingresos importantes de otras fuentes que le aseguran el bienestar a largo plazo sin esperar a que el grifo del oro negro se agote.

Me dicen que el soberano, de talante patriarcal, comparte esta bonanza con sus "súbditos" ocupándose de que no les vaya mal. Los oriundos, que representan tan sólo el 15% de la población total, tienen seguro médico gratuito en cualquier lugar del mundo y disfrutan de ciertas actividades sin pagar un céntimo, como por ejemplo, ver a Plácido Domingo o a Beyoncé.

Así que cuando miras el cielo de Abu Dhabi, tienes la sensación de que todo resplandece bajo un sol que rara vez les abandona y contemplas esos rascacielos acristalados de brillos metálicos, las amplias avenidas salpicadas de Rolls Royce, las colonias residenciales de lujo y los palacios dorados del emir y te preguntas de qué manera les afecta a estos la crisis.

Me cuentan unos expatriados, que este emirato siempre ha sido más conservador y precavido a la hora de invertir su dinero, por lo cual no se han visto muy afectados por esa duna traicionera que se desliza desde occidente. Sin embargo a los vecinos dubaities, su política de inversión y crecimiento desenfrenado, les está costando más de un disgusto. Además de la caída del turismo, muchos de los proyectos de desarrollo, rascacielos de oficinas, hoteles y apartamentos de lujo en construcción se han visto paralizados, no hay liquidez y empiezan a pensar en conseguirla a través de la carga de impuestos, algo que hubiera sido impensable en otros tiempos, así que chicas, adios a las gangas de Channel o de Valentino. Vaya berrinche que tendrán Posh Beckham o Boris Becker que andaban por allí promocionando inversiones inmobiliarias disparatadas.

Aunque disfruté de la visita, el lugar no me pareció especialmente excitante. Cuando a mí vuelta, recorrí El Cairo hasta llegar a casa, pensé como siempre en la suerte que tengo de vivir en esta ciudad horriblemente-maravillosa.

miércoles, 28 de enero de 2009

De peluquería, hilos e ignorancia.


Vengo de la peluquería. Qué cosmos más interesante se forma en esos espacios llenos de vapores de tinte, cepillos y secadores de pelo.

Esta vez, para hacerlo más difícil todavía, me puse en manos de un sujeto que no hablaba ni una palabra de inglés. Le señalé el nacimiento del pelo y comprendió inmediatamente. Ni se acercó, ni preguntó, pero al cabo de unos minutos apareció removiendo ceremoniosamente el mejunje que había preparado en la trastienda. Diossdioss pensé, cuando me cerró la bata con una enorme aguja de camota roja, que apuntaba peligrosamente a mi escote.

El proceso de teñido no me produjo ningún picor, ni irritación, mareo o desmayo. Me pareció incluso, que el chaval era un perfeccionista y se estaba empleando a fondo en que ni un pelo quedara fuera del radio de acción de la brocha.

Todo salió a pedir de boca. Transcurrido el tiempo reglamentario, me lavó-refrotó y con insistencia consiguió convencerme de que le dejara secarme el pelo, a pesar de que yo llevaba prisa, inventada, por llegar a casa y preparar unos garbanzos que había puesto a remojo el día anterior. Fue toda una suerte que insistiera, porque lo que ví a continuación, mereció la pena.

Mientras me leía el "Hello", vi entrar a unas clientas, cuatro voluminosas féminas de rompe y rasga. Como les tocaba esperar un rato, se fueron al super para hacer tiempo, pero una de ellas, la más joven, se entregó a los brazos de una muchachota que debía ser esteticién. La seguí con la mirada mientras recogía del mostrador un gran carrete de hilo blanco, normal y corriente, que me había intrigado nada más llegar.

La señora que era de cara generosa y redonda, se tumbó en el sillón sin quitarse su pañuelo y la sesión comenzó de inmediato. Yo miraba y miraba, pero no lograba adivinar qué estaba pasando, porque la empleada me daba la espalda y me quitaba visibilidad. Me incliné sin ningún disimulo y vi que había tomado un tramo de hilo y sin cortarlo se lo había colocado entre los dedos de ambas manos como si fuera seda dental, mientras que el carrete sobrante lo había puesto a buen recaudo en su sobaco derecho. Entonces comenzó a realizar movimientos hábiles de derecha a izquierda y pensé extrañada que le estaba limpiando los dientes...jesúsjesús...

Como no las tenía todas conmigo, me moví un poco más, aún a costa de enfadar al fulano que me estaba secando el pelo y me quedé atónita, porque lo que la experta hacía no era otra cosa que frotar enérgicamente la cara de la señora con el hilo y esta fricción iba llevándose todos los pelos que encontraba a su paso y depilando cejas, mostacho, barbilla, mejillas y patillas. La técnica, que parecía exitosa no estaba bien "afinada", puesto que la depiladora iba tirando del carrete a discreción sacando hilo limpio y el que ya estaba usado, lo iba sujetando entre los dientes, con lo cual se le fue haciendo un pequeño ovillo en la boca con el material usado. Me escoré tanto para tener un buen plano que por poco me caigo de la silla y avergonzada dije por señas al del cepillo que yo nunca había visto algo así. Entonces reaccionó ofreciéndome de inmediato una depilación de cejas.

Salí como loca de aquel lugar, emocionada con el hallazgo y llamé a M. entusiasmada. Sabes lo que he visto??? no te lo vas a creer!!!! le cuento con pelos y señales y me dice, pero tú no conoces esto? es la depilación oriental.

Taciturna subo a casa, dejo los garbanzos plof plof plof y me siento a buscar en google. Sin gran esfuerzo encuentro que semejante técnica no sólo no es del todo desconocida, sino que es la preferida de Madonna...cosas veredes...

Os digo una cosa, el mundo es mucho más divertido cuando una es una ignorante, ni color, vamos.

lunes, 26 de enero de 2009

Una de YOGA en hindinglis.

Ayer y después de varios meses de inactividad, retomé mis clases de yoga. Aunque tenía varias opciones que prometían comodidad y limpieza, decidí elegir la más arriesgada. Así que anteponiendo tradición y autenticidad, llegué hasta el Centro Cultural de la India en El Cairo. Qué lugar podría ser mejor, me dije, al fin y al cabo el yoga es originario del Valle del Indo.

Lo encontré en la misma calle que el edificio Yacoubian, entre tiendas chillonas iluminadas con neón rosa y amarillo, típicas heladerías y locales de comida rápida con sabor a comino. Ya en el portal, no conseguí descubrir ninguna indicación que me guiara a través de los pisos. Así que elegí la primera puerta en la planta baja, junto a una placa sujeta por un único clavo roñoso que indicaba el horario de alguna oficina. Aquel pasillo oscuro no conducía más que a un patio interior por donde me salieron al paso unos gatos hambrientos que parecían vigilar su feudo.

