Y de la noche a la mañana me vi expatriada en El Cairo, viviendo entre pirámides, gatos resabiados y turbantes blancos...

lunes, 31 de agosto de 2009

Ramadán y el canto del muecín.

Estamos en Ramadán, la única época del año donde el ritmo cardíaco de El Cairo, ciudad-hervidero baja tanto, que uno llega a preocuparse por el compás de sus latidos y el buen estado de su tensión arterial.

A ciertas horas de la tarde, el silencio, la ausencia de tráfico y el recogimiento de la gente, me llenan de asombro, como si la ciudad se transformara por unos minutos, en otra que no es, distante, taciturna, pero sobre todo modosa, sí, eso es, modosa.

Un paseo en los momentos que preceden al fin del ayuno, es una experiencia única para los que vivimos aquí. En este momento del día, cuando el sol está a punto de perderse, la ciudad se queda en silencio, las calles, tiendas, puentes y avenidas se vacían como por arte de magia. Es algo que impresiona, acostumbrados como estamos, a las calles-hormiguero, que nunca descansan, que no dan tregua.

Os confieso que me arrebata la sensación tan novelesca que produce el paisaje, como si parte de la humanidad hubiera desaparecido de la tierra repentinamente y sin dejar pistas.

Me encanta correr escaleras abajo, de un brinco plantarme en la calle y mirar en todas direcciones para confirmar que aquellos personajes que me rodean durante todo el año, veinticuatro horas al día, se han esfumado sí, esfumado de un plumazo. Sólo el reguero de dulces aromas árabes que se desliza por las rendijas de puertas y ventanas, revela de alguna manera semejante y súbito abandono.

Y es que ha llegado el momento más importante del día, la hora en la que todos los devotos musulmanes están en sus casas, sentados ante una mesa repleta de delicias y con el oído atento esperando el canto del muecín, que anunciará el fin del ayuno desde los cientos de minaretes que salpican la ciudad. Es el disparo al aire, el sonido del silbato, la señal de que la carrera ha empezado.

Entonces, la calma se transforma en júbilo y las voces se alzan. Los víveres circulan por las mesas calmando la ansiedad y la penuria pasada durante el día. Se arma la de San Quintín, gastronómicamente hablando, claro. A partir de ese momento y hasta que el sol asome por el horizonte, la noche transcurrirá entre copiosas comidas y largos maratones de telenovelas en televisión. La hora de ir a la cama, nunca llega.

Y al día siguiente, mejor no preguntes por nadie, la ciudad se despereza a la hora que le parece y empieza lánguidamente otra larga jornada de ayuno. El día se vuelve noche y la noche día.

jueves, 20 de agosto de 2009

El Cairo, "La victoriosa", la que siempre gana.

Tardé algunos días en acostumbrarme a la idea de que enseñar los brazos no tiene un significado especialmente erótico en nuestra cultura, me costó ver que es algo normal, que las piernas también se muestran, el estómago, la espalda y si me apuras el trasero, oooole.

Nadie que no haya vivido en alguno de estos países del Oriente comprenderá la felicidad que sentí con tal descubrimiento y la rapidez con la que recordé mis raíces y tiré por la ventana camisetas interiores, recatados escotes y cualquier prenda a la que me hubiera acostumbrado por necesidad y no por voluntad, ya sabéis de lo que hablo.

Pero semejante emoción fue efímera, como todo en esta vida y ahora, de vuelta en "La Victoriosa", me cuesta volver a la rutina y acostumbrarme a que lo normal es el recato llevado hasta el martirio y digo esto, porque no me imagino cómo deben sentirse las cada vez más numerosas mujeres que se esconden bajo rígidos atavíos dejando ver apenas sus ojos y soportando temperaturas de más de 40 grados.

Camino por las calles redescubriendo mi barrio, escucho los silbidos alocados que salen de las casetas de policía, los mismos con los que a veces llaman a los animales, no me vuelvo. No entiendo sus palabras, pero L. me dice que susurran impertinencias, hacen proposiciones deshonestas o hablan del tamaño de sus miembros. Me da un escalofrío, nunca pensé que la ignorancia lingüística tuviera alguna ventaja, pero yo, por lo menos, le encuentro una, me ayuda a atravesar las calles sin que me produzca vértigo.

Llego a la torre y subo en el ascensor con un hombre mayor. En el brazo lleva un ramo inmenso de unas flores que no conozco. Huelen como las camelias pero son de tallo muy largo. De reojo veo que corta dos o tres y rezo para que no se le ocurra ofrecérmelas, el paseo matutino me ha puesto los pelos de punta y sólo quiero pasar desapercibida.

El hombre se acerca y me obsequia tres flores, frescas, blancas y aromáticas. Me las ofrece con mirada limpia, sonrisa sincera y un desinterés tal que me conmueve profundamente.

Llego a la planta alta y miro a mi alrededor a través de los cristales. Es mi reencuentro con las pirámides, con Saqqara, Dahshur
y el desierto. Me adelanto y mi vista atraviesa la ciudad, el Nilo y llega hasta la ciudadela. El panorama me sobrecoge, como siempre. Según paso voy escuchando los alegres buenos días, llegan los abrazos, las bienvenidas, las sonrisas y las risas. Me meto en la rutina con la misma sensación de siempre, que El Cairo te da de todo, bueno y malo y de todo en grandes dosis.

sábado, 18 de julio de 2009

Cerrado por vacaciones.

Llegó la hora del descanso, de cambiar por unas semanas la polvorienta canícula cairota por paisajes verdes, mares azules, cremas solares y chancletas. De saltar del Mar Rojo al Mediterráneo.

Perderé de vista a los miles de gatos consentidos, a Mohamed, los juegos de Backgammon, al farmacéutico de la moto o al recadista del supermercado. Dejaré de ver los recatados atuendos, los largos hábitos negros, las galabeyas y los turbantes. Desaparecerán los somnolientos policías y sus casitas de madera, los turistas narirojos y los taxistas avispados.

Y llegará el momento de dormir más, uauuuuuuu, de disfrutar del souflaki, del tsatziki, del kalathaki y del sirtaki y de los amigos, sobre todo de ellos, aunque no acaben en "ki". Y que sepáis que os echaré de menos, pero volveré, seguro que volveré con fuerzas renovadas y con ganas de contar como sigue la insólita e irrepetible Al-Qahira.

Así que besos, muchos besos y también abrazos y mis mejores deseos para la época estival.

sábado, 11 de julio de 2009

Asuntos domésticos.

Llegué a la iglesia Anglicana de Todos los Santos a una hora del día en la que el sol apretaba sin compasión y me dirigí rápidamente a la oficina de refugiados que se encuentra en el sótano del edificio central. Bajé por unas estrechas escaleras y el aire se volvió denso, sofocante, pobre en oxígeno pero rico en fuertes aromas, irrespirable.

Salí a una sala de espera, repleta de hombres y mujeres de ojos rojos, silenciosos, que me condujo a unos cubículos desde donde se reparten, diariamente, alimentos, gestionan ayudas y lo más importante, se consiguen empleos para muchas familias de refugiados africanos.

Allí me esperaba John, pulcro y sonriente, sentado en un despacho donde apenas cabía una pequeña mesa de camping destronchada y una silla de plástico. En la pared, unos anuncios ofrecían personal entrenado en tareas de limpieza, mayordomos y amas de llaves, planchadores, cocineros, conductores, todos ellos refugiados en Cairo.

Después de charlar un rato, me prometió enviarme a una persona confiable y con experiencia. La idea de ayudar a alguien en semejantes circunstancias me ayudó a pasar, más optimista, por aquella abarrotada sala de espera, aunque no pude evitar pensar quién sería el afortunado y cuántos seguirían esperando su oportunidad y viviendo de la caridad.

Y así fue como Steven llamó esta mañana a mi puerta.

Steven, al igual que Farris es sudanés, de unos 30 años, alto, flaco y magro. Se ha presentado vestido con camiseta blanca, vaqueros y unos zapatos blancos de larga y rizada puntera, que harían las delicias de Alí Babá. Tiene la piel negra azabache, lisa y lustrosa como pocas veces he visto y una amplia sonrisa blanca que ilumina su rostro.

- Entonces, le digo,
tienes experiencia en limpieza de casas, ¿verdad?
- Sí, madam.
- Pues cuéntame,
¿dónde has trabajado?
- Para white men, madam.
-
¿¿¿White men??? le digo con los ojos muy abiertos. White men hay muchos, ¿con cuál de todos?
- American madam.
- Y
¿qué trabajo hacías?
- Me responde con señas, gesticulando, como si escurriera una fregona o quitara el polvo.
- Y
¿por qué no trabajas ahora con ellos? le hago la pregunta clave.
- American go America.

Veo que es inútil seguir indagando y además me doy cuenta de que se ha aprendido la última respuesta , es lo que dicen todos y no estoy muy segura de que sepa lo que es un trapo o el fairy y el windex. Me quedo callada pensando por dónde salir.

El caso es que Steven me ve dudosa y se teme lo peor, así que me explica en un arranque de elocuencia, cómo se deben limpiar los cristales de una casa: "Clean water or clean windex or clean cloth or newspaper" y a continuación los suelos: "Floor no water, yes Pledge, sometimes no" y qué queréis que os diga, con semejante gracia se ha ganado el trabajo.

Como todo esto ha ocurrido esta mañana, todavía no os puedo hablar de los resultados, aunque ahora mismo, mientras estoy sentada escribiendo este post, me llegan desde la cocina unos ruidos infernales, apocalípticos diría y no me puedo imaginar qué está pasando y si queréis saber la verdad, prefiero no saberlo.

En este año, han pasado por mi casa los más extravagantes personajes, mujeres que con el mismo trapo limpiaban el suelo, la mesa y luego sus pies. Una de ellas, la más melodramática, sufría de vértigos y simulaba precipitarse por las ventanas cada vez que le tocaba limpiar los cristales. Sus gritos ponían en vilo a todo el vecindario, incluso la pobre Gorbea corría a esconderse debajo de la cama.

Luego, probé suerte con un chico filipino que cada vez que se cruzaba en mi camino, me saludaba ceremonioso juntando las manos y flexionando cabeza y torso, tímido y cauteloso como un Ninja. Edgardo, que así se llamaba, jamás usó el agua para limpiar nada, nunca oímos el alegre fluir de un grifo abierto ni vimos las huellas de un trapo sucio, misterios de la vida de estos finos guerreros.

Así que con este panorama, no me queda más que encomendarme a la divina providencia.

jueves, 2 de julio de 2009

Peluquerías y cebolletas en vinagre.

Esto ha sido el colmo...he regresado a casa e incrédula me he vuelto a mirar en el espejo...pero qué me han hecho! parece como si algún animal rumiante se hubiera cebado con todos los pelos del cogote...qué barbaridad...no entiendo...es que no lo entiendo... si yo iba en son de paz, sólo pretendía que me igualaran el desfase de unos tres centímetros que me habían dejado la última vez en mi corta melena y ahora, no me queda ni eso, sólo un montón de plumas desmadejadas.

Hoy jueves, la peluquería estaba llena. De nuevo toda esa fauna de señoras ataviadas con relojes de oro con diamantes y lustrosas joyas de talla grande. Algunas caminan cargadas con grandes bolsos y subidas en unas plataformas de madera y charol que más me parecen de espectáculo porno que de una inocente visita matutina al peluquero. Las miro y me dan vértigo, escucho el clack, clack, clack y observo sus caras, a veces arrugadas, tan rígidas, tan dramáticas.

Es la hora del desayuno tardío y algunas de ellas se piden unos bocadillos atiborrados de una especie de jamón de buey, magro y gris, desangelado. Qué raro me suena eso del buey, pero aquí, olvídate del pata negra, ni lo menciones.

Y aunque el sitio se las pinta de exclusivo y elegante, con criados de librea, las viandas se sirven encima del carrito negro de plástico donde se guardan los cepillos, tijeras,rulos, horquillas y demás artefactos propios de la profesión. Como la improvisada mesa no es muy grande y los utensilios del peluquero ocupan su espacio, lo que no cabe, lo ponen encima de los sillones que sirven para lavar las cabezas o peor, en los que tienen esos enormes secadores de casco donde no te puedes sentar si no es con la cabeza dentro. Nimiedades para esta especie.

Así, las maxichocantes-enjoyadas-señoras-pinpanpun se sientan como pueden, librando el lavabo, pierna cruzada y plataforma apuntando al cielo, con el bocata en la mano, la servilleta y el plato con las patatas fritas, cebolletas y pepinillos en vinagre entre las piernas y el té en el asiento de al lado. Qué combinación, me desmayo...y qué folclore! qué mezcla de ácidos!, por un lado las cebolletas y por otro los vapores de los tintes que por obra y gracia del aire acondicionado se dispersan por los salones, ciegan, atosigan y ahogan.