Subí al primer piso con cierto susto pasando entre hojas de periódicos atrasados, cartones y objetos varios. Entonces vi el letrero que decía YOGA. Entré en un amplio salón y me sorprendió la pulcra sencillez y confort del lugar que encontré. Perfectamente alineadas estaban las alfombras individuales con las colchonetas. El profesor, sentado en una tarima, se preocupaba por los achaques que traían los alumnos.

Busqué un lugar libre y como en los tiempos de la universidad, cuando tocaba examen, sólo encontré algo en la primera fila, nariz con nariz con el yogi. Desde allí observé con curiosidad al resto de los compañeros.

Las caras que vi, me resultaron simpáticas y sobre todo me maravilló la indumentaria de la mayoría de ellos. En cuestión de ropa deportiva, uno se encuentra de todo, pero lo que había allí, juro que no lo había visto jamás.

Una mujer guapísima, de pelo cubierto, estaba dispuesta a hacer contorsiones con jersey de cuello alto, pantalón de franela y por encima de todo aquello, un vestido de lana marrón que le cubría las rodillas. Otras llevaban varias piezas superpuestas que colgaban como en jirones hasta el suelo ocultando toda la piel. Había hombres que se disponían a hacer el "pino" con pantalones vaqueros y algún que otro con pana gruesa.

Yo, que me había imaginado algo parecido, decidí dejar en casa los pantalones de deporte para adolescentes que vende Zara y que logran tapar apenas las vergüenzas y me busqué uno que me llegara hasta la cintura-ombligo, de manera que cuando tuviera que saludar al sol, no tuviera que mostrar por escasez de tela, el trasero o la rabadilla, algo que sin duda me hubiera dado popularidad inmediata.

Empezó la clase con solemnidad y desde luego, el hombre sabía lo que hacía. Las explicaciones a cada práctica fueron precisas. Sólo hubo un pequeño detalle con el cual no contaba y es que el hombre tenía un deje "pelín" cerrado y los que habéis oído hablar inglés a un oriundo de la India, me entenderéis lo que digo. Hablan fluidamente, pero con un acento de los mil demonios.

A la orden de "birrrrreiiiiiiitiiiIN" "bereeeeertiOT", no supe qué hacer y acabé guiándome por los gestos y sonidos que emitía el profesor, hasta que comprendí que aquello debía ser "breathe in" "breathe out". Más tarde, tuvimos que cerrar los ojos y seguir su voz y no me quedó más remedio que espiarle sigilosamente con ojos entreabiertos intentando vislumbrar lo que estaba haciendo. Si me descubría en alguna ocasión, me decía "clorousss yarrr aiis" plis (léase close your eyes). Y así fui siguiendo una clase que , a pesar de tanto "erererrrrrr" acabó siendo magnífica.

Llegamos al final y hubo que presentarse. Cada uno fue explicando los motivos por los cuales se había inscrito en el curso. Me sorprendió que la mayoría, entre los que había varios universitarios, buscaban armonía y controlar su estrés y me pareció que cada vez es más joven la gente que necesita un manual de instrucciones para esta vida loca.

Salí caminando y llegué hasta los puentes que conducen a la isla y comprobé aliviada que no me alteraba nada, ni siquiera el barullo enloquecido de esta inmensa ciudad.

martes, 20 de enero de 2009

El edificio Yacoubian.

Me dio un vuelco el corazón. La semana anterior, sin conocer la ubicación del inmueble, había estado en esa misma calle y señalando el edificio colindante le dije a P. mira, el Yacoubian debe ser algo así. Durante aquella tarde me urgió la idea de visitarlo y me pregunté si realmente existiría. Cuando llegué a casa, busqué la novela y miré la dirección que Taha, uno de los personajes, escribía en su carta al presidente:

"Vuestro fiel servidor
Taha Mohamed Shazli
Documento de identidad: 19578 Kasr el Nil
Dirección: Edificio Yacoubian, 34 calle Talaat Harb, El Cairo"

Entonces supe que sólo me había equivocado por un número.

Levanté la vista hasta el cielo y lo miré con sorpresa y nostalgia. Así q
ue aquí tenía sus "reuniones" Zaki Bey el Desouki...pensé. Para tener mejor perspectiva, me paré en la acera de enfrente, en medio de oleadas de transeúntes que me adelantaban apresuradamente sin verme, casi zarandeándome y para asegurarme volví a preguntar al dependiente de la camisería, pero es el número 34, verdad? es el edificio Yacoubian, no? Sí, sí, me sonrió echando una pomposa nube de humo entre los dientes.

Crucé a toda prisa, esta vez no me dio tiempo a calcular el tráfico, sin más, serpenteé a toda velocidad esperando llegar sana y salva al otro lado. Delante del por
tal, unos grandes escaparates de ropa iluminados de neón me recordaron la exposición de joyas que Yacoubián debía tener en la época más glamurosa de la ciudad.

El bauab estaba dentro, barriendo un portal que no me dejó imaginarme tiempos más esplendorosos. Subí una escalinata y me di la vuelta disimulando, miré hacia la calle y entonces lo vi. Tejido en un delicado tuvo de neón, en esos momen
tos apagado y cubierto por unas cuantas telarañas leí: N. Yacoubian.

Saqué la cámara y el bauab, que me pareció se tomaba demasiado en serio sus funciones, me dijo con el dedo que no. Por suerte pasaba un inquilino que le quitó autoridad y asintiendo con la cabeza, autorizó comprensivo mi intromisión.

Salí antes de haber saciado mi curiosidad, porque el hombrecillo del turbante y la escoba no me quitaba ojo. Me imaginé que el pobre andaría loco pensando por qué en los últimos tiempos aquel destartalado inmueble despertaba tanto interés.


No había caminado ni dos metros y me arrepentí de haber tirado la toalla tan rápido. Entonces engatusé a P. para que entrara y persuadiera al guardián con una propina. Salió rápido. "Que te sube en el ascensor si quieres" dice levantando
las cejas inquisitivamente. Entonces corrí de nuevo escaleras arriba y salté en un cacharro en evidente decadencia. Mi gozo acabó rápido, porque el viejo taimado me subió y me bajó a golpe de botón sin dejarme ver más que entre rejas, los antiguos y generosos apartamentos de antaño, convertidos hoy en oficinas y locales comerciales de mala muerte.

Salí de nuevo y miré a la azotea intentando descubrir entre los camaro
tes alguno de los secretos no contados en la novela. Así me quedé un rato y descubrí el viejo cine que Aswany refiere ya en la primera página. Hay cosas que sobreviven más de lo previsto.

De vuelta a casa me alegré de no haber visto la película y de haberme confrontado a aquella historia con los paisajes que fabricó mi imaginación a lo largo de sus páginas.

domingo, 18 de enero de 2009

El Cairo. Cuando todos los gatos son pardos

Volver a la rutina de El Cairo es reconfortante. Salir a la calle después de una larga ausencia y hacer cualquier recado, se convierte en todo un acontecimiento. La gente descubre que has regresado y los saludos cordiales y las amplias sonrisas se reparten por doquier. Los policías, amodorrados en sus pequeñas garitas de madera, los bauabs y los empleados de los comercios, se alegran sinceramente de tu vuelta y te saludan desde lejos con grandes aspavientos. Es como regresar a los tiempos en que el barrio era un importante núcleo social donde todos se conocían y todo se sabía.

Así que este recibimiento me animó a dar una vuelta por la isla, aprovechando que la oscuridad iba cubriendo de encanto el paisaje.

El Cairo de noche siempre me ha despertado fascinación. Parece como si en esas horas, en las que todos los gatos son pardos, se produjera su mutación. Pasear entre sus calles y contemplar los maravillosos palacios de la antigua burguesía egipcia, que amparados en la oscuridad de la noche, esconden la decadencia que a veces les rodea, te ofrece una perspectiva diferente de la ciudad, donde lo intrascendente se pierde entre sombras y lo oculto se revela.

Podría parecer que son momentos de calma, de retiro, de serenidad, pero en esta ciudad nada es como parece. El cairota vive en las calles, en cada esquina, en cada portal y siempre le verás sentado en las aceras, charlando animadamente con sus vecinos, compartiendo té, shisha y en ocasiones jugando una partida de backgammon. El ambiente es de algarabía, regocijo y risas, ideal para noctámbulos.

Y cuando todo el mundo me pregunta, si estos paseos nocturnos no son muy peligrosos, tengo que recurrir a las estadísticas para explicar que en este país, el índice de criminalidad es menor al 5%, valor que se encuentra muy por debajo del de países europeos que consideramos muy seguros, entre ellos el nuestro.

Moraleja: "Probablemente no te asaltarán en El Cairo, deja de preocuparte y disfruta."

domingo, 11 de enero de 2009

Estoy aquí, madame.

He regresado a La Victoriosa, a la madre de todas las ciudades, a El Cairo. Lo sé sin levantar la vista del suelo. Mis zapatos nuevos, impolutos, están arruinados. Les cubre una mezcla de los más variados materiales, polvo del desierto, lodo, cemento, barro y cochambres varias. Es su peculiar, pero sincero abrazo de bienvenida.

Ibrahim, mi apañado taxista, tardó una eternidad en recogerme del aeropuerto. Pero dónde estás, le pregunté impaciente al teléfono. Aquí madame, me contestó. Esta respuesta que no tendría nada de particular en otra situación, me dejó perpleja. Aquí? y dónde es aquí? le dije mirando en todas direcciones, esperando vislumbrar entre la multitud una mano lanzándome señales. Entonces, al mejor estilo de los hermanos Marx, me obsequió con unas largas y confusas indicaciones que no arrojaron ninguna luz sobre el lugar en cuestión.

Mientras tanto y confiando en sus promesas de que "aquí" estaba a un paso, arrastré las maletas unos cuantos metros y me dispuse a esperar a un lado de la concurrida entrada. Allí, compartí espacio con un formidable gentío que esperaba alborozado el regreso de algún familiar. Rollizas matronas, exultantes de alegría se contoneaban repartiendo caderazos para abrirse camino, bin, ban, bin, ban y cuando al fin, descubrían al pariente al final del pasillo, se lanzaban a él arropándolo entre su pecho con sus maternales brazos y gritando entre lágrimas toda suerte de parabienes.

Y como la cosa se prolongaba y ya no había pasajeros ni parientes que entretuvieran mi espera, me decidí a llamarle de nuevo y la respuesta fue la misma, estoy "aquí" madame.

Y el dictamen se repitió una tercera, cuarta y quinta vez, hasta que recibí la llamada de un desconocido que me habló en su nombre y que me explicó, en un inglés impecable, que el pobre Ibrahim no había entendido nada y que estaba en la punta opuesta del aeropuerto, perdido y condenado a no encontrarme.

Cuando por fin apareció, nervioso y acalorado, no tuve agallas para decirle ni mú. Me subí al coche y como siempre, nos precipitamos a trompicones en el indomable tráfico de esta ciudad encantada.

martes, 6 de enero de 2009

Un único deseo


He regresado a Colonia, donde pasaré los últimos días antes de regresar al Nilo.

Me recibe una copiosa nevada que deja varios centímetros de nieve. El frío es tremendo, no siento ni la nariz ni la barbilla, debemos estar a varios grados bajo cero. Me encanta la sensación, el aire helado que se cuela por la boca y los copos anidando en el flequillo y las cejas.

Veo que a pesar de la larga ausencia, todavía no he perdido la habilidad para andar entre nieve y hielo sin caerme, aunque de vez en cuando se me escape algún que otro resbalón. En las zonas peatonales se acumulan montones de nieve y a fuerza de caminar se han formado fangosas pistas de barro, nieve y hielo. Inmediatamente asocio esta imagen con el telediario de días anteriores. Los tanques israelíes esperando que los barrizales en los que descansaban se secaran para invadir Gaza por tierra.

Qué vida más horrenda. Apenas hemos celebrado la Navidad, rodeados de lujos, regalos y millones de kilovatios iluminando las calles, mientras en otro lugar del mundo, no tan lejos del nuestro, la gente subsiste en medio de una guerra, sin alimentos, electricidad ni medicinas.

Las imágenes me mostraron montones de hombres y bebés muertos, calles, carreteras y casas destruidas, niños de ojos rojos llorando con las lágrimas más inocentes que haya visto nunca, hospitales cochambrosos donde los gritos horrorizados de las mujeres retumbaban más que las bombas. Y entre tanto, las palabras de los políticos tan bien vestidos y nutridos, sus encuentros, las negociaciones, que seguramente acabarían acompañadas de una cena cara y después, el descanso en cualquier Ritz del mundo. Cuánta ineficacia e hipocresía.

Me avergoncé del calor de mi habitación, de la deliciosa cena que acababa de tomar y de mi capacidad de soportar este tipo de noticias sin que me retumben las entrañas.

Por eso para este año, no quiero más dinero, ni mejor trabajo, ni un armario nuevo o un viaje exótico. No quiero acumular objetos, ni comprar más ropas, ni visitar paraísos caros. Lo que de verdad anhelo es que el conflicto entre judíos y palestinos llegue a su fin, que no se vierta más sangre, que no haya más destrucción, ni más lágrimas ni más gritos. Esto deseo.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

FELIZ NAVIDAD


Desde Colonia, con un invernal cielo plomizo y unas calles rebosantes de vida, os deseo queridos amigos, unos días llenos de paz, júbilo e ilusiones; de deliciosos banquetes, de espumosos brindis y de encuentros inolvidables; días de promesas y planes, de buenas nuevas y de alegrías.