El lugar es el más frecuentado por la jet-set cairota, así que a los de la entrada, que parecen de cera, todo les importa un huevo y desconocen profundamente el concepto "satisfacción del cliente". Cuando te ven llegar, no se molestan ni en mirarte, ni en sonreir, tan ocupados como están en pasar las Visas Platinum por la máquina de cobro...pero no son los únicos maleducados, allí, parece que todos, incluidas las clientas, hayan dormido mal, qué digo mal, fatal. Nadie habla con nadie, nadie se mira o te mira, y el ambiente de relax que se respira en otros lugares de esta clase, no existe...será la idiosincrasia de la región.

¿He conseguido contarlo sin que se me note que estoy que trino?ommmmmm.

martes, 30 de junio de 2009

Alunizaje en Bahrein. Arena y rascacielos.

He pasado los últimos días en Bahrein.

No sé que me pasa con todos estos países del Golfo, pero siempre tengo la extraña sensación de haber aterrizado en una ciudad espacial, surgida de esa nada infinita que son las inhóspitas y deshabitadas arenas del desierto.

Aunque los orígenes de algunos de estos países se remontan a la prehistoria,
sus ciudades parecen haberse saltado el proceso natural de la evolución y pasado del oasis, el campamento y los camellos, a los "Hummer", los rascacielos y las firmas internacionales de artículos de lujo. Mérito tiene, sin duda, pero la sensación de estar delante de una aparición es inevitable y por mucho que te frotes los ojos, no se quita, os digo que no.

A todo este espejismo contribuye el hecho, de que la población está formada por un alto porcentaje de mano de obra de la India y Filipinas, por lo cual, el carácter y olor de sus calles tiene más que ver con el curry y el incienso que con el comino y el jazmín. Esto, unido a mis numerosos viajes, me produjo una confusión tal que me
resultó difícil identificar no sólo la ciudad, sino el país y me atrevo a decir, el continente. No somos nadie.

En cuanto sales de los barrios más populosos de la capital, Manama, el desierto empieza a tomar cuerpo. La cálida arena se mete en los ojos, en los oídos, te enreda el pelo y se cuela en tus zapatos, entre los dedos y en cada rendija que encuentra en su etéreo vuelo. Presentes, las aguas del Golfo Pérsico, de un tenue y nebuloso azul se pierden en el paisaje sin aportar mucho color, como una ilusión que regalara tus ojos.

Miré el agua, de superficie dorada, reverberante, pero silenciosa y plácida. En la
arena, una casa de pescadores, destartalada y sola, junto a ella algunas barcas, unas en la orilla, otras en la arena, pero solitarias, nadie junto a ellas. Me maravilló el silencio y misterio de aquel lugar.

Y siendo este mi horizonte y sabiendo lo que me encontraría a mis espaldas, me volví y contemplé el otro lado, los brillantes rascacielos y las poderosas torres que delimitan la moderna ciudad. Me fascinó tener semejante combinación de mundos al alcance de un pequeño giro de mi cabeza y los sentí tan cercanos como si no pudieran existir el
uno sin el otro.

Y como el sol quemaba peligrosamente, hubo que regresar y hubo que hacerlo a través de una inmensa polvareda, sin caminos ni carreteras, saltando en un par de metros de la últimas arenas blancas, a los brazos de hormigón y asfalto de una ciudad espejismo del desierto.



domingo, 21 de junio de 2009

Los sueños rotos. De Sudán a Egipto.

Hace unos días conté la historia de cómo Farris, el chófer de P., sucumbió en segundos a las exigencias de los agentes de tráfico de El Cairo y cómo, movido por el miedo, les entregó nuestro coche sin saber muy bien por qué lo hacía o de qué infracción se le acusaba.

La historia me recordó otras muchas vividas en México, donde la policía era feroz y daba más miedo toparse con ella que con un delincuente. A pesar de todo y habiéndome visto envuelta en las más increíbles situaciones, aquellos uniformados de gafas de espejo y lustrosas botas de montar, nunca consiguieron retirarme mi vehículo aún cuando me amenazaran con los más terribles castigos. Normalmente la donación "obligatoria" de una cantidad, servía para apaciguar a las fieras y que hicieran la vista gorda a una transgresión además, inexistente.

Aquellos encontronazos me sacaban de quicio y a pesar del miedo que me producían los fulanos, no conseguía quedarme callada, algo que desató más de una discusión que de antemano tenía perdida y que acababa con amenazas en ambas direcciones, ellos con llevarme a la comisaría y yo con armar un escándalo diplomático que les iba a sacar ampollas. Cuando la inspección terminaba con un malhumorado ¡circule!, vamos ¡circule!, el miedo me acompañaba durante todo el día y temía que hubieran memorizado la dirección que aparecía en mi pasaporte y que nos hicieran una visita nocturna desagradable. Por fortuna, nunca pasó nada.

Pero regreso de nuevo a los cuentos de El Cairo, a Farris y a los miedos de los miles de refugiados sudaneses que como él, se enfrentan a controles selectivos, que viven de la caridad de iglesias y ONGs, sin derecho a la educación, ni a la sanidad, o a un trabajo que no esté relacionado con el servicio personal o doméstico. Me pregunto por su bienestar, cómo sienten y viven su realidad cotidiana, si no están llenos, además de miedo, de frustración y de ganas de desprenderse de unos brazos que les recogen pero no les amparan y que se convierten en invisibles cárceles de las que jamás se liberan.

Aquí adjunto un vídeo sobre la vida de una familia sudanesa en la ciudad y sus sueños rotos. Espero que os sirva de referencia.

miércoles, 17 de junio de 2009

Historias de bodas y camellos

Moustafa se casa. Me lo contó el primer día que le conocí, en una de esas eternas esperas al ascensor, siempre ocupado por los más variopintos personajes.

La naturalidad con la que inició la historia me dejó pasmada. Después del cordial saludo de presentación y temiéndose una espera más que razonable, se arrancó a hablar.

Conocía a su novia desde que eran niños, me dijo orgulloso. Tengo fotos con ella, tan antiguas, que puedo decir que ninguno de los dos teníamos dientes. Las familias, viejas amigas, vivieron muchos años en
Doha, la ciudad más aburrida del mundo me dice encogiéndose de hombros como preguntándose a qué se debe semejante e insufrible cualidad.

Me asombró la facilidad para confesarme sus planes y despertó mi curiosidad por aquel mundo del que me hablaba y que me resultaba tan remoto. Hubiera querido saber mucho más de la vida de aquellos desconocidos personajes, pero renuncié a preguntar y me acostumbré a esperar a que él me informara de manera voluntaria.

Algunas veces lo encontraba con aspecto ágil, despierto y ya sabía que todo marchaba viento en popa. Otras veces llegaba taciturno y al primer estímulo, contaba con resignación los avatares de los últimos días, información que comprimía en lo que tardaba el muchacho de la farmacia en entregar su pedido en el octavo y volver a bajar.

Un día le encuentro con cara de haber trasnochado y me cuenta que el salón del hotel dónde iba a
celebrarse la boda se había incendiado, justamente el día anterior, a dos semanas del enlace. Respira y continúa, he tenido que trasladar la organización a otro hotel, dice aliviado pero con media voz para no invocar a la mala suerte.

Le pregunto por el banquete, pero no parece encontrar esa conversación muy interesante y me sorprende saltando al relato de una típica boda
qatarí. Sabes?, allí se entierran los corderos en la tierra y se van asando al calor durante muchas horas. Para las bodas grandes se preparan varias piezas enteras, a veces también se cocinan camellos.

La idea me divierte. Un camello enterrado en el suelo...vaya, es un animal muy grande no?. Se ríe y me aclara que lo cocinan por partes, pero las patas se hacen enteras. Aunque a él le parece de lo más normal, yo sigo sin imaginarme las dimensiones del agujero que hace de caldero para las extremidades de un camello, aunque si pienso en el desierto, inconmensurable...encuentro sitio para esto y para mucho más.

Hombres y mujeres celebran por separado, bien en un hotel o en grandes tiendas montadas en los jardines de sus casas. Los hombres, en sus espectaculares atavíos blancos, se sientan en cómodos cojines frente al asado, que se sirve entero en grandes bandejas. Colocan su mano izquierda detrás de la espalda y comen con la derecha, arrancando de un tirón las piezas de carne. Son muy hábiles dice, yo no podía competir con ellos, siempre sacaba los
trocitos más pequeños.

Ya estaba a punto de preguntar sobre el papel de las manos en la cultura gastronómica de los pueblos del golfo cuando se abrió la puerta del ascensor y apareció
Mohamed, con su puchero, dejando tras de sí el penetrante olor a comino que reviste, durante horas, hasta el aire. Pero queridos, este es otro banquete y otra historia.

miércoles, 10 de junio de 2009

El bueno de Farris y el castigo divino.

Aunque el coche apareció al día siguiente y el problema dejó de ser tal, esta curiosa historia sigue provocándome una cierta inquietud, ligada no al hecho de que me retuvieran el coche, sino a la sospecha de que aquí, determinadas leyes no existen o no te amparan.

Farris, refugiado sudanés, se llevó un disgusto de miedo. Jamás hubiera pensado que nuestra licencia, que autoriza a cualquier chófer a conducir el automóvil, no fuera suficiente para él. Nadie nos lo esperábamos, ni los más curtidos en asuntos burocráticos.

Al día siguiente, apareció desolado y le dijo a P., cabizbajo, que este suceso tenía que ver sin duda con él, seguramente se había portado mal con Dios.

"Cuando trabajaba en Ucrania, le contó, no me sentía muy bien, parecía que la gente no había visto nunca a un "negro", se pensaban que éramos como monos, incluso algunos me lo llamaban. Y ahora, para una vez que he tenido suerte en la vida, que encontré un hombre bueno para el que trabajar, me pasa esto... Llevo años conduciendo en El Cairo y jamás me había parado la policía...seguramente he hecho algo contra Dios y este es su castigo, perderé mi trabajo".

Como veis, la historia dio para mucho. A mí me causó una extraña y liberadora sensación de desapego a las cosas materiales. A Farris le supuso, además de un disgusto, una revisión de su relación con Dios y con los hombres y a P. le sacó su parte más solidaria y a pesar de que al bueno de Farris le habían quitado el coche más fácilmente que a un niño un caramelo, decidió seguir trabajando con él.

El Cairo da para mucho, bueno y malo, pero nunca te decepciona.

domingo, 7 de junio de 2009

Esta mañana tenía un coche. Ommmmmm

Hoy ha desaparecido nuestro coche.

Farris, el chófer de P. dice que la policía le ha parado en un control rutinario. De manera inexplicable y a pesar de tener todos los documentos en regla, la poli se lo ha llevado, con coche incluido.

Al cabo de un par de horas le han liberado, pero ni rastro del coche. Todavía no hemos podido confirmar la veracidad de su historia puesto que no le han dado ningún recibo por la retención del vehículo, además, esa santa casa se cierra a las 2 pm, con lo cual, cualquier llamada indagando hubiera sido inútil. Habrá que esperar hasta mañana.

A P. en un momento febril se le ha ocurrido que quizá el coche ya esté en la frontera de otro país y que le hayan quitado la matrícula y quién sabe qué más perrerías. Mientras me cuenta esto, que no se me había ocurrido, pero que lo encuentro probable, procuro no alterarme, Ommmmm y me digo que las cosas materiales, ya se sabe, vienen y van. Reacción de monje budista, aunque también podría desmayarme, gritar por las ventanas o liarme a tiros con todos. Tendré que pensarlo.

Se lo he contado a Mohamed, el bauab, quien me ha mirado con cara de pena y me ha dicho...aparecerá, Insha'Allah (si es voluntad de Dios).

Esperaremos a mañana para saber quién se la jugó a quién, si la poli a Farris o Farris a nosotros. Mientras tanto Ommmmmmm.

jueves, 4 de junio de 2009

En la tetería: Obama, 12 hombres y una mujer.

El discurso de Obama me ha pillado en la calle, en una quietud inusual para una ciudad de dieciséis millones de habitantes que siempre es un auténtico hervidero.

Al pasar por uno de esos típicos y recogidos callejones cairotas, me he topado con una tetería tiñosa que estaba a reventar. Me he asomado con curiosidad y he visto que todos miraban, silenciosos, en la misma dirección, la grasienta pantalla de una televisión colgada de la pared y asegurada con una soga gruesa, que emitía el discurso del presidente norteamericano.