Y entre tanto festejo y celebración portaos bien, que ya sabéis que los Reyes Magos todo lo ven y a los niños malos les traen carbón.

Abrazos.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Mi vida a través de las ventanas


Las ventanas siempre han sido importantes en mi vida de expatriada. El recuerdo de aquellos paisajes que me ofrecieron y que me acompañaron tanto tiempo, me arraigaron a todos los lugares que habité.

Todas las casas en las que viví tuvieron grandes ventanales. Recuerdo, desde el antiguo salón, los días de lluvia, nieve y frío en Alemania. La transformación de los árboles, la caída de las hojas y las crujientes alfombras amarillas, naranjas y marrones que lo cubrían todo, la helada y la esperanza de la floración. Recuerdo cada invierno y la llegada de los primeros copos de nieve y las ventiscas que me sacaban de casa entusiasmada, algo heredé de mi padre, que sentía fascinación por el mal tiempo. Gorbea, mi pastora vasca, corría por el monte como si tuviera que vigilar aquellos parajes. Retozaba y escarbaba hundida hasta la cabeza en aquella espuma helada. Llegábamos a casa patinando, no podía tenerse en pie. Enormes bolas de hielo se le formaban en las patas y liberarla de aquello era una pesadilla.

Años más tarde, las ventanas me mostraron palmeras y buganvilias, jazmines y aves del paraíso; limoneros, mangos e incluso café que yo misma planté. Días eternos de sol y tardes de rayos, truenos y lluvias torrenciales que corrían desenfrenadas calle abajo. Recuerdo el Popocatepetl, esperándome cada día, casi podía tocarlo con mi mano, siempre humeante, unas veces nevado y otras pelado, como si la temperatura interior no dejara crecer nada en la superficie. Y aquellas explosiones, recuerdo la puerta de casa retumbando como si un ejército desbocado quisiera entrar en mi cocina.

Y ahora, veo el Nilo. Lo veo por todas las ventanas, cuando leo, escribo o duermo. De día y de noche, iluminado por los altos edificios de su ribera. De día atravesado por barquitos de pescadores, barcazas de transporte, algún esquiador acuático y unas cuantas piragüistas de pelo cubierto. De noche, la cara más kitsch. Las barquitas de colorines, vestiditas de feria y las luces de neón que iluminan los sueños.

Y mañana, desde otros ventanales, veré de nuevo los días de nieve y frío y en un suspiro, disfrutaré de las verdes montañas y de los cielos grises del primer lugar que habité.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Eid Al Adha. Ritual del sacrificio de Abraham.

Esta semana, El Cairo ha cumplido con una de las tradiciones más importantes para el mundo musulmán, la celebración del Eid Al Adha, fiesta llena de ritual y simbolismo religioso que sigue en importancia al Ramadán y que consiste en el sacrificio de un carnero o una vaca en conmemoración del día en que el bueno de Abraham estuvo a punto de sacrificar a su propio hijo.

Aunque os resulte insólito, el lugar preferido para el ritual suele ser la calle, en las transitadas aceras, delante de comercios y viviendas. Para los más tímidos, la bañera de casa es una buena opción, me dicen. La repartición se hace así, un tercio de la carne se regala a los amigos, otro tercio a los más pobres y el último se reserva para el consumo familiar. El sacrificio, me cuenta Mansour, otorga además, el perdón de los pecados a los miembros masculinos de la familia.

Los días previos a la fiesta, anduve con cierta aprensión observando los preparativos que se hacían alegremente en la mayoría de los barrios. Los carniceros, ampliaban sus negocios sacando toldos que cubrían las aceras e iluminaban la calle, asegurándose de que su particular exposición no pasara desapercibida a nadie. Por encima de nuestras cabezas, colgaban los pobres animales que ya habían pasado a mejor vida, desollados, tatuados y listos para el despiece. Caminar en esos días por ciertas calles se convirtió en un juego de concentración para conseguir esquivar los traseros de los animales y no cabecear por distracción contra ellos.

Y así, en cada esquina, iba recopilando nuevas experiencias. En la puerta de uno de los restaurantes más chics de la ciudad, en plena avenida 26 de julio, unos vendedores habían improvisado un establo al aire libre y allí estaban los animales vivos, despeinados y con cara de susto, esperando al piadoso comprador que emularía con ellos al bíblico Abraham. Miré como sin querer ver, con los ojos entrecerrados y les vi ojos de martir. Conté las horas que les quedaban, pobres, pensé y ellos sin saberlo.

En mi barrio, también se veía el trajín. Una tarde, le pillé al bauab del edificio contiguo transportando a un carnero de tremenda ornamenta dentro del carrito del supermercado, ya sabéis, ese en el que normalmente llevamos el pan y la leche. Así, corrió serpenteando por la carretera con el asustado animal pegando brincos hasta que se perdió de mi vista. Otros, menos organizados intentaban arrastrar al bicho sin cuerda ni atadura alguna. Le agarraban de las patas delanteras y así a la brava pretendían hacerle andar. Puse el grito en el cielo y me tapé los ojos, cosa que sólo consiguió despertar la hilaridad de aquellos improvisados matarifes.

Y llegó el día en cuestión y como ya me habían prevenido de que durante las primeras horas, la mayoría de las aceras de El Cairo se convertirían en altares de sacrificio, decidí quedarme atrincherada en casa para esquivar el espectáculo que habría de convertirme en vegetariana para el resto de mis días.

A primerísimas horas de la mañana, cuando todavía me cobijaba el calor de la cama, me despertaron, como si de una inmensa colmena se tratara, millones de voces de El Cairo unidas en la misma plegaria, el balido de los corderos, las oraciones de los muhecines, los sonidos de cada casa, las voces de cada hombre, de cada mujer, de cada niño. Y toda esa fascinante música, unida a un inmenso y extraño silencio provocado por la total ausencia de coches.

Rondando el mediodía, cuando ya creí pasado el peligro, oí el estruendo de un chorro de agua a presión en el patio de nuestro edificio y con curiosidad insana, me asomé a ver qué pasaba. Y allí estaba el bueno de Mohamned, mi bauab, otra vez arremangado hasta el muslo y enseñando sus patitas con sus chancletas de goma. Me temí lo peor cuando le vi de esa guisa, poniendo orden y limpieza en el lugar donde se había dado matarile a algún pobre animal. De él sólo quedaba la despeluchada piel, blanca y negra que arrastraban entre dos hasta los contenedores de basura. El agua hacía el resto y mezclaba y diluía los fluidos en el asfalto.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Habitantes de El Cairo. Gente extraordinaria.