Al verme interesada, me han invitado amablemente a pasar al pequeño y modesto lugar. En segundos, unos y otros se han apretado para asegurarme una cómoda estancia entre ellos. Así que algo desconcertada, me he dejado llevar por esta cariñosa acogida y he pedido un té, deseando que no viniera con algún inquilino microscópico a bordo.

El lugar se las traía. Encima de unos hornillos viejos hervía el agua en unas enormes teteras de quién sabe qué material y al lado, se apiñaban unas cuantas pipas de agua. Los de mi derecha, que parecían venir de una obra, se estaban comiendo un bocadillo indescriptible de pan árabe que dejaba a la vista unos trozos grandes de carne y del cual emanaba un fuerte olor a comino que se mezclaba con los propios perfumes corporales. En el medio del local, una nevera que parecía cubana, por lo vieja, digo, de la cual sacaban refrescos y agua.

De la pantalla, salía un discurso en inglés inaudible que se estaba traduciendo simultáneamente al árabe y del cual no entendía ni una palabra. Viendo que me lo perdía, le he preguntado al que tenía al lado, fumándose una shisha, qué le parecía el discurso, a lo que me ha respondido: Bien, Obama buen chico, sí, buen chico y todos le han coreado levantando los pulgares.

Como no entendía nada y tampoco podía irme sin tomarme el té, me he concentrado en la imagen con la intención de observar todos los aspectos gestuales que muchas veces se nos escapan cuando estamos pendientes de las palabras, que a veces mienten.

Realmente me he quedado muy sorprendida de lo convincente y cordial que puede resultar la imagen de Barak Obama, en contraposición a su cínico y soberbio predecesor. Ante ese complejo auditorio ha mantenido la figura erguida y relajada, los ojos tranquilos, a veces lánguidos que miraban de frente a todos, la seriedad, las manos seguras, y sus labios tranquilos, en discurso pausado y moderado.

Ya de vuelta en casa, el vídeo con su voz, me ha transmitido lo mismo que su imagen, una cierta esperanza de que el cambio es posible. Sí, Obama es un buen chico.

miércoles, 3 de junio de 2009

Obama, controles y pistolas de pega

Estamos buenos con la llegada de Obama.

La ciudad, de por sí caótica, está controlada por motivos de seguridad y será intransitable durante las próximas horas, así que no se recomiendan los desplazamientos. No quiero ni pensar en los miles de turistas que se quedarán atrapados en esta visita oficial que tiene al mundo entero mirándonos la coronilla.

Con este panorama, no he salido del barrio y he decidido tomarme un respiro en la animada terraza del Marriott que en esta época alcanza un exótico esplendor por todas las visitas que recibe de los países del Golfo. Ya me entendéis, abayas y tocados.

He llegado por una de las puertas traseras y cuando me disponía a pasar el control de seguridad me he encontrado con un pequeño atasco producido por dos chicas jóvenes que parecían tener algún problema con los agentes de seguridad.

Al pasar por el arco, veo que las van a echar a la calle y que a una de ellas le acaban de devolver una pistola metálica que parece ser de juguete, pero con un aspecto muy real. La chica, que interrumpe mi paso, lleva el arma en la mano y cuando le sugiero que tenga cuidado, me apunta irónica a la cabeza y aprieta el gatillo "click". Recojo mi bolso, ya escaneado y sigo mi camino.

Al cabo de un rato, reflexionando sobre el curioso acontecimiento, me he dado cuenta de mi extraña reacción y he sentido un enorme escalofrío, repaso: "llego a la entrada y en segundos rastreo la situación y saco conclusiones: "el arma es de juguete", mi cerebro me dice que no hay peligro y dejo que una descerebrada me apunte y dispare sin hacer ningún movimiento espontáneo de rechazo o defensa, mientras tres agentes de seguridad, impasibles, se limitan a mirar con cara de perro".

Ni que decir tiene, que si esta situación se hubiera producido en uno de los muchos lugares, hoy vigilados por la policía estadounidense, a esta chica le hubiera costado un disgusto y algunas horas en la cárcel, porque no creo que se hubieran molestado en descubrir la falsedad del instrumento.

Y yo me pregunto, para qué sirven los controles de seguridad, además de para mirar los bolsos de las señoras y hacernos la vida incómoda? Alguien me lo explique!

lunes, 1 de junio de 2009

Al-Azhar y el círculo vital.

Algunas veces, cuando la locura de la ciudad me ha ganado la partida, le doy la espalda enfurruñada, me obceco y reniego con rabia de las muchas razones por las que la quiero.

Días en que aborrezco el tráfico y el ruido, los interminables edificios grises de
hormigón y el caprichoso pavimento entrecortado e intransitable que se me ofrece como hábitat diario. Cuando llego a esta sinrazón sé que ha llegado el momento de cambiar los polvorientos aires del desierto por árboles de copa frondosa y verde, por jugosos frutales y plantas en flor, por fuentes arrulladoras y estanques.

Contrario a lo que podáis creer, no me hace falta recorrer muchos kilómetros para encontrar el lugar de mis sueños, es más, os diré que se encuentra en el centro de El
Cairo histórico, próximo a las mezquitas, los mercados y los callejones que tanto amó Naghib Mahfouz.

Es el parque Al-Azhar, treinta hectáreas de praderas verdes cuyas lomas dominan la
ciudad ofreciendo unas maravillosas vistas de los singulares barrios y edificios del corazón de "La Victoriosa".

Allí arriba el aire es fresco y los días claros. Desde cualquiera de sus paseos hay vistas
inolvidables. La Mezquita de Alabastro, la del Sultán Hassan, o la de Al Rifai aparecen a vista de pájaro entre callejuelas y apretados edificios, minaretes, madrasas y cientos de tejados que ponen en evidencia la curiosa e intensa vida de los cairotas.

Y esos tejados son, precisamente, mi pasatiempo favorito. Me siento a mirarlos e
intento imaginar la vida de quienes los ocupan. Siempre descubro algo nuevo, pero si intento buscar lo que me sedujo la última vez, ya no lo encuentro, se perdió en mi recuerdo, como si todo aquello fuera efímero.

Lo habitual es encontrarlos llenos de palomares, de sillones, mesas y alfombras, de camas y televisiones, de cabras, gallinas y gatos, de humeantes pucheros y tendederos de ropa, como si necesitaran el cielo abierto para poder vivir. Para algunos es su único espacio, construido clandestinamente sobre el edificio que cuidan, sobre las gentes para las que trabajan. Dicen que aquí se sienten útiles, en su pueblo, no hay nada que hacer, ni nadie a quién atender.

Un día así me llena de optimismo y me da cientos de pretextos para querer a esta ciudad impredecible. Así, sin darme cuenta, entro en proceso de reconciliación con el singular mundo que me ha tocado vivir y comienzo a extrañar los aires del desierto, los edificios de hormigón y el entrecortado y sucio asfalto de las calles cairotas. Volvemos a iniciar el círculo.




sábado, 23 de mayo de 2009

Apuntes de Beirut y una cena de perros.

Recorrí gran parte de la ciudad en coche, atravesando la invisible "linea verde" que separó durante la guerra civil los barrios cristianos y musulmanes y que fue símbolo del odio que incapacitó a los libaneses de diferentes credos para convivir en paz.

Muchos de los edificios estaban restaurados o habían sido levantados de los
escombros y a pesar de haberlo hecho respetando su arquitectura original, me parecieron de cartón piedra, fríos, sin carácter. Entre ellos, solares vacíos cubiertos de hierros retorcidos y cascotes, vestigios de tantos años de guerra.

A pesar de esta prueba irrefutable de la dolorosa historia de Líbano, uno tiene la impresión de estar en una alegre ciudad mediterránea, llena de restaurantes y terrazas al aire libre y con una de las zonas comerciales más caras y exclusivas del mundo.

Esa noche estaba invitada a cenar en Junie, así que dejé Beirut y continué por una carretera que atraviesa varias localidades superpobladas. La zona es montañosa y está saturada de edificios construidos en las laderas, que a pesar de todo, dan a la región un aspecto muy interesante, no así los cientos de vallas publicitarias que delimitan la carretera y que distraen enormemente la conducción.

Llegué a mi destino de noche, una villa situada en una loma que domina la bahía de Junie con sus miles de luces parpadeantes. Atravesé los jardines hasta llegar a la entrada y en la oscuridad, sólo pude distinguir el agua brillante de la piscina que
parecía un mirador acuático sobre la ciudad. No me percaté de las dimensiones del lugar hasta que me condujeron a un ascensor para subir al salón.

La bienvenida me la dio un enorme y peludo perro que sin mediar gesto alguno, se metió mi mano en la boca y la relamió como si se tratara de limpiar un hueso. Me quedé muda y sólo acerté a balbucear un deslavado buenas noches, mientras intentaba sacudirme al perrote, que por cierto, se llamaba Robert. De las fauces del animal, pasé a la mano de mis anfitriones, que me parecieron muy educados, ya que me la estrecharon sin hacer ningún mohín o comentario impropio cuando comprobaron que la tenía pegajosa y resbaladiza.


A continuación, nos sentamos en una enorme mesa árabe, de esas que te quedan por las rodillas. En un momento llegó el aperitivo, verduras de todo tipo, aceitunas, salsas y varios cuencos de frutos secos. Con todo aquello me sirvieron un Campari con naranja tan fuerte, que pensé que podría empezar a decir tonterías en unos pocos minutos o incluso caer desmayada.

En un visto y no visto apareció otro perro pequeño, que de un hábil salto se colocó en mis rodillas dispuesto a pasar allí la velada, hecho que provocó mi aceptación inmediata en la familia.

Mientras
hablábamos de lo divino y de lo humano, el otro perrote chupón, que estaba muy pendiente de todo lo que ocurría en la mesa, realizó un movimiento rápido y calculado y metió su cabeza en el cuenco de los cacahuetes , ventilándose la mitad. Esto, no ocasionó ninguna vergüenza a mis anfitriones, quienes lo tomaron de manera natural, retirando el cuenco del alcance del animal. Así que la charla siguió, mientras unos comíamos del cuenco "bueno" y otros rebañaban lo que el perro no se había podido llevar.

Decidí ir al baño a quitarme las babas de Robert y a desternillarme de la risa por semejante situación. El lugar era enorme, pude contar sólo allí, cinco alfombras persas, sí, como lo oís. En el conjunto de los salones habría unas cuarenta.


Más tarde se ofreció una variada cena libanesa. Como plato principal, se sirvió un pescado al horno que mediría unos 60 cm y que estaba cubierto por una sospechosa mezcla de color marrón cubierta de almendras. Aquello debió ser el colmo de la tentación para el bueno de Robert, así que nada más que aquella bandeja aterrizó en la mesa, metió de nuevo su hocico, mordió la cabeza del pescado y con un movimiento rápido tiró y se llevó un pedazo enorme con raspa incluida.

Estaba claro que aquello no iba a arruinar la noche, incluso cuando el perro decidió quedarse junto a la mesa,
rumiando el preciado botín encima de la alfombra, no me pareció que a nadie le diera un ataque de nervios. Por supuesto, no hace falta que os diga que el resto del pescado nos lo comimos nosotros.

La velada siguió su curso, escuchando buena música y recordando la guerra del Líbano a través del álbum fotográfico de la familia. Cuando vi como habían si
do sus vidas, documentadas en aquellas fotos, las bombas, los escombros, las interminables noches durmiendo en el sótano, el miedo a morir durante tantos años, comprendí esa manera tan distendida de comportarse, de entender el mundo y las cosas que realmente importan.

Todavía hoy, sigo riéndome.

martes, 19 de mayo de 2009

El aniversario. Desde "mi tintorería cairota", hasta hoy...

Hoy hace un año que escribí mi primer post, "Mi tintorería cairota".

Acababa de llegar a El Cairo, dejando atrás ocho intensos años de vida en México que me habían convertido en mexicana de corazón y costumbres. Cambiar el entorno y la perspectiva de las cosas no fue nada fácil, pero la experiencia valió la pena y hoy, después de muchas vivencias, sigo convencida de que ésta, es una de las ciudades más apasionantes del mundo.

Vaya época! todavía recuerdo la impresión que me produjo el primer encuentro, aquel intenso calor en los callejones, los olores de las especias y los cientos de personajes exóticos y anónimos con quién compartía las malogradas aceras.

Como no había encontrado casa, lo escribí desde el hotel, sin planes concretos de futuro, así que hoy cuando miro atrás y leo como fueron mis comienzos, no puedo más que sonreírme y recordar con ternura aquel espontáneo caos en que se convirtió mi vida cotidiana y en el que todavía me veo inmersa.