Esta vez , no soy yo la protagonista del suceso que relato, le ocurrió a P. y quien le conozca sabrá que sólo a él le pueden pasar estas maravillosas historias. Me cuenta así:

"Estaba en una de esas concurridas calles del casco antiguo intentando coger un taxi. Ya sabes que es cuestión de segundos que alguien pare a tu lado, me dice. Al primero que baja la velocidad, le grito al modo cairota "Zamalek" y ante mi sorpresa pisa el acelerador y sigue su camino. Me quedo perplejo, pero en cuestión de segundos, tenía al siguiente al lado. Esta vez lo hice a mi manera, así que me subí sin preguntar y cuando estaba cómodamente sentado dije de nuevo, "Zamalek" y como siempre funcionó, el taxista arrancó sin más preámbulos.

Después de un rato, miro al conductor y veo que me observa curioso. En seguida me dice, usted sabe que esto no es un taxi, no? y al ver mi cara de sorpresa añade tranquilizador, "don´t worry sir, no problem".

En ese momento me doy cuenta de que con las prisas me he debido subir en un coche particular, seguramente engañado por su aspecto exterior, bastante deteriorado. Me río a carcajadas de mí mismo y de semejante situación y le pido abochornado que disculpe y que pare.

Me mira muy tranquilo y me dice, no hombre, no, le llevo a donde quiera. Vaya situación, no sé qué hacer, pero me insiste tanto, que me quedo. Entonces, de manera espontánea entramos en conversación y me doy cuenta de que mi improvisado conductor es un hombre pobre pero culto, me dice que es profesor de inglés y eso se nota inmediatamente porque habla el idioma muchísimo mejor que los taxistas que frecuento. En el trayecto tenemos tiempo de hablar de política, de la pobreza en esta enorme ciudad de 22 millones de habitantes y de las enormes dificultades existentes para cambiar las cosas.

A esas horas encontramos muchísimo tráfico, una cosa de locos. A pesar de las enormes colas, va aprovechando cada hueco y adelanta un coche detrás del otro y yo, sacando la mano, le ayudo para que le dejen de nuevo incorporarse a la larga caravana. "Mi profesor de inglés" se dobla de la risa y dándose palmadas en la pierna me suelta, "usted conoce ya nuestro sistema" y suelta una sonora carcajada.

Entonces, como volviendo a la realidad de este mundo, me dice serio, por qué a los europeos no les gustan los niños? me deja perplejo y le digo, de verdad crees eso? pues claro, vosotros apenas tenéis hijos, míranos a nosotros, aunque pobres, nuestras familias son grandes y los chiquillos corren por todas partes... y de nuevo nos enzarzamos en una discusión sobre el sentido de la vida, la pobreza y riqueza en el mundo.

El tiempo pasa volando y sin darme cuenta estoy en la puerta de casa. No se qué hacer, no se si puedo ofrecerle dinero sin ofenderle. Al final, le agradezco tremendamente el favor, le estrecho su mano y le deslizo con mi mejor intención un billete, le va a hacer falta. Me mira agradecido y sigue su camino. Entonces, me doy cuenta de que no le he pedido el número de teléfono...quizá quiera trabajar ocasionalmente de chófer...pero para cuando me doy la vuelta y miro, es demasiado tarde, él ya se ha perdido en el tremendo tráfico de El Cairo".

lunes, 1 de diciembre de 2008

Mercados de Doha. El Waqif, blanco y negro con mucho color.

A primera vista, Doha me pareció una hermana de Dubai sólo que más joven y manejable. Una ciudad planeada y levantada en unos pocos años, siguiendo un minucioso plan de crecimiento. Algo así como una magnífica casa nueva, amueblada de un tirón y carente de objetos que puedan contar la historia de sus habitantes.

El Museo de Arte Islámico, obra de Ieoh Ming Pei, no estaba abierto al público. Según lo expertos, cuenta con una colección de arte importantísima atesorada por la familia real qatarí en las grandes casas de subastas internacionales. Para la próxima, visita obligada.

Tomé otro rumbo y decidí echar un vistazo al centro de la ciudad y ver de cerca todos esos deslumbrantes rascacielos que recortan el horizonte y llenan la noche de brillantes parpadeos. Después, una vuelta por la Corniche, siete kilómetros de paseo junto al mar, especialmente concurrido por las noches. Y para terminar, una visita a El Waqif, el zoco original de Doha, que ha sido reconstruido según el aspecto que tenía a principios del siglo XX, cuando era lugar de encuentro de beduinos comerciantes. Y de todos ellos, este fue el lugar que me entusiasmó.

El Waqif ha sido reconstruido y ampliado recientemente, para dar cabida a cientos de comerciantes. Personalmente prefiero los lugares viejos, exóticos, llenos de colores y delicados olores a incienso y cardamomo, pero este, a mi parecer, olía todavía a nuevo. Sin embargo, me fascinó encontrar en aquellas estrechas calles un auténtico ambiente qatarí, ver a su gente, a menudo oculta a nuestros ojos, desenvolviéndose en su quehacer cotidiano, en las tiendas, las plazas, o paseando entre el gentío y las terrazas.

Me asombró cruzarme con tantos hombres y mujeres de porte orgulloso, envueltos en sus elegantes trajes tradicionales, blancos o negros. Era la primera vez que les veía fuera de la privacidad de los hoteles y sentí que me encontraba en un entorno sumamente exótico que me recordó los relatos del antiguo Oriente.

Entre restaurantes, galerías de arte y terrazas había comercios que ofrecían brillantes tejidos, pequeñas sastrerías donde encargar una camisa típica o un traje a medida, tiendas de halcones adiestrados para la cetrería, barreños de exóticas especias, talleres de instrumentos musicales, alfombras, oro y artesanías. Las mujeres beduinas sentadas en el suelo, vestidas de negro y cubiertas con una máscara de bronce, ofrecían comida, pequeñas alfombras artesanales o tatuajes de henna y las menos, se prestaban resignadas a hacerse una foto con algún turista, por suerte escasos.

Para acabar el día, me incliné por un té con menta fresca, en una terraza bien concurrida. El lugar debía ser muy popular porque en pocos minutos se habían ocupado casi todas las mesas. Los asientos preferidos eran unos enormes sillones acojinados que se podían compartir y que estaban ocupados en su mayoría por amigos de cierta edad que charlaban animadamente.