Por eso, a aquellos pocos que lo leyeron entonces y a aquellos otros que se fueron incorporando con el tiempo, en total más de 25.000 lectores, os invito a releerlo, para celebrar el tiempo pasado, vuestra compañía y la agradable sensación de seguir juntos.

domingo, 10 de mayo de 2009

La DGT cairota


Aquel día me tocaba solicitar el carné de conducir. Me lo habían pintado mal, colas interminables, horas de aburrida espera y una burocracia difícil de sortear.

Con aquella perspectiva, llegué a la Dirección General de Tráfico de El Cairo una mañana en la que el sol, después del tibio invierno, apretaba riguroso. Ya en la calle contigua había un auténtico hormiguero, cientos de personas, sobre todo hombres jóvenes que esperaban su turno entre un arsenal de motos y coches aparcados de cualquier manera. Pasar entre ellos me produjo vértigo, sobre todo porque me sentí blanco de aquellos ávidos ojos .

Entre ellos había muchos lisiados. Ojos a la virulé, cejas cortadas, cabezas vendadas, brazos en cabestrillo o patas chulas eran algunos de los desperfectos con los que cargaba el personal, que por otro lado no parecía muy afectado por semejantes desgracias. Me sorprendió sobremanera aquella fauna, que me pareció más propia de un hospital, pero enseguida me enteré de que en el primer piso había un juzgado que se ocupaba de los accidentes de tráfico y repartía fortuna o cárcel según conviniera.

Con paso rápido, entré en las oficinas por una verja a medio abrir. Aquel lugar me pareció caótico, como si el paso de un ciclón hubiera desbaratado las instalaciones y sólo quedaran escombros, muros y ladrillos desperdigados aquí y allá. Unos obreros estaban liados a martillazos con un muro, abriendo a ojo de buen cubero, puerta y ventanas, todo ello sin ninguna protección.

Me senté junto a una tropa de muchachos que esperaban con desgana su turno para conseguir el carné de conducir camiones. La sala, al aire libre, no podía ser más ruinosa, con un tejado de uralita lleno de cables viejos que colgaban peligrosamente encima de nuestras cabezas, tubos de conducción rotos y arena por todas partes.

Al frente, teníamos una sala enorme de oración, identificable por las decenas de zapatos alineados fuera . En la puerta, sentados en el suelo, dos o tres limpiabotas hacían su agosto con la nutrida clientela.

Un pequeño local con mostrador al patio ofrecía café, té y algo de comida. Junto a su estrecha puerta había un largo pasillo mojado que conducía a los baños. El olor a pescado atrasado, irrespirable, llegaba a todos los rincones y parecía no afectar a los que bebían alegremente en la barra. Mucho no se podía hacer, si te movías a la esquina opuesta, te topabas con un olor a gas que apestaba y había riesgo de caer como un pajarillo.

Así transcurría la mañana, de mostrador en mostrador, con la promesa de Mahmoud, que era quién debía arreglar mis asuntos, de que la cosa no llevaría nada más que 3 o 4 horas. Cuando ya había perdido la esperanza de conseguir el ansiado carné egipcio, le vi hacerme señas para que me acercara.

Por fin las fotos, me dijo acompañándome a un despacho con un improvisado estudio fotográfico. Me senté en una silla coja que por poco me tira al suelo. Los cables colgaban en absoluta anarquía por detrás del ordenador y madejas de pelusas y polvo se enredaban en ellos. Entre aquel maremagnum descubrí tirados, los zapatos que se había quitado la funcionaria y sus regordetes pies descalzos.

La vi preparada para disparar la foto. Al verme pasmada y perdida en aquel curioso paisaje alzó la mano y gritó enérgica levantando el brazo, smile madam, please, smile, smile! En un par de minutos más, una mano ensortijada salió por una pequeña ventanilla y me extendió una licencia árabe que no pude entender pero que me llenó de regocijo.

No sin cierto pesar, me despedí de aquella curiosa y pintoresca oficina.

lunes, 4 de mayo de 2009

A vueltas con la arena

Hoy tenemos un tiempo tremendo.

El viento resopla caliente, espesa el cielo y revuelve la arena, forma remolinos y ventiscas, despeina, azota faldas y levanta galabeyas, pica las aguas del Nilo y tumba antenas.

La fina arena y el polvo ciegan. Con tal desmesura, se entienden mejor los vestidos beduinos. Los largos mantos protectores, los turbantes, las cabezas y caras cubiertas.

Los pájaros vuelan en grupos, envueltos en una especie de vapor blanco, se adentran en él y se pierden de vista en pocos metros. Los barcos se mueven perezosos, arrastrando la popa con galbana, en un paisaje irreal que parece un sueño.

Estamos en el desierto y esto es lo que toca. Las arenas se levantan y recuperan territorio. Sólo queda esperar. Después de la tormenta llega la calma.

*la primera foto muestra un día normal a las 2 de la tarde. La segunda, corresponde al día de hoy a la misma hora.

jueves, 30 de abril de 2009

Mujeres de otros mundos.

Bajaba en el ascensor con la cabeza perdida en los quehaceres diarios, así que cuando abrí la puerta y me topé con dos mujeres ocultas hasta los ojos en largos hábitos negros y envueltas en las sombras propias de la tarde, me pegué un susto de muerte y apenas acerté a balbucear un insípido saludo.

Confieso que encontrar entre mis encantadores vecinos a una pareja tan exótica, me produjo extrañeza y despertó mi curiosidad por conocer algo de sus vidas.

A fuerza de no encontrarlas las fui olvidando, hasta que ayer mi querida vecina Yasmin, me contó entre té y dulces árabes algo que arrojó luz sobre el asunto, pero que me dejó más asombrada de lo que estaba.

Mira querida, me dijo en un inglés que fluía como un torrente entre sus labios, esa señora fue toda la vida muy normal, educada, culta y médica de profesión. Un día, hace unos pocos años, la encontré cubriendo su cabello con el hiyab, algo que me sorprendió por inusual. Entonces me contó que aquel cambio se debía a que en el hospital en el que trabajaba, se estaba ejerciendo presión sobre las empleadas y se les sugería el uso de ropa más apropiada y acorde con el Islam.

Yasmin, sin estar de acuerdo, entendió su postura y no volvió a sacar el tema, hasta que hace unos meses, la encontró de nuevo junto a su hija de apenas 16 años, ambas irreconocibles bajo un nuevo atavío negro, el Niqab, que sólo dejaba ver sus ojos. Con pesar, le preguntó si todo estaba bien, pero ella sólo contestó: "Dios es el principio y el final de todo". Esta respuesta bastó, me dijo con ojos muy despiertos, ahí ya supe lo que estaba pasando y no debía insistir más.

Nos quedamos un rato en silencio, yo absorta y perdida en un mundo tan desconocido como inquietante.

Suspiró y continuó hilando esta historia con la suya propia. Ahora entenderás por qué decidimos pasar buena parte de nuestra vida en Boston, dijo. Aquel cambio fue necesario para conseguir que mi hija tuviera un pasaporte americano que le permitirá salir de este país si las condiciones empeoran, tener oportunidades y vivir con dignidad en otro lugar del mundo.

Tomé el último sorbo de té y luego de un caluroso abrazo, regresé a casa con el eco amargo de esta historia de mujeres de otros mundos.

*En la foto, señora con Niqab.

sábado, 25 de abril de 2009

Al Misfah, las aguas y las arenas.

Cuando llegué a Al Misfah, me pareció haber traspasado los horizontes perdidos de la legendaria Shangri- La.

Después del largo y tórrido trayecto que asciende entre imponentes y escarpadas
montañas desprovistas de vegetación, encontrar aquel encantador y sombreado oasis me causó una enorme sorpresa que me alejó del mundo y me colocó, en un suspiro, en uno de los frescos y frondosos jardines de las Mil y Una Noches.

Las pequeñas casas, excavadas en la roca hace cientos de años y su entramado de estrechas calles de gruesos muros, cubren de sombra mi paseo. Las huertas en terraza con su especial sistema de canales de riego llamado Aflaj, consiguen que en aquella inhóspita región crezcan las más diversas plantas y flores, palmeras y árboles frutales, limas, mangos y plátanos, cultivos agrícolas e incluso arroz.

La placidez y el frescor serenan el ambiente e invitan a sentarse en alguno de sus rincones y escuchar el discurrir del agua que clara gorjea en los suaves descensos produciendo una música que llena el ambiente de alegre sosiego.

En algunos lugares bien protegidos por la vegetación, me encuentro con vecinos que disfrutan de la charla y de la tranquilidad que propicia el lugar. Sigo caminando entre canales y llego a un lugar que advierte a los hombres de que se encuentran en feudo
de mujeres y que no sigan en esa dirección.

Sigo avanzando por un paisaje de vértigo. De un lado, tengo una enorme ladera de piedra en la que tengo que apoyarme, del otro, un precipicio sin fin y entre ambos un canal de agua por cuyo estrecho muro tengo que caminar. No se oyen ni las moscas,
parece que no hubiera vida. Me cruzo con una adolescente preciosa que acaba de hacer la colada a juzgar por el barreño que porta en su cabeza y pasa sonriente a mi lado, en aquel estrecho camino, sin importarle la desprotegida caída libre.

Regreso y allí donde el paisaje se abre, descubro a un viejillo cuidando su huerta, entre una vegetación exuberante, ajeno al desierto que aguarda afuera. Desde aquel punto hay unas vistas impresionantes de la cordillera. La luz de la tarde matiza los colores y en lugar de parda parece naranja, verde y negra. Hasta donde alcanza mi
vista, sólo veo arenal y piedra.

Llega la hora de irse y abandonar esa improvisada sesión natural de meditación y relajación para adentrarse en las montañas y los perfumes de Omán.

lunes, 20 de abril de 2009

De Muscat a Nizwa en el día de oración.

La carretera que conduce de Muscat a Nizwa va atravesando una puntiaguda y caprichosa cadena montañosa que parece esculpida a cincel y veteada de verdes, negros, chocolates y terracotas, que me recordó a un enorme pastel cortado al bies mostrando sus apetitosos rellenos.

De vez en cuando el terreno aparece salpicado con palmeras, indicador de agua y de la existencia de un oasis. A su sombra, camufladas, aparecen pequeñas viviendas de gruesos muros protectores, aislantes del calor y de curiosas miradas. No se perciben voces ni ruidos, la vida transcurre tranquila y discreta. Sólo algunos cam
ellos pastan perezosamente a la sombra de las murallas, los veo de lejos, incrédula y emocionada. Jamás había visto a estos animales en libertad y sobre todo sin turistas en la joroba.

Ver gente por las calles de Bahla es prácticamente imposible y las mujeres parecen no existir, todo ocurre de puertas adentro. Un par de niños salen a nuestro encuentro y nos saludan encantadores. Una niña pequeñísima y hermosa, con los ojos pintados de khol me dice la única palabra que seguramente conoce "tankiu" y le envió un beso con la palma de la mano que me devuelve inmediatamente. Me sorprende que la
comprensión de este gesto haya llegado tan lejos y me intriga su procedencia.

Desde algunas partes del oasis hay una vista preciosa de las casas más antiguas y de las murallas que todavía cercan el asentamiento. El calor es tremendo y enciende el cuerpo, así que seguimos camino hacia el siguiente oasis.


Entrar en Nizwa, justo a la hora en que el muecín llamaba a la oración fue una fortuna inesperada. Me pareció haber traspasado las puertas de otro mundo, un mundo virgen y exótico sacado de los relatos viajeros de otros tiempos, un mundo sólo para mis ojos. Me entró un hormigueo indescriptible cuando vi las construcciones blancas, los estrechos callejones frescos y la calle principal llena de hombres y niños vestidos de blanco inmaculado, almidonados, solemnes y elegantes que se dirigían con prisa a su cita con Alá.

Me senté en un sombreado y tranquilo soportal frente a la mezquita para observar discretamente la oración. Era tal la multitud que ya no cabían dentro y los que llegaban tarde tenían que buscar algún lugar en el pórtico o en los alrededores del recinto, así que en unos pocos minutos mi estratégica posición dejó de serlo y me vi rodeada de alfombrillas y piadosos. La situación me resultó tan chocante que decidí
salir de allí antes de tener que pasar por encima de sus cabezas. Nadie pareció sorprenderse de mi presencia aunque era la única mujer en la calle.

La temperatura seguía subiendo, así que decidimos continuar, todavía había que llegar a Al Misfah.