Al frente había un grupo de músicos, sentados en enormes cojines orientales, tocando folclore de la región, mientras los espectadores les jaleaban con palmas. Desde mi silla observé al resto de los clientes, todos tocados y vestidos de blanco inmaculado y es entonces cuanto tuve la sospecha de que estaba sola entre montones de hombres. Buscando alrededor, descubrí que las mujeres estaban sentadas en otra zona destinada a las familias y las más jóvenes, subidas en la terraza del tejado fumando shisha. La idea me puso algo nerviosa, me disgusta saltarme las reglas de otras culturas, pero vi que nadie me miraba, la cuestión parecía no interesarles en absoluto, estaban a lo suyo, felices, así que me relajé y uní a la fiesta haciendo sonar mis palmas al ritmo de los instrumentos.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Desayuno en Qatar

Estoy esperando a que me traigan el café. Los de la mesa de al lado, en este momento ausentes, deben ser árabes. Lo supongo porque del buffet han elegido varios platos con pepinillos, cebolletas, apio y zanahorias en vinagre. Tomate, queso, alcaparras y aceitunas, montones de aceitunas verdes y negras para desayunar. Sí, deben ser árabes porque también tienen dos cuencos con foul (alubias).

De la observación paso al juego cuando descubro alborozada que efectivamente no me he equivocado. Esos señores de perilla azabache, con elaborados tocados palestinos y que acaban de regresar a su mesa, no pueden ser suecos.

Voy a por el siguiente, un grupo sentado frente a la ventana que me lo pone bastante fácil. Tienen hot dogs falsos de ternera con ketchup, cereales, huevos y montones de deliciosas cochinadas tipo donuts, una engordadera, vamos. Aunque esta comida podría delatar la procedencia de los comensales, son sus dimensiones y maneras, las más acusatorias. Pero como yo no estoy aquí para herir sensibilidades, diré sin más que son sujetos que vienen del frío. Se mueven con la soltura del conquistador, levantando el aire entre las mesas. De dos palmadas ordenan más café con un desparpajo que contrasta con la candidez e inseguridad que siente el servicio, la mayoría asiático.

Con disimulada atención me dedico de nuevo al grupo de qataríes, me parece mucho más exótico. Todos ellos conversan recatadamente y refuerzan lo que dicen con un cierto juego de manos. A pesar de la distancia que los separa en la mesa, no levantan la voz, no se les oye. En algún momento, semejante sigilo me lleva a pensar que quizá uno de ellos, el de mímica más fuerte sea sordomudo, pero parece que no. En contraposición, el grupo de los donuts está empeñado en que todos conozcamos sus alegrías y miserias y garantizan el éxito de sus objetivos utilizando todos los decibelios a su alcance.

Me acabo mi café y salgo. Así, desde la distancia y sin hacer grandes análisis me pregunto cómo van a llegar a entenderse estos dos pueblos, tan diferentes en sus maneras, cómo combinar cebolletas en vinagre con crema de cacahuete?

viernes, 21 de noviembre de 2008

El Festival Internacional de Cine de El Cairo. Una historia que va de flashes y olvidos

Hace un par de días comenzó el festival internacional de cine de El Cairo con España como invitado de honor.

No se si lo sabéis, pero Egipto tiene una industria cinematográfica importantísima, que exporta a todo el Medio Oriente no sólo películas, sino también telenovelas de éxito y que mantiene a todo el mundo árabe, literalmente, pegado a la pantalla. Todas estas historias de diversión o pasión, de ahora te quiero, ahora te odio, me caso contigo o te abandono y los litros de lágrimas vertidas, han conseguido lo que el profesor más hábil jamás hubiera soñado y es que en el resto de los países vecinos, desde la abuela analfabeta hasta la nieta, más leída, hayan aprendido a través de estas historias el idioma coloquial árabe-egipcio.

Pues bien, el día de la inauguración del festival me tocó currar y tuve que dejarme caer por allí. Desde una posición privilegiada, pude contemplar a todo el repertorio de estrellas nacionales e internacionales que fueron paseándose por el magnífico Cairo Opera House. Entre otros estaban Susan Sarandon, de marrón y tambaleándose en unas plataformas imposibles, Goldie Hawn, como una quinceañera de sonrisa traviesa (que alguien me diga qué edad tiene esta mujer, plis), Julia Ormond, muy mona y divertida y haciendo de maestro de ceremonias, como no, el fantástico Omar Sharif.

El inicio del espectáculo se retrasó un buen rato y conservar mi estratégico sitio y otros más que tenía en "custodia" me costó lo mío, porque cada vez que me levantaba, alguna voluptuosa actriz egipcia se empeñaba en ocuparlo. Me vino muy bien no saber quién era quién, ni conocer la importancia de todas aquellas mujeres de melenas rizadas, para poder decir sin escrúpulos ni vergüenzas que hicieran el favor de buscarse otro sitio que no estuviera reservado. Pero claro, la misión era imposible y sino me creéis, imaginaros que tenéis que arrancar de vuestro asiento a la Carmen Maura egipcia, por ejemplo.

Fue una noche de maquillaje y pelucas, sedas, lentejuelas y algunos litros de silicona bien y mal repartida. El evento discurrió en medio de la improvisación, unos entraban al escenario y otros salían sin saber muy bien qué hacer o dónde colocarse, mientras Mr. Sharif, que tiene un talento increíble para restar importancia al desorden, hizo que aquella gala fuera uno de los espectáculos más divertidos a los que he acudido.

Después de un par de horas, cuando ya se habían repartido montones de estatuillas, la diversión llegó a su fin y se acabó la fiesta. Nada raro, por otro lado, si omito un "pequeño" detalle y es que en medio de aquel barullo, se había clausurado la gala sin presentar a los actores españoles invitados que esperaban su entrada triunfal tras bambalinas.

Os digo una cosa, estas situaciones ponen los ánimos bastante caldeados, pero en este caso, se tomó todo con mucha diplomacia y buen humor. Se improvisaron palabras de última hora y se sacó a todo el grupo a saludar. Se oyeron aplausos, alguna ovación para contrarrestar y la cuestión no pasó a mayores.

Al final de la noche, me reafirmé en el convencimiento de que se es mucho más feliz cuándo se acepta sin grandes aspavientos, que las cosas pueden no funcionar como uno quiere, cuando comprendes que lo que es importante para ti, no vale nada para otros, entonces libre de carga, disfrutas de lo que ves y recibes. Y aquella noche, fue así para muchos.

Nota: las fotos están sacadas del daylife.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Entre nubes blancas llego a Omar Sharif

Cada vez estoy más convencida de que es inútil enfrentarse a algo, cuando la batalla está perdida de antemano. Por eso, he aprendido a cambiar confrontación por adaptación, en este peculiar país que me ha acogido lleno de jolgorio y desvarío.

Para meteros en harina, explicaré lo siguiente. En El Cairo cada piso tiene dos puertas, la principal y otra situada en la cocina. Por esta puerta, que da a una estrecha escalera interior y que desemboca en el cuartito del bauab, los vecinos sacan las basuras que cada mañana recoge el basurero sin ser visto. Tengo que deciros que este lugar no brilla precisamente por su limpieza. En todos los edificios, por muy "representativos" que sean, ese lugar puede ser una auténtica caja de sorpresas. Yo abro y cierro esa puerta cada noche, con el mismo recelo que si se tratara del acceso a un gran agujero negro.

Bueno, ya introducidos, la historia sigue así.

Hoy escucho unos golpecitos misteriosos en la puerta de marras. Vaya, vaya, pienso, debe ser
Mohamed, el bauab que necesita algo...Entro en la cocina y abro la puerta del "más allá". Allí delante, bien tieso, me lo encuentro, con la galabeya anudada en la cadera y con las patitas medio al aire. Me mira y me dice con gestos, no abra esta puerta hasta mañana y se agarra la nariz con cara de asco...

Intento descifrar el por qué de este misterioso comunicado, pero no han pasado ni siquiera unas décimas de segundo cuando veo una enorme nube blanca que corre escaleras abajo y un tufo ácido se me cuela rápido por la nariz. Mohamed, que se ríe de todo, suelta una cadena de carcajadas y yo, haciendo gala de mis malos modales, le doy con la puerta en los morros y corro, ya sin tiempo para otra cosa, a cerrar, por lo menos, la puerta que lleva al resto de la casa. Manda huevos, están fumigando sin avisar.

Me atrinchero en la habitación más alejada, pero el insecticida se cuela por todas las rendijas y me obliga a abrir puertas y ventanas. En unos pocos minutos, no hay quién pare. El olor llega a todas las esquinas y empiezo a pensar en salir corriendo, pero por dónde?. Lanzo nosecuantos juramentos y mentalmente busco al culpable de semejante iniciativa entre los vecinos más antipáticos. Juro venganza.

Me tomo un minuto para pensar y aplico la premisa de evitar rabietas, en esta ciudad especialmente, no arreglan nada. Así que me siento en la terraza a esperar a que la guerra química pase. Y mientras espero, miro el Nilo, lleno de pequeños barquitos que lo cruzan y empiezo a repasar mi vida en El Cairo, llena de episodios como este y que por alguna razón que todavía no conozco, acabaron siempre produciéndome risa.

Por la noche bajo a la calle y me encuentro a Mohamed, como siempre sentado en su banco con sus coleguitas. Le miro y esta vez, soy yo quién se agarra la nariz con cara de asco y sacudo la cabeza en señal de desaprobación. Mi cara le hace retorcerse de la risa y no consigue articular palabra. Qué poco fuste tienen, pero cuánta alegría, además contagiosa.

Sigo derechita saltando agujeros y esquivando obstáculos. Rápido me meto en el bar al lado de casa y me siento en la barra, codo con codo con el actor
Omar Sharif (Doctor Zhivago, Lawrence de Arabia...). Os digo que este hombre, que será muy mayor sigue siendo guapísimo, tiene un estilo fantástico y un pelo blanco espectacular...ha tenido que ser un cañón, vamos.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Sobre los tejados del barrio judío.

Seguimos en la ciudad antigua de Jerusalén. El barrio árabe se transforma en judío en sólo un par de metros. El cambio es sorprendente. Es como saltar de un mundo a otro sin que nada lo advierta. Ya no hay calles llenas de tiendas, ni vendedores zalameros, el bullicio del mercado oriental desaparece como en un sueño.

El ambiente es tranquilo, las calles limpias. Hay varios museos, escuelas de tora, sinagogas y una antigua calzada romana que atraviesa parte del barrio con gran encanto.

Me cruzo con hombres de rostros graves, barbas largas y patillas con tirabuzones, pantalones hasta la espinilla y abrigos negros. La mayoría lleva un
kipá de terciopelo y encima un sombrero de ala que debe ser, por lo menos, 2 tallas menos porque deja a la vista toda la frente. Un comerciante me señala con el dedo hacia arriba. Sube esas escaleras y tendrás las mejores vistas de la ciudad, me dice, luego vienes y visitas mi tienda.

Las escaleras que me indica no prometen nada sorprendente, pero me equivoco. De un brinco, me coloco encima de los tejados de Jerusalén, con vistas magníficas y descubro una singular ciudad paralela.

Veo gente transitando de un lado a otro, por unas improvisadas "calles" que discurren sobre los tejados. Es como si se tratara de un microcosmos vecinal. Camino por aquel mundo sorprendente y me asomo a muchos barandales. Desde uno de ellos descubro, por casualidad, el muro de las lamentaciones. Hay hombres y mujeres rezando, separados por un muro de ladrillo. Qué imagen tan común en las mezquitas, veo que semejante costumbre segregacionista debe tener más que ver con hombres que con dioses.

Me siento en un saliente a contemplar la cúpula dorada de la mezquita de Al Aqsa, más dorada que nunca por la luz del atardecer. Los gatos, haraganeando, están en su ambiente. Cuando más apacible se muestra todo, veo que se acerca un hombre judío con una pistola en la mano. Leches! eso no es lo que uno espera encontrar ahí arriba, no?

El tipo en cuestión, se acerca vigilante. El estómago me da un vuelco, me quedo helada. Intento levantarme sin llamar mucho la atención, arrgggg quiero volver a la calle. Le agarro a P. y me acerco a las mismas escaleras estrechas por las que subí. Cuando me dispongo a bajar, de cabeza si hace falta, una veintena de soldados armados hasta los dientes, quieren subir y me tengo que hacer a un lado, las armas me convencen.

No sé si alegrarme o directamente desmayarme. El tipo del "kit" pistola-kipá, da media vuelta y receloso, se va en dirección contraria y yo, libre ya el camino, vuelo escaleras abajo y me adentro en otra realidad. De lo que pasó arriba, sé tan poco como vosotros.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Color, bullicio y pólvora. El barrio musulmán de Jerusalén.


Entro a la vieja Jerusalén por la puerta de Damasco, la zona palestina de la ciudad amurallada. El gentío es impresionante, no cabe un alfiler. Atravieso la puerta a trompicones, entre puestos de calzado, telas, dulces, y carnes recién asadas. El olorcillo rico me envuelve, pero lamentablemente me lo llevo pegado en la ropa durante toda la mañana.

Las calles, estrechas, están llenas de pequeños bazares. El ambiente es como el de cualquier mercado árabe, bullicioso y colorido, con notas musicales que cambian de tienda en tienda y montones de niños corriendo y alborotando. Los vendedores, sentados a las puertas de sus negocios charlan animadamente, pero sin perder el hilo del negocio. Según paso, se levantan y me tientan con toda clase de mercancías, el regateo está servido.

En esta zona, hay muchos militares. Chicos jovencísimos portando armas que realmente impresionan y que me parecen totalmente innecesarias. Todos están en grupos y veo a unos, especialmente jóvenes, que se dejan fotografiar por unos turistas.

W. que ha vivido los últimos tres años en la ciudad, me dice que hay mucha crispación en el ambiente por tantas heridas abiertas. Y lo creo, cada uno apartado en su gheto, no se cruzan, no se miran, unas veces se ignoran, otras se matan.

Sigo por la vía dolorosa, el lugar por donde, según el relato bíblico, Jesús arrastró la cruz. La estrecha calle empedrada está igualmente abarrotada de pequeños comercios. Por si estos no fueran suficientemente bulliciosos, tenemos, además, hordas de turistas con guía incluido que dan a grandes voces las explicaciones, mon dieu! Si desde luego alguno quiere concentrarse y ponerse en situación histórica, lo tiene crudo.

Entro en una tienda y quiero comprarme un pastelito árabe de hojaldre, pero sólo quiero uno porque son muy dulces y luego me sientan fatal. El pequeño hombrecillo me deja escoger y además me regala 4 bolitas de dulce de miel frito. Salgo entusiasmada con mi regalito y pienso que los comerciantes árabes tienen una gracia especial.

Bajo unas escaleras y después de pasar un arco, las calles cambian y el ambiente también. Entonces sé que me encuentro en el barrio judío.

martes, 4 de noviembre de 2008

Entre los muros de Jerusalén

Desde la posada de peregrinos San Paulus veo, por primera vez, los muros de Jerusalén.

La posada está situada en la parte palestina de la ciudad y para llegar hasta ella, he tenido que arrastrar mis maletas los últimos 200 metros. El taxista, judío, no ha querido atravesar ese muro invisible que corta la ciudad y divide a sus gentes. Me bajo sin hacer preguntas, pero con el propósito de entender esta guerra agazapada en cada rutina.

Dejo las maletas y de dos en dos subo los escalones que me llevan a la terraza. Desde allí, tengo una vista privilegiada de la ciudad amurallada.

Realmente me impresiona la carga histórica y religiosa del lugar, a pesar de que decidí desprenderme de esta última hace ya algunos años. A vista de pájaro distingo, la iglesia del santo sepulcro, alguna sinagoga desconocida, la famosa cúpula dorada, símbolo de Jerusalén y muchas otras pequeñas cúpulas sin nombre. Abajo, en la calle, hay un mercado oriental en plena ebullición que me devuelve a la realidad. Todos gritan al unísono y lo raro, parece que se entienden. El puesto más codiciado, uno de sujetadores inmensos azules y rosas, donde hay hasta cola, lo juro.

La ciudad, de calles estrechísimas, está repartida entre musulmanes, judíos, cristianos y armenios. Después de visitar algunos lugares emblemáticos, prefiero caminar sin rumbo fijo, perderme por las calles y observar a sus gentes.

Pasar de un barrio a otro es cambiar de mundo y de realidad en segundos. El decorado se transforma, los edificios, las tiendas, la indumentaria de sus habitantes, los colores y olores, la extrema limpieza o su tajante ausencia.

A pesar de todo, veo que comparten algo, montones de turistas en trance y grupos de militares armados, dispuestos a meterle un tiro al que alborote.

Luego, más...

viernes, 31 de octubre de 2008

En el mercado del Carmel en Tel Aviv


Siempre que puedo, visito los mercados de los pueblos y las ciudades, porque entre líneas te cuentan historias de sus gentes. Esta mañana he paseado por uno lleno de color, el mercado del Carmel en Tel Aviv.

En sus puestos he encontrado, las granadas más grandes y rojas que he visto en mi vida y las berenjenas más pequeñas. También unas manzanas verdes llenas de "defectos" pero tan aromáticas como las que crecían en los árboles de mis veranos infantiles.

Puestos de zumos. Naranja, pomelo, manzana, apio y uno de granada realmente delicioso. Especias de todos los colores y olores, mezclas picantes que cortaban el aire, aceitunas verdes, negras, marrones; unas tersas, otras arrugadas, machacadas, escurridizas y brillantes, perfectamente colocadas en cuencos de metal.

Venta de panes, bollos, quesos, carnes, bragas, calcetines, colonias y cremas. "Cuatro por cien" me dice el de los calzoncillos, enseñándome la masa de pan con queso que da vueltas en su boca. Algo se le escapa entre los dientes y aterriza en la "A" falsa de Armani.

Veo rasgos que no puedo identificar, a veces me parece que estoy en el sur de Francia, otras veces en cualquier lugar de Alemania, Rusia o España. Esta gente lleva la historia de los últimos 2000 años escrita en la cara.

Me vuelvo y veo varias cabezas cubiertas con el kipá. Son las que me recuerdan donde estoy, Israel.

jueves, 30 de octubre de 2008

TEL AVIV y los efectos secundarios.


Esto de andar de un lado a otro por el mundo, tiene sus efectos secundarios.

Hoy me he despertado de madrugada, con un brinco me he sentado en la cama y me he preguntado, pero dónde estoy? Como la respuesta no acababa de llegar he zarandeado todavía medio dormida a P. quién a su vez ha pegado un brinco y con cierta incredulidad me ha soltado, cómo que en dónde estamos? no sé!

Como yo seguía insistiendo, ha tenido que abrir los ojos y concentrarse, entonces soltó la respuesta que me tranquilizaría: Tel aviv. Claro! Tel aviv! llegamos anoche! ahhhhhhhh...esto fue suficiente, me escurrí cama abajo y tapándome hasta la nariz me dispuse a seguir durmiendo.

Y esta mañana, con un sol radiante, he salido a ver cómo sería la desconocida ciudad que ya una vez, me había quitado el sueño.

Si me preguntáis qué esperaba encontrarme, os tengo que decir que no lo sabía ni yo. Por un lado, tenía en la cabeza la importante carga bíblica que lleva toda esta zona, el rey David, Galilea, Belén, los corderitos, ya me entendéis y por otro la imagen de un país quizá marcado por su permanente conflicto bélico.

Sin embargo, Tel aviv es una ciudad moderna y llena de vida. Tiene la misma luz y vibrantes colores que muchas otras ciudades en el mediterráneo y es, sin duda, mucho más abierta que sus vecinas árabes. Sólo tienes que echar un vistazo a la playa, llena de sombrillas, tumbonas y bikinis. El panorama es como en cualquier playa del mundo, nada de bañarse vestida con largos hábitos negros o embutida en un neopreno negro a lo Cousteau.

En el malecón hay mucha actividad desde primeras horas de la mañana. Madres paseando con sus hijos, deportistas y jubilados estirando las piernas y montones de terrazas donde ver el mar tomándose una caña. Sí, una caña! aquí opera la misma ley que en el resto del mundo, "No se sirve alcohol a los menores de 18 años" , el resto puede hacer con su hígado lo que quiera y esto, para alguien que vive en el mundo árabe, donde no es fácil que te den un vino, supone una agradable sorpresa.

Continuará...